Ríase, aunque sea de mí

Me encanta el chocolate de Bruselas tanto como el de la Cañada Real .

grqqHe viajado lo indecible a Bruselas y, confieso, me encanta la capital cosmopolita de la Europa moderna, sus viajes intensos, y de la política continental y de sus medios de comunicación que me enseñaron a ver la luz del otro lado del atomium. Y de la alta profesionalidad de los letrados especializados y de los tantos y magníficos bufetes de abogados concertados donde lo subjetivo puede llegar a ser objeto de deseo para los próximos años en solo una hoja de calendario. Ante eso, decido cambiar y dedicarme a ser de otro modo, más cortante con uno mismo, dejando el chocolate para mejores ocasiones en esas otras estancias de la Cañada Real Galiana.

Mi proveedor habitual de las Galeries Royales Saint-Hubert, me echará de menos ahora que mis momentos comprometidos me hacen distinto en función de las fantasías degustatorias de las papilas, que ya cambiaron. Desde que me dedico a otros menesteres más artísticos y literarios, más humanos, más de comercio justo.

El tren de la vida que vino a llevarme en un instante frío, me trae a la amada ciudad después del descarrile culposo de aquella obsesión baldía en una suerte de Amberes con abogado de oficio del Colegio de Madrid. Me vi, sin adivinarlo, bajo el blando césped del jardín que no eran más que hojas secas de la espléndida ciudad fantasma, adornada con arañas de tamaño colosal. Y cieno. Y la oscuridad. Y barrancos tendenciosos con cataratas de barro junto al río calamitoso de la vida entera mía. Mas todo era mío; hasta la propia adversidad. Ahora, solo me mueve el pralin o pralinè para endulzar el paladar de todo el mundo mundial sin huidos, emboscados, escapados. Ahora, la tierra es plana: es un planeta que no gira. Quieto.


Lunes, 21 de mayo

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