Ríase, aunque sea de mí

La Euromanía de Puigdemont

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Lo imagino como a Danton en el campo de Marte de París. En la Grand Place de Bruselas, agitando la estelada en estos gélidos días de emoción, y esperando los galopes de la caballería que desbroce los suelos de la historia para que irrumpa el sol de repente e ilumine los perfiles de la república tan deseada, en aquel reino de los belgas; monarquía de balones y flamencos unidos religiosamente en la sede de la cristiandad con el obispo de Solsona y el Abad de Montserrat, unánimes y a favor del combatiente que no ceja, en la misma capital de Europa, eje de aquella Unión de su nombre, anunciando la libertad de un pueblo oprimido, alborotando a la gente por donde avanza la alegría y que grita Salut a los camaradas que como Sabrià acuden a la llamada en una suerte de paz donde calmar los ánimos con el recuento de votos de una elección absurda, ilegal y caprichosa, y muy poco de fiar cuando se cuelgan muñecos. No es la guerra, ni la paz de un Tolstói convaleciente.


Miércoles, 24 de octubre

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