Ríase, aunque sea de mí

Tráfico de perfeccionamiento activo con la estiba . (Comedia en un solo acto de contrición).

ramiroCuando tomé el ascensor, la reacción primera, antes de pulsar el botón del tercero, fue la de mirar con firmeza al espejo de cortesía y percatarme de aquella cara triste y amilanada que regía mi rostro macilento. No era para menos: me aguardaba el angustioso y fortuito momento de un desencuentro inopinado cargado de recuerdos en tan solo unos segundos: La atadura humana emboscada en los sentimientos.

Había llegado hasta allí, dispuesto a mostrar mis condolencias a la familia de Ramiro: Laurita y sus hijos. (Que guapa aquella mujer). Laurita, fue la secretaria general del Presidente de Sand and Co., empresa radicada en las islas Caiman en la que durante tantos años trabajamos juntos, codo con codo, a las órdenes de Mr Sand, un tipo extrovertido y amable que gustaba de tomar tortas del Casar en sus reuniones colegiadas, y decisiones con Cabrales sobre el modelo a adoptar para el tráfico de perfeccionamiento activo sin estiba.

Dicen las malas lenguas, que Laurita tuvo un romance con Mr Sand poco antes de que llegara Ramiro a enamorarse de ella. Quién no? Recordé a mi amigo en aquella etapa de nuestras vidas, cuando ambos compartíamos despacho en la última planta del edificio emblemático del skyline, para la venta de armas pesadas a los guerrilleros tamiles, y contadores inteligentes a las compañías de Gas mostaza. Me conmovieron los recuerdos. ¡Que tiempos, Dios! Las lágrimas surgieron de mis ojos de cuero muy repujadas. Cuando llegué al descansillo, la puerta entreabierta del rellano me vino a confirmar el lugar. Sonaban los Chichos. Pero, no, una confusión de mis mientes en aquel estado de angustia despejo mi duda:el sonido del viento del este.

Había gente en el recibidor de la casa que, después del saludo, reconocí con detalle: Eran los cuatro jinetes de apocalipsis fumando maría. La luna estaba en cuarto menguante lejos y al pairo de la perdida del amigo del alma. Los especialistas en funerales, instalaban los candelabros labrados con motivos del viaje de Caronte y su barca. Estos personajes experimentados en asuntos de plañideras y estados de congoja, continuaban a su bola protocolaria. En aquella habitación-salita de estar, sobre soportes desiguales, una tallada caja mortuoria de nogal biodegradable, con los restos de my friend Ramiro. Al lado y sobre la pared, la tapa. Ramiro, nada podía tomar sin tapa, recuerdo bien.

Ramiro, permanecía de cúbito supino en aquel lecho, con su camisa pachuli y su cazadora roja de Ferrari,(le encantaban las carreras) excesivamente pálido; ojos medianamente entornados, postrado de aquella manera seria y circunspecta. Nunca me lo pude imaginar así, cruzado de brazos, aburrido, él tan activo y servicial.

Al otro lado del tabique, se escuchaba a Laurita, insoportablemente desconsolada. Cuando lo supuso, vino hacia mí dejando a un lado a los primos de Badajoz. Estaba guapa Laurita."¿A que parece que está dormidito, Landelino?”, me dijo un tanto convencida.

La miré con ternura, tomando sus manos gorduelas y esponjosas. "Si, Laurita, parece que está dormido y en su última cabezada. Todos tenemos que dormirnos alguna vez"

¡Pero no tan de repente, jolín!.¡Él quería morir a los años! ¡Y yo me quedo aquí, no?

El furgón del último viaje, aguardaba en doble fila: negro intenso, impecable, sin un roce, y cortinillas de organdí, esperando al ser que dejó de ser para desplazarlo a la dimensión mas infinita.

Alguien lo indicó: “abajo aguarda el coche de difuntos”. Todos los dolientes dimos paso a los empleados que, prestos, fueron recogiendo los enseres: velones y coronas dedicadas, dejando la caja sobre sus caballetes para el último instante.

Cuando tomaron el ataúd, no con cierta dificultad por la falta de espacio, este cayó al suelo provocando susto y temor en los presentes por aquel espectacular estruendo. Las tablas y cuadernas se abrieron de par en par, así como las suturas del encofrado. Alguien gritó, histéricamente, pidiendo ayuda. Era Laurita.

Pasados los primeros momentos de tensión, uno de los operarios, partiéndose la pana en un gesto de altruismo, tomó el martillo en un periquete, clavando las tachuelas de dos pulgadas prestas para hundir en los puntos de conflicto a lo largo del entramado de madera y las holguras rochas del feretro accidentado en esta tragicomedia. Un tarareo imperceptible se intuía salido de sus finos labios de fumador de ducados, cuando, de súbito, y por el efecto, sin duda, de una tabla de gimnasia bien ejercitada, Ramón, el hasta entonces llorado finado, se incorporó milagrosamente, con la radicalidad de un Pilateka perfectamente entrenado.

"¿Que ruido es ese, Laurita?", preguntó el Lázaro envuelto en su mortaja morada. Laurita, desencajada, gritó tremendamente asustada. "!Tu no eres Ramiro, tu eres queseyó!"

El empleado de pompas, de súbito, dejó las herramientas, tratando de alcanzar la puerta de la calle de un solo salto.Los dolientes, despavoridos, se aturullan con monosílabos de terror tratando de tomar la salida. Yo, quedé petrificado de la mano de la incorregiblemente bella Laurita. No podía explicarme aquel milagro.

Rogué a Dios que me diera ánimo para comprender lo que allí pasaba, aquel suceso. Laurita, fuera ya de su hechizo, comentome que Ramiro no estaba muerto, que había sufrido un ataque de catalepsia, vuelco de corazón o cosa así. Eso había sido todo. No creí versión tan simple hasta que vino hacia mí la sombra decidida del amigo.

Licinio, soy yo, Ramiro. Algo me ocurrió, desde luego.

De repente, el sudario de Ramiro, desgarrado por el crujir de tablas, dejaba paso al hecho insólito para un fiambre. Si la física no lo acepta para creer, ahí está la metafísica y la imaginación. De su espalda desnuda y sus costados, comenzaron a brotar ramitas. Una especie de estructuras arbóreas elementales que iban engarzando las unas con las otras, hasta llegar a configurar un armanzón leonardino perfecto, de alas de mariposa. Una telilla casi invisible comenzó a cubrir aquel bastidor impresionante con diversos y bellos colores, propiciando nuestro clamor y el apoteosis cuando se desplegaron a la vista de todos.

Las alas, comenzaron a agitarse: Primero, tenuamente, mas tarde, con enorme aceleración, haciendo que el cuerpo de mi amigo remontara oportunamente hasta el espacio exterior mas allá de la ventana, en un alarde aerodinámico de pequeño drone.

"El Supremo me espera impaciente". (Que yo sepa, no estaba implicado en asuntos de revueltos).
Ramiro trascendió sin sudario tomando rumbo a esa otra dimensión que da a la calle, con la suavidad de los ángeles o como una bella mariposa que deja su capullo en la cima de un arbusto después de la eclosión.

Vimos, sorprendidos, como Ramiro comenzaba a perder trayectoria, sin ascender con la rapidez que se esperaba sino que, comenzaba a estacionarse con solemne placidez, junto a los balcones y ventanas del vecindario, aspirando el olor de los geranios, las albahacas, las madreselvas, pasando de una a otra terraza con la facilidad de una abeja, allí en donde germinan bellos gladiolos y otras especies de la flor de primavera.

Con angelical porte y ascenso desacelerado, siguió deteniéndose en las siguientes alturas dando que hablar a los vecinos incrédulos. Ya metido en los últimos tramos de sus viajes, aceleró violentamente rumbo al mas allá de la eternidad.

Ante aquella impresionante e increíble historia, quedé con Laurita para polenizar la vida de nuevo.


Jueves, 23 de noviembre

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