Ríase, aunque sea de mí

El Supremo nos espera.

10.02.12 | 12:06. Archivado en A PIE DE OBRA
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LEVITARCuando tomé el ascensor, la reacción primera, antes de pulsar el botón del quinto, fue la de mirarme mirarme al espejo de la vida y así comprobar si casaba ese aspecto con la escena que aguardaba en tan solo unos segundos.

Había venido para mostrar mis condolencias a la familia de Ramón, Raquel y sus hijos. Que guapa aquella mujer, viuda ahora.Fue la secretaria del Colegio de abogados de Singadum que dirigía el gran maestre Chin Ku ConK como decano mayor. Un tipo extrovertido y amable que tomaba pastelitos de té entre sus correligionarios y decisiones colegiales imposibles. Dicen que tuvo un romance poco antes de que llegara Ramón a convencer a Raquel. ¡Estas hecho un tigre de malayo, Ramón!, le decía en la pasantía.

Recordé a mi amigo cuando éramos jóvenes. Compartíamos despacho en la última planta defendiendo a los guerrilleros tamiles y a los empleados del gas. Que tiempos. Que recuerdos tan oblicuos y distantes.

Las lágrimas surgieron en mis ojos. Cuando llegué al descansillo, la puerta entreabierta del rellano me vino a orientar. Había gente en el recibidor que, después del saludo, reconocí: Eran los cuatro de siempre. Los especialistas en funerales y decesos que toda corporación mantiene para celebrar los actos. Unos personajes que se lo saben todo de ese mundo opaco donde la vida se conforma entre el café y la sala de togas antes de la realidad crepuscular.

Llegado allí, encontré, en la habitación-salita, montada sobre soportes desiguales, una tallada caja mortuoria de nogal biodegradable, que imaginé enseguida había de ser la expresión testifical del último suspiro de mi querido amigo Ramón. Sobre la pared, la tapa con un hermoso crucifijo dorado esperando ser herméticamente ensamblada. Ramón, permanecía de cúbito supino, excesivamente pálido, ojos medianamente entornados, postrados de aquella manera seria y circunspecta que siempre recordaré. Nunca me lo pude imaginar así, cruzado de brazos, él tan activo y alegre.

Raquel, insoportablemente desconsolada, vino hacia mí. Aun estaba guapa la señora.
“¿A que parece que está dormidito, tú?”.
La miré con ternura y consideración a la vez que tomaba sus manos pequeñas y regordetas de porcelana de Macao. Si, Raquelita, parece que está dormidito para una siesta sin fin. Todos tenemos que dormirnos alguna vez.

Pero no tan de repente y cuando Dios te necesita ya. Un nudo en la garganta privó de respuesta al adagio.
El furgón de la funeraria aguardaba en doble fila con su aspecto clásico de haiga brillante y luctuoso, tristemente impecable, esperando al ser que dejó de ser para desplazarlo a la dimensión mas canalla y austera que se quiera.

Alguien lo indicó: “abajo aguarda el coche de difuntos”. Todos los dolientes dimos paso a los empleados que, prestos, fueron recogiendo los enseres, velones y coronas dedicadas, dejando la caja en cuadro y en su caballete para el último instante.

Cuando tomaron el ataúd, no con cierta dificultad por la falta de espacio, este cayó al suelo estrepitosamente, provocando susto y temor en los presentes. Las tablas y cuadernas se abrieron de par, así como las suturas del encofrado. Alguien grito histéricamente pidiendo ayuda. Fue Raquel y su pañuelo de plañidera bordado. Pasados los primeros momentos de tensión, uno de los operarios, presto y agradable, trajo con rapidez tachuelas y un martillo carpintero para reparar el entramado de maderas y holguras del féretro accidentado.

Mas que sorprendido, quedé aturdido. El propio, comenzó a clavar puntas a lo largo de los ajustes que había encajado a presión, de una forma muy profesional y directa como si toda la vida se hubiera dedicado a remendar cajitas. Un tarareo imperceptible se intuía salido de sus finos labios de fumador, cuando de súbito, y por el efecto, sin duda, de una tabla de gimnasia bien ejercitada, Ramón, el hasta entonces llorado finado, se incorporó milagrosamente con la radicalidad impresionante de un ejercicio de Pilates.
¿Que ruido es ese, Raquel? , preguntó Ramón, el finado, a su esposa desencajada, con voz meliflua y cavernosa. Él empleado de pompas fúnebres, soltando las herramientas, despavorido, sin comentario ni enredo, llegó a alcanzar la puerta de la calle de un solo salto, precipitándose escaleras abajo. Otros acompañantes cercanos a la familia, y a la salida, echaron a correr por la escalinata descendente, como tamiles. Yo quedé petrificado, granítico junto a Raquel que también quedó de cera, turbada, empolvada. No podíamos explicarnos aquel milagro.

Rogué a Dios que me diera ánimo para comprender todo aquello, lo que allí pasaba, aquel suceso. Raquel, fuera ya de su hechizo, comentó, loca de alegría, que Ramón no estaba muerto, que había sufrido un ataque de catalepsia, detenimiento, vuelco de corazón o cosa así. Eso había sido todo. No me creí versión tan simple hasta que vino hacia mí la sombra del amigo.

Juan, soy yo, Ramón. Algo me ocurrió, desde luego.
El empleado de la funeraria, hombre incansable, de aspecto tranquilo y positiva cordialidad, no llegaba a creérselo. “Nunca había pasado nada semejante”.

De repente, el sudario de Ramón, desgarrado por el crujir de tablas, dejaba paso a un hecho insólito. De su espalda desnuda y sus costados, comenzaron a brotar ramitas. Una especie de estructura arbórea elemental que iban engarzándose unas con otras a la vez que crecian has llegar a configurar un armanzón leonardino de alas de mariposa, enormes. Una telilla casi invisible iba cubriendo aquel bastidor impresionante con diversos y bellos colores atrapados para la divinidad , propiciando el clamor popular y el apoteosis cuando estas se desplegaron en su mas amplia actitud geométrica.

Las alas, después de la demostración de luz y color, comenzaron a agitarse, primero, tenuemente, mas tarde, con enerme aceleración para remontar obstáculos en una suerte de levitación que venía a separar lo físico de lo metafísico. En ese instante, Ramón, nuestro amigo y esposo,flotando, comenzó a situarse en puntos diversos de la estancia , rotando, por fin, levemente a estribor, frente a la ventana que daba al jardín comunitario.

- Ábreme la ventana, por favor, Juan, que me ausento. El Supremo me espera impaciente. Así hice con la rapidez y exigencia que me pedía el amigo. Ramón despegaba tomando rumbo a esa otra dimensión que da a la calle, con la suavidad de los ángeles o como una bella mariposa después de dejar reposando la crisálida inerte en la tierra.

Veíamos con estupor que Ramón no ascendía con la rapidez esperada sino que venía a estacionarse, con solemne placidez, junto a los balcones y ventanas del vecindario, aspirando el olor de los geranios, las albahacas, las madreselvas, pasando de una a otra terraza donde germinaban bellos gladiolos y otras especies de la flor.

Con angelical porte y en ascenso continuo, siguió deteniéndose en las siguientes alturas, donde habia de hablar con los vecinos, disfrutando de los refrigerios que le brindaban: sanas y saludables frutas, elixir y dulcísimas ambrosías, sin olvidar las rosquillas de Santa Clara y la copita de anís en los últimos tramos de su viaje. Y así hasta la eternidad.

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