Cuando tomé el ascensor, la reacción primera, antes de pulsar el botón del quinto, fue la de mirarme mirarme al espejo de la vida y así comprobar si casaba ese aspecto con la escena que aguardaba en tan solo unos segundos.
Había venido para mostrar mis condolencias a la familia de Ramón, Raquel y sus hijos. Que guapa aquella mujer, viuda ahora.Fue la secretaria del Colegio de abogados de Singadum que dirigía el gran maestre Chin Ku ConK como decano mayor. Un tipo extrovertido y amable que tomaba pastelitos de té entre sus correligionarios y decisiones colegiales imposibles. Dicen que tuvo un romance poco antes de que llegara Ramón a convencer a Raquel. ¡Estas hecho un tigre de malayo, Ramón!, le decía en la pasantía.
Recordé a mi amigo cuando éramos jóvenes. Compartíamos despacho en la última planta defendiendo a los guerrilleros tamiles y a los empleados del gas. Que tiempos. Que recuerdos tan oblicuos y distantes.
Las lágrimas surgieron en mis ojos. Cuando llegué al descansillo, la puerta entreabierta del rellano me vino a orientar. Había gente en el recibidor que, después del saludo, reconocí: Eran los cuatro de siempre. Los especialistas en funerales y decesos que toda corporación mantiene para celebrar los actos. Unos personajes que se lo saben todo de ese mundo opaco donde la vida se conforma entre el café y la sala de togas antes de la realidad crepuscular.
Llegado allí, encontré, en la habitación-salita, montada sobre soportes desiguales, una tallada caja mortuoria de nogal biodegradable, que imaginé enseguida había de ser la expresión testifical del último suspiro de mi querido amigo Ramón. Sobre la pared, la tapa con un hermoso crucifijo dorado esperando ser herméticamente ensamblada. Ramón, permanecía de cúbito supino, excesivamente pálido, ojos medianamente entornados, postrados de aquella manera seria y circunspecta que siempre recordaré. Nunca me lo pude imaginar así, cruzado de brazos, él tan activo y alegre.
Raquel, insoportablemente desconsolada, vino hacia mí. Aun estaba guapa la señora.
“¿A que parece que está dormidito, tú?”.
La miré con ternura y consideración a la vez que tomaba sus manos pequeñas y regordetas de porcelana de Macao. Si, Raquelita, parece que está dormidito para una siesta sin fin. Todos tenemos que dormirnos alguna vez.
Pero no tan de repente y cuando Dios te necesita ya. Un nudo en la garganta privó de respuesta al adagio.
El furgón de la funeraria aguardaba en doble fila con su aspecto clásico de haiga brillante y luctuoso, tristemente impecable, esperando al ser que dejó de ser para desplazarlo a la dimensión mas canalla y austera que se quiera.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín