Ríase, aunque sea de mí

Las trenzas gordas de caperucita

03.03.11 | 11:17. Archivado en A PIE DE OBRA
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caperucitaCaperucita, que ya andaba por los cincuenta por aquello del tiempo que pasa volando, había decidido cazar al lobo feroz, aunque le fuera la vida en ello.

La brutalidad de los hechos reales los asumía con absoluta deportividad jugando a las casitas en la urbanización cercana al bosque de los mil álamos y cuatro alcornoques vecinos, bastante brutos por cierto.

Aquella misma noche su hermano Salvador, conociendo como conocía a Caperu, desde Estrasburgo, envió un sms a la criatura, haciendola ver que no todo es tan fácil como se piensa, sin entrar en pormenores conyugales de solteros: "Mi hermana está sola y necesita más cotizaciones para llegar a concluir en una digna jubilación tal como se estan poniendo las cosas en la patria hispana, compañía de seguros. Como el periodo de cómputo está por ver, mejor será que se ponga en contacto con el hacedor de sus males; el lobo mamón, sin pretender ayuda alguna del gobierno del bosque encantado.

Como Caperucita habia trabajado en el bosque hasta que el indeseable lobo la engatusó para la pizzería, es posible que mantenga derechos y cotizaciones. Y si no tiene reconocidos esos derechos, allá se las vea con el malvado.

El lobo, que en estos momentos disfruta de una buena posición como Director General de Confusiones en una firma de auditora muy influyente, podría ser la solución al estado de mi hermanita"

Al tiempo de esas elucubraciones de su querido hermano, Caperucita se levantó de la cama, alisó la colcha con esmero, peinó sus trenzas gordas con un cepillo de nácar. Presta, arregló de nuevo sus cabellos rebeldes por el efecto del almohadón, dando forma a aquella hermosa gavilla de cabellos tintados en precioso oro líquido (H2 O2)

Hizo la maleta, pintó sus labios de rojo carmesí, se apretó el cinto donde se ajustaba una enorme pistola de calibre (reluciente y con licencia) tomando un taxi hasta el centro de la city. No tuvo ganas de desayunar.

Cuando llegó a la oficina de licántropos, se dirigió al despacho del Homo lupus. Allí estaba el truhan con unas canas de mas y una secretaria que tomaba nota con el dedo.

Agarró el camino mas corto para llegar hasta las garras del indeseable que miraba por la ventana a la luna llena. Tomó su reluciente Colt con enorme sangre fría. Descerrajole al menda todos los tiros del tambor, giro por giro y uno tras otro.

La secretaria que se hacia las uñas en ese instante, quedó lela. La sangre llegó hasta la puerta del ascensor de señoras, secándose. Caperucita escribió sus memorias en la biblioteca de la prisión hasta que fue indultada. Las trenzas gordas resistieron el paso del tiempo.


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