Ríase, aunque sea de mí

Las trenzas gordas de Caperucita.

17.06.10 | 18:35. Archivado en CAPITÁN LEX
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Caperucita, que ya andaba por los cincuenta, había decidido cazar al lobo aunque le costara la vida, aun siendo tan amable y grata como su difunta abuelita advertía, que, de tanto vivir la pobre señora, se murió.

La brutalidad de los hechos reales los asumía con absoluta deportividad jugando a las casitas en la urbanización cercana al bosque de los mil álamos y cuatro alcornoques vecinos.

Aquella misma noche, su hermano casado, desde Estrasburgo, pensaba y pensaba, entre sábanas, sin entrar en los compromisos ineludibles de los deberes conyugales de un soltero: "Mi hermana está sola y necesita más cotizaciones para logar la ansiada jubilación, llegado su momento, con la autorización del señor Corbacho y la norma reglamentaria.

Como Caperucita trabajó unos años en el bosque hasta que la engatusó indeseable lobo y ni por esas tiene derechos reconocidos, se me ocurre, aunque sea muy fuerte, que debería pedir ayuda de la fiera por ser el verdadero culpable de su situación. Si no hubiese aparecido el malvado animal en aquellos momentos de terror, ella continuaría en su puesto de recadera en el catering de la comunidad de abuelitos.

El lobo, que en estos momentos disfruta de una buena posición como Director General de Confusiones en una firma de auditora muy influyente, podría ser la solución al estado de mi hermanita.

Yo no puedo, me lo impide el pago de la lavandería, la mujer que cuida la casa, el restaurante donde como, etc. No puedo pasar por menos. Mis hijos son pequeños, de meses, y no trabajan". Estas ideas se las transmitió a su hermana a altas horas de la madrugada a cobro revertido.

Caperucita se levantó de la cama, alisó la colcha con esmero, peinó sus trenzas gordas con un cepillo de nácar arreglando de nuevo sus cabellos rebeldes por el efecto del almohadón y dando forma a aquella hermosa gavilla de cabellos tintados en precioso oro líquido (H2 O2)

Hizo su maleta, apretó el cinto donde se ajustaba una enorme pistola de calibre, reluciente y con licencia, tomando un taxi hasta el centro de la city. No tenía ganas de desayunar.

Cuando llegó a la oficina de licántropos, se dirigió al despacho del Homo lupus. Allí estaba el truhan con unas canas de mas y una secretaria que tomaba nota con el dedo.

Agarró el camino mas corto para llegar hasta las garras del indeseable que miraba por la ventana, con entusiasmo, a la luna llena. Tomó su reluciente Colt descerrajándole todos los tiros del tambor.

Siempre habrá ayeres y siempre habrá mañanas, pero no oyes, ingrato, le dijo. La secretaria quedó lela. La sangre llegó hasta el ascensor, secándose. Caperucita escribió sus memorias en la biblioteca. Llegó a cobrar la pensión de viudedad por sus trenzas gordas.


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