La Casa Grande de Narváez, corredores y pasillos colgantes, barandillas, escaleras voladas y ropa tendida; entramado de un suburbio vertical enclavado en el est upper de la city madrileña, era un lugar de vida y encuentros en la alta posguerra ye-yé, donde vivía mi amor imposible, Nati.
Con sus quince años, su falda de vuelo can-can y su revoloteo caprichoso y sonriente saliendo del portal, me sugirió una canción, una melodía; componer algo que adornara aquella escena de película.
Primero, le puse nombre a la obra "My loved Nati" (se llevaba lo americano, soñando en americano), mas tarde, con la ayuda de unos amigos, inicié el trasteo en la guitarra Garijo que me regalaron los viejos, hasta dar con el son romántico adecuado a la figura de pensamiento enamorada.
Ignacio, mi profe y amigo, líder de Los Relámpagos, se reía de mi tolondre advirtiéndome de la falta de armonía de la obra y de su estructura endeble. Juanjo, sin embargo, mi querido cómplice, hermano del trueno, me animaba aportando su sensibilidad con acordes rock al piano.
Cuando "My loved Nati" estaba presta para interpretar, encontré, precisamente, a Nati en el Retiro, muy coqueta y atrevida, paseando con un joven mayorzote, pañuelo al cuello, mirada al biés, meritorio del periódico vecino Pueblo.
Indagué en los bares del barrio intentando saber de aquel oponente atrevido que se las daba de importante. Tremenda sorpresa: Era, nada menos, que Leonardo el de Pueblo, el artista displicente y mayestático que arrebató mi inspiración en un alarde de compás sinfónico y transporte admirables.
Supe después por Candelaria, la horchatera de Ibiza,(muy en su labor con las chufas), que el joven osado hizo, en tiempo record, una de las composiciones mas bellas y sugestivas que se pueda imaginar el mundo de la música. Lo intuí; el plagio estaba cantado; me pisó "Nati my loved" el muy canalla.
Con la ayuda de las fuerzas vivas de las letras, la canción, las finanzas y de la Banda Municipal, el proyecto salió adelante. De ahí nació la magistral opereta americana West Side Story, con el amparo del Plan Marshall y el crédito sindical Ya se sabe.
Y viene la cosa a cuento por lo que leo en un artículo de opinión en el Mundo del siglo XXi, firmado por Raúl del Pozo sobre las sanguijuelas de las letras y su punto de vista.
Cuando acabó este triste episodio con Nati, tiempo después quise emular a Leonardo, ahora Leonard, y nada mejor para lograrlo que tratar de introducirme en los espacios del saber; en los ambientes estelares de la prosa, del conocimiento. Y como el saber estaba restringido a unos cuantos bachilleres, y la prosa censurada, me insuflé de valor y allá fuí a solicitar el puesto que el tal Leonard habia dejado vacante, por si la flauta.
Le pedí consejo a Clark, Clark Kent, corresponsal del Daily Planet en Madrid y gran amigo de ratos oportunos fraguando historias, para conocer su opinión a cerca de la aventura.
Mira, chico, no te andes con remilgos y gilipolleces y, adelante.
Le pregunté algo mas pero, me respondió como el conejo blanco a Alicia: Lo siento, me voy corriendo que me llaman. Se introdujo en los lavabos y ya, de Supermán, con aquel traje azul cobalto y complementos, voló, raudo, por la ventilacion.
Salí del Mercado de Ibiza muy satisfecho. En la esquina con Narvaez me encontre con la dedidad de mis sueños, Natalia. Venia guapa y sonriente, como siempre.
¿Quieres que demos una vuelta?, me dijo. Subimos por Narváez. Una música, salida de algun lugar, tal vez de Viena Azul, sonaba alegre, como de circo, rompiendo el monótono zumbido de la hermosa avenida.
Unos ágiles muchachos, subidos en enormes rulos de papel de periódico, bajaban por la calle manteniendo el equilibrio y saludando a Nati a voz en grito. Esta, eufórica, les lanzaba besos con guiños y muecas de amistad.
Superman, con su rizo en la frente y capita corta de majoret, nos iluminó con pasada en seco a un much (Hermida), encabritando de tirón al cielo, en la vertical del periódico que acababa de mudarse.
Los músicos de la banda aparecieron vestidos de rojo con charreteras, entorchados y galones de mariscal. Sus instrumentos brillaban reflejando el alegre sol en un sostenido que comenzaba a ocultarse por el Cinema Narváez.
A Natalia le conté mis proyectos pero, esta, absorta por los ritmos y trompetas salseras de los profesores, no me hizo el menor caso. Solo sabia mover su cuerpo al ritmo de su falda de cancán y mirarme con alegre sonrisa. Caí a sus piés en el momento del paso del tranvía 61 con destino a la Moncloa.
Pueblo, ya andaba por los espacios sindicales, y sus gallos, picoteando noticias por las Huertas del Prado despues de dejar la calle de la tinta, Narváez, sin rotativas y linotipias; trasiegos de buena letra y enormes bobinas de papel encalladas en el paso de carruajes de la historia.
Y marché a Pueblo con mis activos intelectuales a la busca de esa ocasión cuando el hada sonríe al desconocido y le abre la puerta.
Impresionado quedé: Un edificio moderno, imperante, de rojo ladrillo visto que podía dejar chico al NY Times y su building iluminado en la plaza del Callao.
El hada no me recibió, estaría de descanso. Sí un grupo de ascensores extraños para disuadir. Mejor, un conjunto de cajas montadas, una sobre otra, como camerinos de barbis soldados en su discurrir contínuo y sorprendente a través de las entrañas de aquel edificio racionalista y nada moderado en su fragor.
Tuve miedo de montar en aquella noria de cangilones rítmicos para viajeros intrépidos que no paraba nuca, segun la ley hidráulica de marear. Una cordada de cajones imposibles sin sherpa que guiara mis destinos.
Aquellos locos usuarios entraban y salian con soltura y gracia dando un saltito malabar para no dejar su nutrida ciencia prendida en las escayolas o en los zócalos de madera. Caras conocidas que reconocí a posteriori: Hermida, Carrascal, Amilibia, Balbín del Pozo y otros mas famosos.
Cuando quise percatarme de la actitud del aparato, ya estaba de vuelta en el mismo sarcófago, picando al bajo, después del cambio de agujas en el ático de las musas, sin que nadie reparara en trabajos o en la libreta ilustrada del jovenzuelo.
No tenía escuela, lo confieso; el valor quedaba en duda, solo en entusiasmo resaltaba. Mas topé con aquel sistema de la elevación modernísima y sin descanso que me sirvió para desistir y tirar la carpeta a la fuente de Neptuno, el dios de los fondos marinos.
No solo me extrañó la mecánica irracional del montacargas si no que se me hacia dificil conjugar ciencia con modernez. Eché de menos a Kent, especializado en parar estas jaulas en cualquier elevación cuando hay chica guapa dentro. "Si ves a un pirómano con la mecha en la mano, no le pidas fuego, por mucho que aprieten las ganas de fumar"
Raúl del Pozo, conocedor de esta tramoya periodística, que ejerce con inigualable soltura desde aquellos avatares, bien sabe de estas cosas de riesgo. Y de política, ayudado por Clio, la vecina de la calle de León. Y de escribanía, lo que no está escrito, gracias al parnaso y a sus abetos cefalonios; buitres y águlias doradas suspendidos y aguardando que le hicieron ver el mundo en la redacción de los doctos.
Trabajo le costó saber lo que sabe a fuerza de ascender-descender por el esófago del periódico maestro: aquella noria de cangilones repleta de extrañezas en un continuo movimiento nacional lento, ligado al tedio y a lo maestoso, que surtia de noticias pronominales y demostrativas hasta dar con la clave de Balbín.
Pasan los tiempos y viene los nuevos inventos, permitiendo crear esa figura anglosajona del libro de bitácora que dice decires y reflexiona con sus contestas, encontrando encaje perfecto en las páginas virtuales de los mass media. Los bloggers, los blogueros, esos escribidores profesionales o menos, con mas o menos tino y fortuna que se enrolan en la aventura de contar y de opinar, incluso reflexionando, en una suerte de libertades sobre el esqueje del buen decir, amigo Homero, sin ser rémora alguna de brillantes escualos o de recios atunes.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín