Ríase, aunque sea de mí

No se pierda la película.

27.05.10 | 12:00. Archivado en CABO LEX, A PIE DE OBRA
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Voy al Cine, al menos, un dia a la semana. Y no es que sea un cinéfilo empedernido de recursos fotográmicos para llegar al límite del disfrute sabiendolo todo de la industria, no.

Soy mas rural, mas simple, un poco transversal para esas cosas y menos longitudinal que aquellos que opinan del Septimo Arte. Lo que me ofrecen en pantalla, si viene de buena mano, lo intento disfrutar en el momento, y asimilar, rumiando el mensaje, después de un par de días laborables dándole vueltas al caletre.

Tengo que confesarles, antes de nada, que este amor por el cine viene de lejos, del óvulo fecundado por mi imaginación endogámica cuando aun no contaba con la mayoría de edad parvularia. Muy aficionado a los matinales y sesiones contínuas en los cines del barrio.

Confieso, de igual modo, y así lo afirmo ante la prensa de papel postrado de hinojos, que mi vocación vino a nacer en un patio de butacas, en la fila de los impares junto a la lamparilla de salida de emergencia y a mi tata Talía, herrmosa actriz de las de antes con un jazmín en el pelo.

En mi tiempo, el cine llenaba casi toda nuestra existencia; era nuestro lugar de vida, de encuentro, del bombón helado pregonado bronco por el Bardem de voz rota y estelar en los descansos peliculeros, llegando a ser galán de oficio en los festivales. De los amoríos platónicos con la actriz de reparto (una para mi); del acomodador con su linterna mágica dando rafagazos de un lado para otro de la sala para que no se desmandara la audiencia en el oscuro; y el chispear de ozonopino pulverizado por el marcial acomodador y su aparato de siseo agudo derramando perfume de colonia limpia para ganar ambiente en aquel silencio átono mirando a la pantalla.

Y Paz. Maripaz la taquillera: Sonrisa paciente de querubin metida en aquel butrón practicado en la pared despachando localidades. No solo era bella Maripaz, sino intransigente y hostil a lo desagradable.

Despues de la película , tocaba soñar con la cinta haciendo de prota e invitando a las rubias pin up (Maripaz) a tomar una Cocacola en la bolera de Canal Street. Todos los mil sueños de Mr. Marshall.

Ir al cine no era solo una fiesta, una ceremonia ilustrada; era mucho mas: El ritual requerido para llenar de imaginario el tiempo resto de la semana.

Ahora que el Imperio Romano se ha hecho añicos en los estudios ágrafos de la tele, comienza a aresurgir, milagrosamente, el CINE.

Si, mas modesta la sala; tambien, menos bulliciosa, bastante funcional y ergonómiro el asiento diseñado para rodillas inconformistas y otras muchas bondades. ¡Impresionante!. Ahora, solo falta la película,


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