Si no quieren reconocer su actitud, no lo hagan. Si quieren utilizar un medio, un programa como “La Noria” cuyas orquestaciones de una sola octava vienen a animar al personal como buen carrusel verbenero de fin de semana, bien está, pero, créame; eso no es. Las medidas adoptadas por su gobierno, aun no siendo de gran calado, viene a recordarme el día de mi confirmación como integrante de la iglesia católica, en aquellos años de creencias absolutas.
Tenia cosa de diez años y fue en uno de los lugares mas destacados y bellos de Madrid: La iglesia de los Jerónimos. En aquel día radiante cargado de ceremonias, en aquel acto, uno de los oficiantes en su homilía vino a decir al ejército de pequeños creyentes de brillantes ojos, entre otras muchas cosas, que el Señor había muerto por nuestra culpa; por nuestros pecados.
De tal forma lo dijo, con tal convencimiento, que llegue a sentirme culpable de aquella barbaridad. En la posreacción, llorando amargamente, negueme cualquier tipo de participación en aquella maldita herejía.
Cuando salimos todos los amigos a tomar el refrigerio entre las columnatas del bello claustro (hoy incorporado al Museo del Prado por una gracia o un antojo acristalado), rezagado y poco comunicativo, ni quise probar el chocolate con pastas que nos obsequiaba el obispado, atascado, como estaba, por el disgusto y la neurosis infantil.
Desde aquel instante me cuestioné el grado de responsabilidad del individuo dentro de un grupo social por el mero hecho de ser ser. “El individuo es eso, uno subordinado al todo”, me dirá usted. Y me revelo de la apreciación categórica, respondiéndole: sobordinado al todo, absolutamente.
Me ocurre, después de los años, con este nuevo asunto que nos trae y condena por ser un privilegiado que trabaja. Trabaja en la administración por mil calas, como podía trabajar en El Corte Ingles u otro lugar del amplio espectro laboral de baja cota, como ya lo hice, por mil calas europeas.
Ustedes, patrones míos, me contrataron y ustedes me señalan ahora como elemento provocador del desatino. Y me castigan. Y provocan la insoportable gravedad de los decires tramposos, a pesar del incienso en la Noria.
Sus argumentos , créame, vienen de la mano de un sofisma. Sus alardes de convicción, del brazo de un interés partidista poco social, y sus comentarios de barbería, no convencen a la clientela cuya mirada se posa mejor en la chica del calendario, que está como un tren (permítame), mas que en las explicaciones del rasurado.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Juan Luis Recio
Ángel Sáez García
Julián Moreno Mestre
Chris Gonzalez -Mora
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín