Ríase, aunque sea de mí

Cualquiera puede tener un Nobel

22.04.10 | 11:40. Archivado en CAPITÁN LEX, EL HOMBRE DEL BONOBÚS
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El cartero me llevó la misiva con desbordada alegría. “Mira, tío, tienes carta de la Fundación Nobel”. Esperé a que marchara el propio, alejado por el sonido de sus pasos presurosos y el arranque del ascensor.

La candidatura para el galardón de Gente Buena, la habían propuesto unos compañeros del pensionado entres risas y veras, y un tanto de osada franquicia. Yo era el candidato ideal para esta gente de buena voluntad que admira los hechos de ser admirable y por esos conceptos que sobre la vida tengo, lejos de ser merecedor de aquel galardón tan lleno de prestigio, modestamente.

Mis compañeros, como dije, habían creado una asociación sin ánimo de lucro con aquel nombre de distingo “La Sociedad Integral de Amigos de la Bondad”, trazando el plan para situarme como candidato de tan ilustre premio Nobel, incluyendo, en la propuesta, un extenso currículo de buena persona que me llenó de rubor impostado, gratamente.

“Es honesto, trabajador, sencillo y espabilado. Comparte sus bienes con todo el mundo que lo requiere; invita a cafelitos, pagas sus impuestos indirectos, alienta al desmayado, posee una carga neurasténica inferior a la de sus congéneres, cumple con las normas de tráfico, es socio de entidades sin animo de lucro, y piensa cosas no aconsejables que enseguida desaparecen de su mente, practicando el propósito de la enmienda.

Es tan grande y probada su paciencia , que podría ser considerado como un santo laico que no necesita de pedestales para destacar su hombría de bien. Es muy majo, en fin, sin carga alguna de estulticia”.

Antes de abrir aquel sobre de papel grueso lacrado y timbrado, ya me veía frente al Rey de Suecia y todas las bellas walkirias del coro, recibiendo el pergamino y todos los honores entre aplausos y reverencias.

Abrí, por fin, el envolvente, con la curiosidad que provocan estas comunicaciones, leyendo apresurado. No me habían distinguido estos acanallas del jurado. Que se habrán creído que son.

No necesito de premios, ni honores, ni siquiera aplausos; pero si un reconocimiento a mi honestidad, a mi sencillez, a mi imnata bondad. Que menos que un Nóbel para las personas sencillas y honestas.

Instituiré un premio sin la soberbia que entraña ese otro prestigioso, y que llamaré, desde este instante, Premio Noble. para todas aquellas personas honestas del mundo.(Estos, a mí, no me hacen sombra).


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