Ríase, aunque sea de mí

Bajos instintos, bodeguero.

28.11.09 | 18:32. Archivado en CALLE DE LA TINTA
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Iba escuchando “Ne Me Quitte Pas” cuando el semáforo me hizo el guiño para que presionara los “fluchos” sobre los pedales. La música continuaba: Nina Simone saludaba a Jacques Brel. El tipo que cruzaba en ese instante por la Polinesia era mi amigo Cándido, periodista de toda la vida que escribía tan bien como Gauguin en color.

“Cándido, amigo mío”, grité. Cándido, sin percatarse, hizo mutis entre el gentio. El semáforo se abrió. El cagaprisas impertinente de las traseras, me pitó: tuve que acelerar cabreado. Cándido era muy amigo de los Conde; había vivido en la casa grande y por insinuaciones de mi enamorada, que ya venia a ser la suya, se había atrevido con el periodismo (no periodisto, por muchas connotaciones que pueda llevar el género. El género se lleva en el artículo, señor. El estilo, señor; el estilo). Llegó a escribir en infinidad de periódicos del pais, también en el País, siendo corresponsal de otros tantos miles de periódicos del mundo (también en el Mundo), y en el Daly Planet de Clark Kent, que merecía.

Cándido conocía la cosa esta llamada vida como nadie o, al menos, como comentaba, como Dios. Y si, aun con su toque de ingenuidad, bonachón y curvilíneo de estógamo, era inteligente aun con los enemigos mordientes que intentan escalar el encintado para dejarlo sin perneras. Cándido lo sabia todo y se percataba de todo una vez que hubiera pasado el envite del engaño, o la Embitda financiera. “Necesito ver la película de los hechos frente al aparato y antes de teclear en el querty para asimilar las intenciones del mamón de turno”.

Me contaba cosas de Madrid, sobre todo de la Gran Vía, la femoral de la city y sus bajos fondos. Conocía todos los garitos de siempre y de esos nuevos donde la gente se suele refugiar para olvidar o para dar rienda suelta a sus vicios, a sus instintos, a sus golferías. “Yo también soy un golfo, tío, pero sin tan mala intención”. “Y me fijo en esos otros golfos certificados para sacar tajada, en mis artículos, de aquellos los centrípetos golfales soberbios y engreídos que se obstinan en buscar la golfería como objetivo de su leyenda golfa".

Cándido me contó una historia estremecedora que no es para películas sin presupuesto.

Por aquellos imperios, pululaba un insigne cabrón, confidente de todos los garitos, llamado “El bodeguero”. Este imbecil había emigrado, en sus tiempos, a Australia, y en poco, regresó al país de las Hespérides dejando a la mujer y las hijas en la gran isla continente.

Con el bolso de dólares amañado a espaldas de la parienta, colocó una bodega por las Ventas , el barrio castizo, viniéndole tan mal a sus ganas, que no tuvo otro remedio que dejar el negocio para sus groserías y dilapidar el traspaso hasta que cumpliera la edad del retiro.

Y se dedicó, el canalla, al ilustrado trabajo de alcahuete entre las bancadas de los putiferios de la Gran Vía,señalando a este y al otro entre la camada de camareros de mal vivir y los otros truhanes quítatelas y acólitos de la extorsión. Por allí tambien andaba el Sherif de Coslada, según la leyenda.

Y le vinieron a él con el asunto al estar señalado como histrión de mala vida de la ilustración ratonera; ideal víctima.

Cándido no tuvo mas remedio que romperle la cabeza al Bodeguero con bastante facilidad. Y a los camareros fules darles para el pelo aligerando sus malos instintos.

Él tuvo que purgar unas miajas de días en los calabozos de la Plaza de Castilla para salir absuelto en nada. Se acordó del Daly Planet. Del bodegas, ni se sabe. “Luego hice una crónica de lujo que me valió el Pulitzer”. En Columbia no llegaron a creerse la excelente crónica.


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