La Casa Grande next door Diario Pueblo
05.11.09 @ 06:36:01. Archivado en , CAPITÁN LEX
La casa grande de Narváez, una hermosa casa llena de vida, cargada de gente como un trasatlántico varado en las inmediaciones de Ibiza, mostraba estupor ante la inminente salida del diario Pueblo, el vecino periódico, camino de las Huertas y del Paseo del Prado por orden del Movimiento, como si el movimiento fuera cuestión de orden.
En la Casa Grande vivía mi amigo Alberto. Alberto Conde Ruiz, compañero de pupitre del colegio Isabel la Católica de Menéndez Pelayo. Su hermana Loli, mi musa, también se formaba en nuestro colegio, en la sección de niñas; bajos de un edificio de Antonio Acuña, a cuatro pasos.
De Loli y sus trenzas, cara rosita, gestos de niña buena, andares de porcelana y otras debilidades, cerrilmente me enamoré a sus catorce años. Yo no había cumplido aun los trece, como Alberto. Mario, mi amigo el escritor del café de la esquina, también conoció a los hermanos Conde gracias a mí. (Léase post anterior) . Loli me dijo un día, después de pasar unas risas dándole la lata al literato, que parecía un hombre interesante y atractivo aquel peruano. La niña mala provocó en mí todos los celos del mundo, sintiéndome mal, frustrado, amilanado y furioso, totalmente inseguro Ella, conocedora de mi estado, bromeaba dándome empujones hacia su hermano Alberto.
La casa grande de Narváez, era grande, enorme como un cuartel-bunker de construcción interior lleno de pequeños cuartos, que ahora llamaríamos apartamentos, comunicados por barandillas, corredores, pasillos, ropa tendida y tonadillas de las amas de casa sintonizando Radio Madrid. Un West side , que era el Est, popular y castizo anticipo de Leonard Berstein y su tragicomedia musical en las carteleras de la Gran Vía, años después..
A veces se esperaba que la vecina del tercero interior izquierda interpretara a Antoñita Moreno a la vuelta de la compra, si había suerte. Doña Asunción, la mamá de los Conde, cantaba como los ángeles aquello “Serrano, te quiero” Emilio Romero la hizo cantar en una fiesta del periódico, “Volviendo a España”.
En el diario Pueblo de Huertas, trabajaba el papá de Jorge como linotipista.,” un trabajo culto que requiere, como poco, dominar la ortografía”. De ahí le vendría la afición a Alberto. El papa de Alberto nos invitó a visitar el nuevo edificio y su moderno ascensor de cajones unidos y movimiento continuo de transición; una hazaña para viajar verticalmente por las redacciones, aunque las quejas arreciaran y la ansiedad cundiera en el periódico sindical de igual sentido.
Umbral, protestaba en los desembarcos cuando venía a entregar sus colaboraciones. Raúl del Pozo escribía en su H-40 Olivetti con su ideario 3HC , sin percatarse. Mas de uno se quedó atrancado en la correa de trasmisión del aparato solicitando ascensores de parada concertada y revisión anual, por seguridad, aunque chirriara.
Cuando pasó el tiempo y mi amigo Alberto se graduó en la Escuela de periodistas de Monte Esquinza , yo ya vivía en Vallecas, mas allá de Vallecas, casadios de Vallecas, poniendo a punto el seiscientos tuneado de Ángel Nieto en Pedro Laborde y estudiando para ser cualquier cosa, incluyendo la literatura de la calle Diez de Palomeras. Así conocería a Castro, Enrique Castro, puro bendito de San Pablo est, cuyas cualidades me hacen pensar en la existencia de Dios. (continuará)
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Chris Gonzalez -Mora
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