(III) En Nairobi
21.05.08 @ 23:00:55. Archivado en NOVELERÍAS,
No fue un camino de rosas, como profetizó mi amigo Marshall, sino un discordante ir y venir achacado a la falta de sentimientos para afrontar alguna ocupación que me liberara de aquella inquietud, como hombre acostumbrado al trabajo duro y empeñado.
El entusiasmo de mi amigo Marshall decaía por momentos al comprobar que aquellos augurios que me asignó, no daban el fruto apetecido.
Es que, si no aprendes la lengua autóctona de la región, difícil te va a ser aplicar la filosofía Tal, amigo mío. Además, eso de los calcetines de lana...(dejándolo caer)
En mi anterior vida, había trabajado como vendedor de enciclopedias de catorce tomos a puerta fría, considerándome un tomista entregado a la disciplina de la sabiduría y al realismo del sentido común. Pero los idiomas no eran mi fuerte. Ingrata paradoja: sé lo que siento pero no se lo que digo. Tampoco lo que me dicen (alguna ventaja habia de tener)
Estas disquisiciones me llevaron a tomar, nuevamente, el avión de la TWA con destino a Nairobi, donde el jefe de mi amigo americano tenia un conocimiento federal, es decir, notario de ocupación y keniata de pura cepa, que me haría el favor, (por las opiniones vertidas sobre la naturaleza, fruto del entusiasmo que siempre demostré por el cuidado de las especies) de colocarme de guía y guarda cuidador del rinoceronte negro en el Parque Nacional de Nairobi.
Para su información, el rinoceronte negro (Diceros bicornis) es una especie de rinoceronte que vive a la intemperie y en la sabana africana.
Es algo mas pequeño que el rinoceronte blanco, diferenciándose de este, principalmente, por su color y el hocico puntiagudo y distinguido. Come ramas y hojas extraídas de los árboles a diferencia del rinoceronte blanco, herbívoro, y mucho mas morrongo , aparentemente menos gracioso.
Esta especie a mi cuidado, no provoca miedo, en absoluto. Todo lo contrario. Son astutos y melindrosos, limpios y un tanto excluyentes, pero muy buena gente. Tanto es así, que me encariñé con estas familias de la sabana entregándoles todo mi afecto.
El director del área de protección curricular, me nombró cuidador oficial de la reserva, protegiendo la especie en vías de extinción como mi propia vida.
No toleraba incursión humana por la finca y, menos, los merodeos de coleccionistas de cuernos, que con sus sierras mecánicas buscan el descuido para rebanar, sin contemplaciones y escrúpulos, el picacho deseado de mis pupilos. ¡Una canallada!.
El fusil repetidor y mi cara de pocos amigos, ahuyentaba a estos furtivos privándoles de las ganas de hacer de las suyas, para siempre jamás. "Lobo estepario" me llamaban.
Continuará.
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Chris Gonzalez -Mora
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