(II) En Kuala Lumpur , "con unos calcetines de lana".

Permalink 20.05.08 @ 10:41:43. Archivado en NOVELERÍAS, FOTOS AL MINUTO

En el mostrador de la compañía aérea que me había de llevar a Sebastopol, una educada empleada me libró la tarjeta de embarque con una recomendación elocuente y fría, poco común en vuelos internacionales: “Deje los calcetines de lana en el exterior antes de pasar por el control de objetos peligrosos”. ¿Por qué insinuó tal recomendación la amable azafata?

Me recline en el asiento de primera clase, una vez superados los diezmil pies de altitud con la presurización y las turbinas a todo ímpetu. La fuerza de la gravedad a ese nivel , y de noche, actúa sensiblemente haciendo que los cuerpos permanezcan pegados a la butaca y las bandejas plegadas a los respaldos.

Un sueño reparador dio tiempo al tiempo para acercarnos, infructuosamente, al aeropuerto de destino. Algo ocurría en el cielo. La tormenta que amenazaba momentos antes por aquellos pagos, descargó sus excesos en la mismísima vertical de la pista 37, haciendo que nuestro jet tuviera que sufrir las consecuencias al ser desviado hasta la capital de malasia, Kuala Lumpur, por decisión de las autoridades de navegación aérea internacional, que no se cortan a la hora de preservar las vidas de los pasajeros en situaciones de escasa solución cuando los meteorros se emboscan detrás de las pantallas de la meteo.

Razoné el contratiempo mas, no sucumbí a la desesperación. Realmente no tenia prisa por llegar a la ciudad de mi destino y menos con esos sustos.

Hicimos escala abandonando el aparato por sugerencia del capitán de la nave, bastante contrariado. En la terminal, reflexioné, decidiendo pidiendo refugio político o de cualquier otra índole, al gobierno de aquella hospitalaria ciudad de los famosos rascacielos, dejando para otro momento Sebastopol. Este otro lugar se ajustaba bastante bien a lo que andaba buscando: alejarme, cuanto mas, del terruño que me vio nacer, empero. Fue una decisión precipitada pero llena de ilusiones. No es caso de devolver los billetes por el contratiempo tan ilusionado como estaba. Mejor, aprovechar la situación en tránsito y, si las autoridades de inmigración lo permitían, quedarme como un bendito mazapán.

En Kuala Lumpur, ciudad de las esbeltas Petronas, tuve la suerte de encontrar un hermoso apartamento en una de las torres a muy buen precio. Un poco alto para mi vértigo, pero aceptable dada la latitud cuando el meridiano mira al mediodía en su justa accisa del paralelepípedo azimutal.

El agotamiento del viaje, las ganas por ser distinto hizo que saliera a la calle con el entusiasmo propio del turista que quiere ganar tiempo visitando los monumentos de la ciudad y los Museos de arte de lo mejor.

En la Galeria Nacional de Arte, conocería a Mr. Marshall , agente de la CIA, en excedencia, que habia recalado en la bella city procedente de las Bahamas, que, harto de tanto prestigio, persecuciones a cosas, en un sin vivir contínuo, decidió dejar de chivarse a Washington y perderse como uno mas, por esos mundos de Dios, con su nueva filosofía de vida, el Tal sin mas, logrando imprimir carácter a una de las mayores empresas multinacionales de abastecimiento de gas licuado, por el solo hecho de asesorar sobre la residencia de materiales y bombeo de buena fe en las conducciones tubulares destinadas a la exportación del liquido inflamable.

Amigo mío, me dijo, la vida tiene sorpresas que, ni echados a soñar puede uno imaginar. Me contó toda su vida. Una vida llena de éxitos, alabanzas, sorpresas y recomendaciones que dejaron vacía sus expectativas de futuro con solo cuarenta años de actividad en la Agencia.

Recíprocamente, me confesé con el amigo haciendo alarde de mi abatimiento. Yo también he sufrido mucho en la compañía de tranvías guiados por láser.

No se preocupe, Anselmo, que yo se de la mala vida con eso de destacar constantemente. El desarrollo de mentes privilegiadas como las nuestras, llegan a tal amplitud, que no encuentran mas alicientes por mucho que se prolongue, cayendo en oscura vaguedad del ser y su curbatura del tiempo.

¿Usted usa calcetines de lana?, me espetó.
Mi respuesta, sin embargo, fue afirmativa y eufórica. Sí, lo confieso.
Mi amigo sonrió dándome una palmadita en la espalda.

Entonces, mi buen amigo, puede decirse que ha encontrado el camino.Continuará.

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