Confieso que fui un vividor, un espabilado, un menda que le ha gustado la vida mas que los libros; la buena mesa, mas que la peor, y el amor de las doncellas mucho mas que los versos de Rubén Darío, que ya es decir.
Sin embargo he pretendido distinguir la vida en cada uno de los cangilones de la rueda, esa enorme noria que gira junto al rio que nos lleva, que va elevándote hacia el éxito, el apogeo, a la vez que vienes separándote de lo mundano para sentirte un dios singular en ese olimpo de éxitos merecidos gracias a la valía eterna que nace de ti.
Sin embargo, la enorme rueda que gira al compás de las opciones que le presta el gran engranaje cósmico, puede colocar tu barquilla en el lugar menos preciso del perigeo: en un intermedio poco dado a merecimientos, a extraordinarios pareceres del limbo donde los halagos dejaron de existir para dar paso a la crítica velada. O abierta al estupor.
Es un sinvivir. Que se lo digan a De Guindos. Los alemanes, sebemos todos, y todos ponderamos, son unos tios muy trabajadores, muy ahorradores, muy fuertes, muy hegelianos y todo lo que ustedes quieran fabricando coches buenos para las flotas de los pijoflojos.
Se saben aquello de la partida doble de Luca Pacioli como nadie; y no digamos de los métodos bancarios a interés compuesto llamado Hamburgués para controlar las cuentas de los que presumimos del saneamiento con zotal y mano de hierro colado.
Nosotros, los de la esquina de Europa pegando al temible mar, los llamados latinos del fin del mundo, como gorriones indecisos, que lo desconocen casi todo de esos altos vuelos, esperamos las decisiones de los germanos y la señorita Merkel, listos para take-off.
No quiero entrar en confrontación con la caballería polaca, amiguetes del barrio, pero, si me permite don Cristóbal y su mal humor y don Guindos "el abrazotes", yo abogaría, a través de plebiscito en cada uno de los paises miembros de la Europa, para que la República Federal Alemana dejara cuanto antes el Euro, la Unión y el Bayer de Munich, ya. Acogiéndose a su Marco de toda la vida y para siempre, como la naturaleza impone.
No se si economicamente resultará pero, eso sí, Bruselas podría descansar de una vez por todas de tanta bronca y tanta humillación por esos dichosos deberes cargados de ecuaciones raras y resultados distintos. Y no digamos el señor De Guindos en su sinvivir teresiano que no acierta con las derivadas y el álgebra de Boole (también llamada Retículas booleanas). Pordios, pordios
Madrid es ciudad apacible, amable y cariñosa como una de esas sirenas que mojan sus adorables bronces en el estanque del Retiro.
Ayer quise contemplar a mi ciudad desde lejos, desde mi querido barrio del Puente de Vallecas. A una distancia prudencial; sin perderla. Disparé la cámara cuantas veces pude ayudado por el "acercador de imágenes".
Curiosamente, no la reconocí con esa nada interpuesta y absoluta que te distrae. Sin embargo, llegué a sorprenderme comprobando como desde este punto de vista, al fondo, la muralla del Guadarrama, mi sierra, estaba presente bien presta, no solo en mis oraciones.
Con el libro, vendiendo libros, firmando contraportadas, voilà, ya hemos conseguido ser mas cultos. Las formas, la educación de una sociedad que transporta los rasgos identitarios de una cultura cincelada con el escoplo de las experiencias, de los muchos años, que pretende conseguir la cota que ahora toca, no se ve ni por el forro.
Esa posibilidad de esperanza que bajo la sombra de los chopos, de las acacias, del perfume de los mirtos decape de una vez la pátina muerma que nos envuelve, junto a la birrita fresca y la papa frita del quiosco, es el reto que se traza el buen intelectual que no llega a tocar cesped.
Gusto por el parque en estas fechas, sufridor forever, agudizando el instinto de buen rastreador junto a las casetas atestadas de libros, me percato, años tras año, tal vez por la cercanía de medios, de los fríbolos gestos de las políticas cultas que han venido hacer de la cosa, recortables y pega-pegas (inconvenientes) educacionales expuestos en un mercado de papel ávido y atento al cash mas que al fin, target obligado si queremos conseguir la sociedad que nos merecemos, si hablamos de justicia.
Naturalmente la culpa no la tiene el chaflán de los incunables, sino los políticos. Y la tienen desde el punto y medio en que su formación de hombre sabio para dirigir los destinos de la sociedad, no se refleja en sus actos, en sus acciones, en sus modos, adoleciendo, cuanto menos, de lo que podría esperarse de él, la luminosidad.
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Que tal, Hipòlito Vilanueva? Te echaba de menos. ¿Dime si llegué a tiempo para el mambo? Y a tus sicarios, wellcome. Por fin, ¡hala!, una nueva sorpresa para este trimestre. Con vuestros respectivos bugas de mala plancha para daros a conocer con detalle, y marcha atrás, o haciendo el chorra para asustar con paseitos interferidos en lugares impropios para la calaña, aun pasando de rositas invisibles. Lo habeis conseguido: Ya formáis parte de tesis doctorales.
Aunque el caracatre valiente, con incrustaciones de malnasío que te protege incondicionalmente, anda un poco del asma. Lo tienes que marginar por insolvente. Mándalo a la mierda, mejor. Ya no te digo el gordo fondón dióptrico y matute con voz femenil que no le funciona el ciclo coronario, la bomba, él tan artillero y osado. Pregúntale al tito. Ni al bajito rubicundo malahostia, puto enano de Vallekas , ni al pesero grande de la melena leonada(esta temporada la lleva corta como caballo de picador) vencido de cadera como armario mal calzado.
Yo te hacía con el Mini y la escudería de acompañamiento, preparado para embestir, pero, no, me has engañado. O el Romeo de tu hermano, pero, no. O el super BMW de la leche,o el Mercedes super tal, o el sabe Dios la flota según el día, pero no.
Te gusta pasar por perroflaluta en ocasiones,lo entiendo, aun esbelto y gentil con zapatillas de colores y risueño, forever-coleguita. Eso sí, te falla el método Stanislavsky para llegar a ser buen actor, Hipólito.
Ya he visto que has reclutado a mas fulandros con permiso para farfollar, y a los calós nublados les has dado un poco de esquina. Pobres. A mi me caían mucho mejor las tanis de las pulseras y dijes y sus indolentes manolos con su sonería llavera y frívola de la Quinta del Nabo, lugar perfecto para tus excursiones.
La querida Donna Summer ha dejado a los parados The full Monty sin música en un estado rampante y up que asusta.
La prima de riesgo por las nubes esperando a todos los primos del mundo que se unan;
La acorazada Royal Navy , apuntando sus cañones a lo mas alto de La Linea de Gibraltar para mostrar sus pelotas al señor malvinense de la plaza de Santa Cruz.
"La plaza del Celenque se abre ampulosa y bien mirada desde el Convento y la esquina nocturna de las Descalzas Reales, después de dejar la calleja de los mesones y celosías de las hermanas Clarisas.
Paseaba por su explanada después de disfrutar de unos cacharros de rosado gaseoso, tinto, birras, tapas en cuatro tascas de la zona, cuando me vengo a topar con una pequeña estatua de bronce en pedestal de granito. Me fijo en la figura y, sí, un fraile con hábito telar y sonrisa franciscana allí puesto.
Era Piquer en persona, el padre Piquer, el del Monte de Piedad. Siendo joven, mas que ahora, empeñé un tocadiscos Philips de maleta por doscientas calas que no pude recuperar jamás. La papeleta se la vendí a unos financieros especuladores de Embajadores por cuatro duros.
Le doy las noches al religioso y él, sin dejar de sonreir, manos ocluidas entre las mangas de su hábito, me responde con gesto piadoso. Ya saben lo que son las estatuas de metal a la intemperie cuando se sueltan. Agradecí el saludo. Cuando uno anda perdido por falta de orientación, agradece la señal de de las antorchas.
Últimamente, me vengo encontrando con gente famosa en los lugares mas insospechados. El otro día, sin ir mas lejos, en la semana de la arquitectura, justo en la azotea del rascacielos central de Azca, el Picasso, me encontré con el famoso Lute, el legendario personaje de los trenes, los civiles, los atracos, lo malísimo que era, poco después, dedicado al cine, a sus libros, a sus discos de Bonny M., a sus asuntos de hombre normal. Ni siquiera me dedicó una sonrisa cuando ambos andábamos adivinando que tejado era aquel del pináculo o donde estaba el Gurugú de Alcalá.
No es ese anuncio que unsted cree de la suministradora del combustible que nos sirve para cocinar a fuengo lento con la llamita azul cobalto. No. Se trata de una mariposa en technicolor prendida en uno de los edificios de la Gran Vía madrileña. Una preciosidad de la naturaleza expuesta de ese modo para que la gente la contemple.
No se a quien se le habrá ocurrido la idea, pero, sin duda, queda bien expuesta en la fachada de España, compañía de seguros. Si se fija uno, bien queda en su ánimo pensar que los españoles estamos asegurados contra cualquier eventualidad, trastorno o atropeyo, incluidas las pedradas de impacto duro.
No tengo por qué encomendarme al comendador. Vivo en un país (iba a escribir iva). Vivo en un pais como cualquier otro que esté justo ocupando el espacio geométrio irregular de un terruño y en las coordenadas al uso asignadas a la Hispania por los antiguos geógrafos.
Estamos cargaditos, cargadísimos de malas nuevas, de los nuevos malos y de los presagios. En cuanto despunta el viernes, pasando el sábado y acercándose al domingo, uno se cabrea cada vez mas con los del burka y sus consejos del banco malo o cualquier otra pocholada de asaveración mas cercana a Pin y Pon que al respeto al ciudadano, "que es lumpen paliza, pesado y otras, que chilla en Sol por estas fechas, con mucha calor".
Y no son afganos, precisamente, los de la prenda que los hace anónimos, sino de otras partes, pertrechos y bien arropados y atentos a la escotilla para disimular su falta de atención y su mutis por el foro, o parking.
Eso si, de vez en cuando, en un exceso de candorosa armonía, lanzan sus proclamas y demás ocurrencias al viento, que es de alguien y anda hipotecado, para convencer al personal de las bondades de sus oficios, como si con la "palabrita del niño Jesús" se resolvieran todos y todos los problemas, blemas.
Les rasca la directa, friends. Uno que creía haberse liberado de los intelectuales, poniéndose en manos de manitas para solucionar el problema acuciante del curro y la cenefa financiera,con la caña para paliar el estropicio de los otros mandrias, y, no, todos al torniquete y la vuelta y media para que la barrena sea mas efectiva y se clave hasta las cachas, como en Psicopsis.
Te pintaré de azul, con ese azul puro y primario, sin mezclas, sin aclarar, así. Y solo, frente al lienzo, con los pinceles finos de marta, presto para marcar tus delicadas formas, tu belleza de deidad, tu sonrisa que obsequias a los afligidos para continuar viviendo en tu inigualable fondo celeste del Olimpo.
Cuando tomé el ascensor, la reacción primera, antes de pulsar el botón del quinto hacia la pena, fue la de mirar con firmeza al espejo de cortesía para percatarme de la afligida y triste mirada que motiva el angustioso momento que me ha de aguardar en tan solo unos segundos.
Había venido para mostrar mis condolencias a la familia de Ramón, mi amigo: Laurita y sus hijos. (Que guapa aquella mujer, viuda ahora). Laurita fue la secretaria general del Presidente de Sandunka, Co., empresa radicada en aquellas islas del Pacífico donde durante tantos años trabajamos juntos, codo con codo, y a las órdenes de Chin Ku Ho, un tipo extrovertido y amable que tomaba pastelitos de té con sus correligionarios, y decisiones colegiadas imposibles.
Dicen las malas lenguas que Luurita tuvo un romance con aquel, poco antes de que llegara Ramón a enamorarse. "¡Estas hecho un tigre malayo, Ramón!", le decía Chin Ku Ho entre bastidores, confiándolo sin duda.
Recordé a mi amigo cuando éramos jóvenes. Compartíamos despacho en la última planta defendiendo a los guerrilleros tamiles y a los empleados del gas de las multinacionales de aquellas latitudes. Que tiempos. Que recuerdos tan oblicuos y distantes...
Las lágrimas surgieron en mis ojos bordeando los diques de los párpados. Cuando llegué al descansillo, la puerta entreabierta del rellano me vino a orientar.
Había gente en el recibidor que, después del saludo reconocí: Eran los cuatro de siempre. Los especialistas en funerales y decesos que toda corporación mantiene para celebrar los actos. Unos personajes que se lo saben todo de ese mundo opaco donde la vida se conforma entre el café y la sala de togas de los letrados antes de la realidad crepuscular.
Llegado allí, encontré, en la habitación-salita, montada sobre soportes desiguales, una tallada caja mortuoria de nogal biodegradable que imaginé enseguida había de ser la expresión testifical del cubil y último suspiro de mi querido amigo Ramón. Al lado y sobre la pared, la tapa con un hermoso crucifijo dorado, esperaba ser herméticamente acoplada para siempre.
Ramón, permanecía de cúbito supino en aquel lecho, excesivamente pálido, ojos medianamente entornados, postrado de aquella manera seria y circunspecta que siempre recordaré. Nunca me lo pude imaginar así, cruzado de brazos, aburrido, él tan activo y alegre. "Macaco, ¿ que has hecho?-así le llamabamos en la oficina por su afición a la zoología de Macao.
Laurita, insoportablemente desconsolada, vino hacia mí. Aun estaba guapa la señora.
“¿A que parece que está dormidito Macaco, Landelino?”
La miré con ternura y consideración a la vez que tomaba sus manos pequeñas y esponjosas, blancas como la porcelana de China. ¡Para comérselas!
Si, Laurita, parece que está dormido en esa última cabezada para siempre. Todos tenemos que dormirnos ,eternamente, alguna vez.
Pero no tan de repente y cuando Dios te necesita ¡ya!, absolutamente. Un nudo en la garganta privó de respuesta al adagio.
El furgón de la funeraria aguardaba en doble fila con su aspecto clásico, tristemente impecable y con cortinillas de organdí, esperando al ser que dejó de ser para desplazarlo a la dimensión mas infinita y austera que pretenda remediarse, sin solución.
Alguien lo indicó: “abajo aguarda el coche de difuntos”. Todos los dolientes dimos paso a los empleados que, prestos, fueron recogiendo los enseres, velones y coronas dedicadas, dejando la caja en cuadro sobre su caballete para el último instante.
Cuando tomaron el ataúd, no con cierta dificultad por la falta de espacio, este cayó al suelo estrepitosamente, provocando susto y temor en los presentes por el estruendo espectacular. Las tablas y cuadernas se abrieron de par, así como las suturas del encofrado. Alguien grito histéricamente pidiendo ayuda. Fue Laurita y con su pañuelo de plañidera bordado en Zamarramala.
Pasados los primeros momentos de tensión, uno de los operarios, presto y agradable, trajo, con rapidez, tachuelas de cinco pulgadas y un martillo carpintero a propósito para reparar el entramado de maderas y holguras del féretro accidentado.
Mas que sorprendido, quedé aturdido. El empleado comenzó a clavar puntas a lo largo de los ajustes que había encajado a presión, de una forma muy profesional y directa, como si toda la vida se hubiera dedicado a remendar cajitas de difunto.
Un tarareo imperceptible se intuía salido de sus finos labios de fumador, cuando de súbito, y por el efecto, sin duda, de una tabla de gimnasia bien ejercitada, Ramón, el hasta entonces llorado finado, se incorporó milagrosamente con la radicalidad impresionante de un ejercicio de Pilates.
¿Que ruido es ese, Laurita? , preguntó Ramón envuelto en su mortaja morada. Laurita, desencajada, con voz meliflua y cavernosa, gritó de nuevo e un agudo de supervivencia inigualable.
Él empleado de pompas fúnebres, soltando las herramientas, despavorido, sin comentario ni enredo, llegó a alcanzar la puerta de la calle de un solo salto, precipitándose escaleras abajo. Otros acompañantes cercanos a la familia, y a la salida, echaron a correr por la escalinata descendente, como tamiles enloquecidos. Yo quedé petrificado, granítico junto a Laurita, de su mano, que también quedó de cera, turbada, incorregible. No podíamos explicarnos aquel milagro.
Rogué a Dios que me diera ánimo para comprender todo aquello, lo que allí pasaba, aquel suceso. Laurita, fuera ya de su hechizo, comentó, loca de alegría, que Ramón no estaba muerto, que había sufrido un ataque de catalepsia, detenimiento, vuelco de corazón o cosa así. Eso había sido todo. No me creí versión tan simple hasta que vino hacia mí la sombra del amigo.
Licinio, soy yo, Ramón. Algo me ocurrió, desde luego.
El empleado de la funeraria, hombre incansable, de aspecto tranquilo y positiva cordialidad, no llegaba a creérselo. “Nunca había pasado nada semejante durante tantos años de oficio”.

Ayer se celebró la fiesta del trabajo, su fiesta, mi fiesta, nuestra fiesta; la fiesta de los trabajadores y la del parado que tengo a mi lado, mas, este no ejerce su derecho, ahora suspendido, porque no trabaja, no curra, no es worker, aun siendo trabajador pasivo, inactivo o cualquier otra acepción del parado que tengan a bien asignarle.
Este , mi parado particular, es mi bendición Mrs. Báñez, y la de su madre, a pesar del obligado y largo stop en su carrera. Este paradito que está a mi lado y que canta, a mi lado canta, le dije, es mi bendición. Y canta soleares con mucho sentimiento.
Me emocionan sus estrofas, no lo puedo remediar Mrs Báñez, sobre todo cuando este parado tan entrañable toma la guitarra, coloca la cejilla y , rasgueando canta su repertorio por lo bajo en el mismo comedor; luciéndose, mientras su madre prepara, en la cocina, prepara las delicias de sabores que ella muy bien sabe guisar con almendras. Dulces almendras.
Viernes, 1 de junio
Chris Gonzalez -Mora
Chris Gonzalez -Mora
Juan Luis Recio
Julio César Izquierdo
Ángel Sáez García
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Pómez
Julián Moreno Mestre
Manuel María Ventura
Juan Granados
Patricio Peñalver
Carlos Juan Gómez Martín