Y se lo decía el tipo aquel, redondo y corto como un bolo pasiego. Como si el menda fuera el Creador de la vida; amo y director de los destinos de los hombres y de Covadonga.
Covadonga, que no tenia nada de tonta y menos de sumisa, un día de los que el refugio del cobertizo del bus de la Red de San Luis satisface contra el calor, le plantó cara al enano de ancha percha y desfachatez, espetándole aquello de “Luisito, hasta aquí hemos llegado” “Yo trabajaré en las esquinas, en los mueblés, en los bajos fondos que me indicaste con la linterna de la chulería y tu mala follá, pero, hasta aquí hemos llegado, tobias”.
Y Covadonga se dió a conocer como fiera en los aledaños cutres de Montera y prensa free, endiñándole al baranda un santo y seña de Albacete en la mismísima raya de separación del estómago con las tripas,-diafragma llaman- dejando al machotote de Luisito con la poca vida complicada y regalada de su porvenir, por unos instantes de eternidad.
Aquella boca entreabierta, que insinuaba una desagradable sonrisa entre bisagras, vino a decirle a la jay: Covadonga, no me cabres que te meto”. A Covadonga le bastó aquella amenaza del enano saltarín soberbio y peleón como el vino rancio, para tomar las consideraciones que, con mayúsculas, había pergeñado, momentos antes, frente al espejo de la toilet de la pensión , lanzándose, con la cabritera, a por todas, según su entender.
>> Sigue...