
Antes de que acabe Mayo, por eso de tener un post en este mes huérfano de ellos en El Reporter, pido perdón a mis lectores por ello, voy a despachar un asunto que ya me quema en las yemas de los dedos. No es otro que la agonía de Rocio Jurado y la mal llamada prensa del corazón. Yo la llamaría, mierda del corazón, oficio repleto de "profesionales" que hacen "periodismo de investigación". Lo que no hacen es PERIODISMO, en mayúsculas sí, por diferenciarlo del putrefacto, insano y fétido mundo del "roserio" revistil y televisivo que agilipolla más las mentes, si esto es posible, de los ya sumamente gilipollas consumidores de sus productos.
El caso es que los pobres y mal pagados mierdas, sí los pobres y malpagados mierdas, que hacen guardia delante de la puerta de la casa en que la folclórica se está muriendo, por encargo de los hideputas de sus jefes, gestores, empresarios y accionistas que promueven el mantenimiento del "periodismo roseril" propugnado por programas como "Salsa Rosa" o "¿Dónde estás corazón?" y otros similares, han de ser espantados del lugar por La Policía Municipal a petición desesperada del médico que atienda a la futura finada como si fueran una manada de moscas verdes cojoneras ávidas por comer mierda.
Siento verguenza, como profesional del mundo del periodismo, de que esta gente, y la gente a la que van destinadas sus imbecilidades, piensen que están haciendo periodismo y se llamen a sí mismos periodistas. Y me cabrea hartamente, porque unos y otros creen que estamos metidos en el mismo saco ellos y yo, ellos y nosotros; en el mismo saco de mierda, digo. Y una mierda.
Que la pobre folclórica se esté muriendo me produce pena, como me apena saber de la agonía de cualquier ser humano. Pero en el fondo me importa un pimiento rojo y otro verde. No creo que la muerte de esta mujer, narrada a patadas y codazos ante la verja de su chalét y a golpes de "exclusivas" que ni son exclusivas ni son "ná de ná", narradas por bocas que no aprobaron ni el bachillerato elemental, me produce un profundo asco y, lo que es peor, un desprecio infinito por la raza humana. No ya por ellos, que sí. Pero por los consumidores de semejante estrafalaria y grotesca falta de la más elemental cultura.
En fin, que somos gilipollas por naturaleza. Si no, no sería posible que esos empresarios, jefes, gestores y accionistas que mantienen ese tipo de "periodismo de investigación", que hace que se nos mezcle a todos en la misma porquería, recibieran ni un sólo céntimo de euro de beneficio a costa de cuernos, bodas, bautizos, puestas de largo y agonías ajenas.
La culpa la teneis los que consumís esos subproductos de la inteligencia. Si a todo el mundo le interesase lo mismo que a mí a quién se folla la cantante de moda, a quién le pone los cuernos el viejo marido de la afamada actriz, a quién le toca el paquete en una discoteca la subnormal moral e intelectualmente mermada hija de alguna famosa venida a menos, o las bocanadas por la vida que hace una folclórica postrada en la cama con la Parca en su cabecero, si a todos os importase realmente lo que me importa, no existiría la llamada "prensa del corazón". Tengo compañeros que me dicen que de ocurrir semejante cosa sería una putada para mucha gente del oficio que se quedaría en el paro. ¿No te jode? Peor lo tienen los mineros de las minas y los trabajadores de la industria reconvertida en nada que se quedaron con el culo al aire cagandose en todo y limpiandoselo con el papel couché de la revista Semana o los teletipos de Korpa Press o la páginas de internet impresas de "Salsa Rosa" o "¿Donde estás corazón?".
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Empecé a escribir cuando era muy niño, allá con los ocho o nueve años y escribía bien. No era ningún mérito. Se me daba bien, de natural ser, como se me había dado bien contar historias a mis "amiguitos" antes de saber siquiera leer o escribir. Cuando aprendí, enseguida me sentí cómodo en ese espacio personal que eran las hojas en blanco. Después de un tiempo, allá por mis diez años, vino la confirmación oficial de que no era tan sólo una sensacion mia. Ante la lectura de la última redacción que nos había encargado y que versaba sobre el difuso tema de "El mar", la señorita Puri, mi "seño", me espetó delante de toda la clase que aquello no lo había escrito yo,... que lo había escrito mi padre. Siempre fuí un niño nervioso y tocapelotas, de modo que me la envainé sin defenderme mucho porque era imposible convencer de lo contrario a aquella pobre alma que me acababa de confirmar que yo era realmente bueno escribiendo, y me fuí a casa con una enorme sonrisa en la boca, pensando en que la señorita Puri era idiota y en que yo era buen escritor.
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01.03.06 @ 12:03:12. Archivado en Periodismo, Sucesos
Territorio comanche es una expresión que hizo popular Arturo Pérez Reverte, el incontestable reportero de guerra y excelente escritor precísamente con un libro que tiene ese título. Territorio comanche es aquella zona de la batalla en la que sabes que nadie ni nada te puede salvar de un disparo, de morir, por muy periodista que seas. Es aquella zona en donde ya no valen ni las palabras ni la lógica, ni existe el bien o el mal y todo está callado y silencioso y sabes que de repente en cualquier momento, el ambiente queda rasgado, como una sábana inmensa del cielo a la tierra, y sabes que la muerte está ahí mismo, saliendo de detrás de la sábana rasgada.
Como periodista experto en sucesos, reportero de sucesos durante muchos años, puedo decir que las noticias de sucesos, los lugares en donde se desarrolla la labor del informador de ellos, es también Territorio Comanche. Un portal, la puerta de una casa en uno de sus pisos, tras la cual vive la familia de una niña que han violado, asesinado brutalmente y enterrado en un descampado junto a un vertedero, es territorio comanche.
Un cementerio, el día del entierro de una víctima de un crimen, es territorio comanche.
La comisaría de policía o la comandancia o el cuartelillo de la Guardia Civil en donde recabar información, es territorio comanche.
El juzgado de guardia que lleva el asunto, es territorio comanche.
El secreto de sumario, es territorio comanche.
Las lágrimas de una madre tras una mesa camilla, es territorio comanche.
Pedir que te den una foto de la víctima de su álbum de fotos de la primera comuníón, es territorio comanche.
Deslizar la foto del álbum a tu bolsillo sin pedir permiso por ella porque sabes que es inútil pedir permiso, es territorio comanche. El suceso es también, Territorio Comanche
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Quiero que el primer despacho de mi blog, El Reporter, en Periodista Digital sea para agradecer el espacio que se le ha reservado en esta publicación y para explicar un poco en qué consiste. "El Reporter, Despachos desde Territorio Comanche" es el diario, nacido en diciembre de 2004, de un periodista, como lo defino en el original, "escéptico, crítico, independiente e iconoclasta".
El Reporter, seguirá publicandose simultaneamente aquí en PD y en su dominio original "El Reporter" en que se publica desde diciembre de 2004.
Escéptico, crítico, independiente e iconoclasta. Así, a mis cincuenta años, es como me siento. Escéptico a nivel existencial porque me creo tan sólo lo que la Ciencia me demuestra. Profesionalmente escéptico porque sé que casi todo cuanto contamos los periodistas es forzadamente interesado.
Crítico porque es ese el espíritu que tengo. No soy tolerante con lo intolerable. Creo que hay cosas que no hay que tolerar. No creo, para nada, en diálogos entre la Democracia y el Fascismo, ni creo que haya que tolerar el Fascismo bajo ninguna etiqueta. Por eso no creo en la estupidez de la "Alianza de Civilizaciones" ideada por los gobiernos fascistas iranies y repetida como un loro por el Presidente del Gobierno español.
Independiente, porque a mis cincuenta años me he desligado de muchos clichés ideológicos preconcebidos en la adolescencia, producto casi siempre de una inercia estúpida y alienante nacida de la reacción contra la represión del fascista Franco y eso me hace sentir ideológicamente libre.
Iconoclasta porque no creo en las jefaturas ni en las magistraturas. Creo con Pérez Reverte, que nadie que esté en el Poder ha llegado allí por ser honesto. Seguro que ha traicionado a alguno o a muchos, en el camino. Tal como el diccionario de la RAE
define al iconoclasta, yo "niego y rechazo la merecida autoridad de maestros, normas y modelos".
Y finalmente, ya está bien por ahora, El Reporter tiene el subtítulo de "Despachos desde Territorio Comanche" porque así es como siento que mis ideas independientes se desenvuelven en el contexto político y social actual: en el Territorio Comanche de la falta de espíritu crítico de nuestra sociedad.
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16.11.05 @ 01:44:32. Archivado en Periodismo
El Suceso como información
El suceso en sí mismo, como información, no es malo ni bueno. Es información. Creo que no se debe confundir la espectacularidad de lo acontecido en los sucesos (cualquier de ellos es espectacular, porque cualquiera de ellos se sale de lo común) con el espectáculo sensacionalista que monta la TV a la hora de contarlos. Un buen periodista de sucesos sabe que no es necesario hacer espectáculo de lo que ya lo es ni sensacionalismo de lo que ya es sensacional. Los que lo hacen bien, (hablo de especialistas) desgraciadamente, abundan poco. En El Caso, los había. Me podeis creer.
En prensa escrita el suceso es un Género Periodístico Informativo y los profesionales del mismo (hablo de profesionales, no del niño que sube los cafés al dire y al que le endilgaban los sucesos ¡¡como si fuesen fáciles de hacer!!) tienen ante sí la más difícil labor que un profesional del periodismo se pueda encontrar ante sí. No hay nada, repito, nada, más dificil que informar sobre un suceso. Nada. Sólo la información sobre las guerras, en las guerras, están al mimso nivel.
Lectores de sucesos: somos todos. Decía Rojas Marcos, el psiquiatra semi neoyorquino, que todos somos morbosos desde nuestro nacimiento, entendiendo el morbo como una curiosidad innata hacia lo inevitable de nuestras existencias: la muerte. Y no estoy de acuerdo en que un suceso acontecido no tenga trascendencia social. La prensa de corazón, no la tiene, el suceso sí. Aunque es imposible evitarlos, la información de suceso sí tiene una labor social importante: enseñar a los otros los horrores que no se han de cometer por muy desesperados que nos encontremos. Estoy seguro a lo largo de mi vida como peridista de sucesos, que habré salvado alguna vida. Contaba tambien Rojas Marcos, que en la Romma imperial, muchos patricios iban horrorizados y forzados a ver cómo se luchaba en el Circo. Incluso aquellos que se tapaban la cara, en el momento último, el de la muerte ante la espada del perdedor, abrían las manos para ver el espectáculo de la sangre. La mayoría de la gente que dice que no le interesan los sucesos, miente y lo hace porque la muerte es algo carente de pudor que nos provoca CURIOSIDAD.
Desde el punto de vista del periodista, el suceso es la más auténtica y veraz escuela de periodismo y es una base insustituible para el periodismo de investigación. En un suceso el periodista debe hablar con todo el mundo: con los padres del muerto. Con los padres del asesino, con el cura que los bautizó, con el quiosquero que conocía al asesino y a la víctima, con los amigos de todos ellos con sus novias y ex novias con la Policía o la Guardia Civil con los abogados intervinientes con el juez y con el forense, con los testigos del crimen, si los hay, y si no los hay, con aquellos que conocían a víctima y asesino para poder hacer un retrato de lo ocurrido y de los porqués de los acontecido y luego contar por escrito una crónica lo más aproximada a la realidad posible.
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