Cagando y meando alegremente en la calle
20.12.06 @ 01:07:29. Archivado en España, Fornicaciones
Salgo a la calle porque tengo ganas de echar una buena meada y un buen zurullo.
Hacer esas cosas en la calle es un auténtico placer que no entiendo porqué prohibieron en la época de Carlos III, el mejor alcalde de Madrid. ¡Ah, que tiempos aquellos del “aguas van”! Salir a la calle a cagar y mear sobre la acera, sobre la base de los árboles, sobre el césped de un parque y luego volver a casa tras haber hecho un poco de sano ejercicio.
Lo hago desde que he visto ya a más de un vecino permitir a su chucho hacer exactamente lo mismo en diversas zonas del barrio en donde vivo. El otro día, le llamé la atención a uno de ellos porque su perro se meaba, mientras lo sujetaba conniventemente con una de esas correas kilométricas, sobre la acera de entrada a mi casa. Me miró con cara de gilipollas. ¿Qué quiere que haga?, me dijo.
Le digo lo que quiero que haga. Quiero que eduque a su chucho (se ofendió mucho cuando le llamé chucho a su chucho y por eso se lo seguí llamando con más énfasis) para que coja la costumbre de marcar su territorio animal en el rincón de la habitación de su casa que mejor le parezca. Que después coja su fregona y limpie, si quiere, las mierdas y los meados de su perro, o que los deje secar allí para que, de este modo, pueda sentirse más en sintonía con las costumbres animales de su mejor amigo y así lo pueda comprender mejor. No es mi problema, en todo caso lo que haga con las micciones y defecaciones de su perro allá en su feudo y allá él con su higiene personal y con la de sus hijos.
Que esto suceda es responsabilidad de los ayuntamientos y de una falta mayúscula de cultura de la higiene por parte de la sociedad. Probablemente si se impusieran multas muy elevadas a quien permitiera a su perro mear y cagar en plena vía pública, el desagradable asunto se mitigaría en parte. Pero el problema es que, probablemente, el responsable municipal que tuviera que legislar sobre este punto sea propietario de otro chucho que, probablemente también, se caga y se mea sobre la acera de sus vecinos, en el césped donde juegan sus hijos, en el hueco de un árbol al que va matando poco a poco a base de orines. Y así, ¿quién coño va a legislar nada?
Ni siquiera me consuela el hecho de que los propietarios de chuchos lleven consigo esas bolsitas de plástico en la que después recogen sus calentitos y humeantes restos orgánicos. Ver hace eso por la calle tampoco es muy higiénico que digamos. Es asqueroso. Después ¿qué hace ese sujeto con la mierda de su perro en el bolsillo? A lo mejor le acaricia la cabeza a nuestro hijo, o aprovecha que ya está en la calle para comprar el pan ¡Qué asco!, o quizá le da la mano a un amigo suyo por la calle, ¡qué desprecio por la amistad!.
La solución, quizá, sería la que apunto al comienzo de este despacho: que todos cojamos la costumbre de mearnos en plena vía publica, especialmente a la salida del portal donde viven los propietarios de los cientos de miles de chuchos que viven en nuestro país. Montar una campaña pública para que los que no somos tan cerdos como para mantener a una bestia peluda, moqueante, babeante en casa, tomemos por costumbre salir a la calle a cagar y mear alegremente en la calle, en los parques, en los huecos de los árboles, en las esquinas más insospechadas. Y avisar a la prensa. ¿Qué nó?
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Pedro Avilés
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