Religión Digital

La Navidad llega con clamores y desafíos

14.01.15 | 18:32. Archivado en Raúl Vera

Los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado».

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

(Lc.2,15-16)

El Hijo de Dios, nace humildemente en medio de los más pequeños

Esta Navidad festejamos un año más del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne humana; un nacimiento que estuvo rodeado de signos llenos de amor y ternura de parte de Dios, especialmente hacia los más pequeñitos y despreciados de la tierra, empezando por los padres que él mismo escogió, María y José, quienes no encontraron para recostar y proteger del frío al recién nacido, más que una gruta con un pobre pesebre (Cf.Lc.2,7). Los primeros destinatarios de esa espléndida noticia de que Dios se hacía hombre y que, nacido de la Virgen María, venía a habitar en medio de nosotras y nosotros, fue un grupo de pastorcillos que en aquella comarca velaban esa noche, cuidando sus rebaños (Cf.Lc.2,8).

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¡Basta ya!

12.01.15 | 10:07. Archivado en Raúl Vera

Dios se está manifestando en la voz de las víctimas. El Señor Jesús, a aquellos dos ciegos que tenían confianza de que él les hiciera ver, les abrió los ojos y vieron (Cf.Mt.9,27-31). Pero Él, que no quería aparecer como un taumaturgo, es decir, un fabricante de milagros, les ordenó que no lo dijeran a nadie, porque su principal tarea era realizar el encantador milagro de la transformación total del hombre, interior y exterior, toda su persona, su cuerpo y su alma, todo él. Él no vino a transformar a unas cuantas personas, sino que vino para transformar a la entera familia humana; sin embargo, aquellas personas que habían sido ciegas, difundieron por todas partes lo que Jesús había hecho por ellas.

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Los migrantes como sujetos indispensables en la construcción del mundo actual

07.05.14 | 19:01. Archivado en Raúl Vera

La Carta Mundial de los Migrantes refiere con claridad la conciencia que los migrantes del mundo tienen de los derechos ya reconocidos a ellos en las leyes internacionales, y por ello afirman: “Sólo una gran alianza de los migrantes podrá promover el surgimiento de nuevos derechos para toda persona por su nacimiento sin distinción de origen, color, sexo o credo, para ello esta alianza de migrantes deberá articularse en torno a principios éticos que les permitan contribuir a la construcción de nuevas políticas económicas y sociales, así como a la elaboración de una nueva concepción de la territorialidad y del sistema de gobernanza mundial, actualmente vigente y de sus fundamentos económicos e ideológicos”.

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La Iglesia de los pobres en América Latina

20.10.13 | 09:59. Archivado en Raúl Vera

A través de un lectura de los Capítulos 11 y 12 del Evangelio de San Lucas, quiero expresar algunos rasgos de la Iglesia de los Pobres, como se ha vivido estos años en América Latina, según la experiencia personal que he realizado como pastor en esa región del mundo. La Iglesia de los pobres, dentro de la teología latinoamericana, es la que ha incorporado a los pobres en sus estructuras organizativas, como sujetos que intervienen en las propuestas, en la construcción de las decisiones y en la acción pastoral. Ellos ayudan a que la Iglesia lea y aplique el Evangelio con toda claridad, sin dobleces, liberada de cualquier interés ajeno al verdadero sentido de la vida según el plan de Dios.
Decía Juan Pablo II que la Iglesia debe actuar de tal manera que "los pobres, en cada comunidad cristiana, se sientan como «en su casa»." Y se preguntaba: "¿No sería este estilo la más grande y eficaz presentación de la buena nueva del Reino?".

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Compartir la vida solidariamente

06.08.13 | 20:17. Archivado en Raúl Vera

Hermanas y hermanos: Hemos reflexionado sobre todo lo que implica desde la Fe nuestro conocimiento del mundo, nuestra visión de la vida de los seres humanos, hombres y mujeres de esta tierra; nuestro conocimiento de la familia humana y su destino último, visto desde los ojos de Dios. Con el propósito de encontrar los caminos que nos lleven a ser coherentes con nuestra fe y realizar todo lo que Dios quiere de nosotras y nosotros, hemos intentado entrar al corazón de Cristo. Con toda esta carga espiritual que hemos acumulado en los días del novenario, no nos es difícil entender porqué se nos ha propuesto como tema de reflexión para el octavo día del novenario, la economía solidaria. Ahora vemos con mayor claridad lo que la palabra de Dios nos quiere decir.

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La Fe inquebrantable de María es nuestro ejemplo

13.07.13 | 17:58. Archivado en Raúl Vera

¿Qué nos mueve a venir a la Basílica este año? Nuestra Peregrinación para venerar a nuestra Madre Santísima de Guadalupe, ante su imagen grabada en la tilma de San Juan Diego en esta ocasión, se enmarca dentro del Año de la Fe, convocado por el Papa, hoy emérito, Benedicto XVI y animado en este momento por el Papa Francisco. Como recordarán, empezamos a vivirlo el 11 de octubre del año pasado, el día que se cumplían 50 años del inicio del Concilio Ecuménico Vaticano II, y se clausurará el 24 de noviembre de este año, Solemnidad de Nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo, mejor conocida para nosotras y nosotros como la Solemnidad de Cristo Rey.

Siempre que ingresamos en este tan querido recinto que es la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, el primer agradecimiento que brota de nuestro corazón hacia ella es que nos haya traído a estas tierras a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, ya que ella vino a apoyar la evangelización de los primeros misioneros llegados a las tierras de América, y eligió el Cerro del Tepeyac para dejar a todos los habitantes de este Continente su mensaje y la preciosa imagen de su persona que nos recuerda siempre a la madre llena de ternura que nos acompaña en nuestras luchas contra los males que nos aquejan.

La Fe, principio de cambio de la persona humana y del ambiente de violencia e injusticia que nos rodea.

Como nuestra “fe cristiana esta centrada en Cristo” y consiste en “confesar que Jesús es el Señor, y Dios lo ha resucitado de entre los muertos” (Cf. Rm. 10,9)[1], al visitar en esta Basílica a María, abogada de nuestro pueblo y madre y maestra nuestra en el orden de la fe, como nos lo ha recordado hoy el Evangelio, en las palabras dirigidas a ella por su parienta Isabel: “Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor” (Cf. Lc. 1,45), experimentamos un compromiso profundo de revisar nuestra fe, es decir, nuestra confianza en su Hijo Jesucristo, en sus enseñanzas y en su poder salvador para librarnos del mal y hacer de nosotras y nosotros constructoras y constructores de paz, de justicia y de amor. En estos momentos la sociedad mexicana está urgida de estos valores, pues en ella se han asentado la violencia, la injusticia y la crueldad cínica.

A esta revisión y evaluación de nuestra fe nos invita no sólo esta peregrinación que realizamos a la Basílica, sino el contexto en que ha colocado a cada una y cada uno de los miembros de la Iglesia, la convocación realizada por Benedicto XVI a vivir el Año de la Fe; convocación que en estos días ha renovado el Papa Francisco a través de la Carta Encíclica Lumen fidei (La Luz de la Fe), firmada por él el día 29 de junio pasado y publicada el pasado 5 de julio.

La primera lectura, tomada del libro del Sirácide, mejor conocido como el Eclesiástico, hace referencia a la fe de María, por la que se convierte en excelente animadora de la historia de la salvación de la humanidad, prometida por Dios desde antiguo por boca de los profetas y sabios de Israel. Para poner en boca de María las palabras que la Sabiduría de Dios personificada pronuncia –refiriéndome al texto del libro del Eclesiástico que se nos ha proclamado- tenemos que tomar en cuenta que María fue llena del Espíritu Santo, y recibió así, de parte del mismo Dios, en su espíritu y en su cuerpo, la capacidad de ser la madre del Mesías Jesús, el Hijo de Dios que se hizo Hombre en sus entrañas virginales, para ingresar en el tiempo, a ser parte de la historia de la humanidad.

María colaboró así con Dios, no solamente en el orden puramente físico y biológico, para que se encarnara el Hijo de Dios en su vientre, sino en toda la misión del Mesías, mientras estuvo aquí en la tierra, conviviendo y compartiendo la vida con sus contemporáneos. Primero, con quienes le acompañaron en su vida familiar, como un Israelita niño, adolescente y joven y, después, cuando salió a su misión pública, compartió esa vida con todas las personas que le siguieron como discípulas y discípulos. En todos estos momentos, familiares y públicos, María lo acompañó, creciendo ella misma en su fe, tanto durante la vida oculta de Jesús en su casa, como cuando el predicaba el Evangelio públicamente.

Todo este camino la preparó para ser nuestra madre en el orden de la gracia, y en nuestro propio camino de la fe. De modo particular María junto a la cruz, fue aquilatada y purificada en su fe, pues se mantuvo fiel, y permaneció en su convicción de que se cumpliría todo lo que se le dijo de parte del Señor acerca de su Hijo: en la Anunciación, en la visita a Isabel, en el nacimiento de su Hijo en la gruta de Belén, durante la Presentación del niño en el Templo, en la visita de los Reyes de Oriente y en lo que el mismo niño Jesús les dijo a ella y a José, cuando lo encontraron en el Templo entre los doctores. La desgarradora escena de la muerte de Jesús en la cruz, parecía contradecir mucho de lo que ella escuchó, acerca de ese Hijo suyo.

María es compañera de cada una y cada uno de nosotros en este camino de la fe, en el crisol de nuestras propias pruebas. Quisiera iluminar este camino en la fe, con la palabra del Papa Francisco cuando habla de la Plenitud de la fe cristiana y su fundamento:

La historia terrenal de Jesús, afirma el Papa Francisco en la Carta Encíclica Lumen fidei “es la manifestación plena de la fiabilidad de Dios… la vida de Jesús se presenta como la intervención definitiva de Dios, la manifestación suprema de su amor por nosotros. La Palabra que Dios nos dirige en Jesús no es una más entre otras, sino su Palabra eterna (Cf. Hb. 1,1-2). No hay garantía más grande que Dios nos pueda dar para asegurarnos su amor… “La fe cristiana”, continúa diciendo el Papa Francisco, “es fe en el Amor pleno, en su poder eficaz, en su capacidad de transformar el mundo e iluminar el tiempo… La fe reconoce el amor de Dios manifestado en Jesús como el fundamento sobre el que se asienta la realidad y su destino último”.

Acerca la plenitud de la fe cristiana, el Papa afirma: “La mayor prueba de la fiabilidad del amor de Cristo se encuentra en su muerte por los hombres. Si dar la vida por los amigos es la demostración más grande de amor (Cf. Jn. 15,13), Jesús ha ofrecido la suya por todos, también por los que eran sus enemigos, para transformar los corazones. Por eso, los evangelistas han situado en la hora de la cruz el momento culminante de la mirada de fe, porque en esa hora resplandece el amor divino en toda su altura y amplitud… En este amor, que no se ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto me ama, afirma S.S. Francisco, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo”.

Sin embargo, aclara el Santo Padre, “la muerte de Cristo manifiesta la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de la resurrección. En cuanto resucitado, Cristo es testigo fiable, digno de fe (Cf. Ap. 1,5; Hb 2,17), apoyo sólido para nuestra fe. «Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido», dice san Pablo (1Co. 15,17). Si el amor del Padre no hubiese resucitado a Jesús de entre los muertos, si no hubiese podido devolver la vida a su cuerpo, no sería un amor plenamente fiable, capaz de iluminar también las tinieblas de la muerte… Precisamente porque Jesús es el Hijo, porque está radicado de modo absoluto en el Padre, ha podido vencer a la muerte y hacer resplandecer plenamente la vida…” El Papa afirma que nuestra fe nos lleva a creer “en el amor concreto y eficaz de Dios, que obra verdaderamente en la historia y determina su destino final, amor que se deja encontrar, que se ha revelado en plenitud en la pasión, muerte y resurrección de Cristo”.[2]

Desde esta solidez en la fe de María, que vivió profundamente los misterios de la vida y la pasión y la resurrección de Jesucristo, es que ella hoy nos puede ayudar a vivir nuestra confianza en Dios, y a madurar hasta dar fruto abundante en medio de este mundo. Por eso la Iglesia le aplica este texto del Sirácide que acabamos de escuchar, porque ella, como intercesora nuestra ante su Hijo, y como nuestra protección y ayuda, nos apoya y guía para que produzcamos vida, y vida en abundancia.

“Yo soy la madre del amor, del temor, del conocimiento y de la santa esperanza. En mí está toda la gracia del camino y de la verdad, toda esperanza de vida y de virtud. Vengan a mí, ustedes, los que me aman y aliméntense de mis frutos. Porque mis palabras son más dulces que la miel y mi heredad, mejor que los panales… Los que me escuchan no tendrán de qué avergonzarse y los que se dejan guiar por mí no pecarán” (Si. 24,23.26-28.30).

La Fe nos une a Cristo y nos identifica con Él. Nos ayuda a pensar como Él, a conocer la vida humana y su sentido último, como Él lo conoce.

En esta Eucaristía que celebramos en memoria de María de Guadalupe, escuchamos a San Pablo, en el texto de su carta a los Gálatas que se nos ha proclamado (Cf. Ga. 4,4-7). El nos habla de la decisión irrevocable de Dios para irrumpir, por medio de su “hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley” (Gal. 4,4), en la historia humana para transformarla. Pasamos desde una situación en la que vivíamos sumergidas y sumergidos en miedos, cobardías y esclavitudes, (Cf. Gal. 4,7) a la nueva condición de hijas e hijos de Dios, movidos por la fuerza del Espíritu Santo que Cristo nos da (Cf. Ibid.)

De esta manera transforma nuestro corazón y nuestra mente, para que adquiramos conciencia de la nueva condición de hijas e hijos suyos, que nos permite llamarlo con toda confianza ¡Padre! (Cf. Gal. 4,6). Esto nos concede el derecho a heredar las prerrogativas de las que goza nuestro Señor Jesucristo, como es el ser herederos de su gloria, poseedores de la Sabiduría que nos revela el sentido verdadero de la existencia humana, y nos hace profetisas y profetas, paladines ante el mundo de esta nueva condición de que la que goza hoy la creación entera. Todo esto lo conocemos, lo entendemos y lo vivimos gracias al don de la Fe. Don que nos hemos propuesto valorar más profundamente en esta visita a nuestra Madre Santísima Guadalupe.

El Papa Francisco, en la Carta Encíclica a la que me he venido refiriendo, especialmente en la parte en la que reflexiona acerca de la plenitud de la fe cristiana, nos ayuda a comprender el misterio de la comunión con nuestro Señor Jesucristo que empezamos a vivir por medio de la fe. Así nos habla el Papa Francisco:

“La plenitud a la que Jesús lleva a la fe” –dice el Papa- “tiene otro aspecto decisivo. Para la fe, Cristo no es sólo aquel en quien creemos, la manifestación máxima del amor de Dios, sino también aquel con quien nos unimos para poder creer. La fe no sólo mira a Jesús, sino que mira desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos: es una participación en su modo de ver. En muchos ámbitos de la vida confiamos en otras personas que conocen las cosas mejor que nosotros. Tenemos confianza en el arquitecto que nos construye la casa, en el farmacéutico que nos da la medicina para curarnos, en el abogado que nos defiende en el tribunal. Tenemos necesidad también de alguien que sea fiable y experto en las cosas de Dios. Jesús, su Hijo, se presenta como aquel que nos explica a Dios (Cf. Jn. 1,18). La vida de Cristo —su modo de conocer al Padre, de vivir totalmente en relación con él— abre un espacio nuevo a la experiencia humana, en el que podemos entrar”.

Y continúa el Papa explicando “La importancia de la relación personal con Jesús mediante la fe queda reflejada en los diversos usos que hace san Juan del verbo credere (creer). Junto a «creer que» es verdad lo que Jesús nos dice (Cf. Jn. 14,10; 20,31), San Juan usa también las locuciones «creer a» Jesús y «creer en» Jesús. «Creemos a» Jesús cuando aceptamos su Palabra, su testimonio, porque él es veraz (Cf. Jn. 6,30). «Creemos en» Jesús cuando lo acogemos personalmente en nuestra vida y nos confiamos a él, uniéndonos a él mediante el amor y siguiéndolo a lo largo del camino” (Cf. Jn. 2,11; 6,47; 12,44).

“Para que pudiésemos conocerlo, acogerlo y seguirlo” –continúa platicándonos el Papa- “el Hijo de Dios ha asumido nuestra carne, y así su visión del Padre se ha realizado también al modo humano, mediante un camino y un recorrido temporal. La fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia. La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite captar su significado profundo, descubrir cuánto ama Dios a este mundo y cómo lo orienta incesantemente hacía sí; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor intensidad todavía el camino sobre la tierra”[3].

La fe de María en Jesús, estuvo unida a su amor por Dios y por la humanidad entera. María creyó en el mundo verdadero que, con Jesús, es posible construir.

El Evangelio de la fiesta de nuestra Señora de Guadalupe, tiene una trascendencia muy grande en la religiosidad popular, nos presenta la analogía entre la visita de María a la parienta Isabel, en momentos muy especiales, en ambas se renueva la esperanza que ambas abrigaban, por la llegada del Mesías al mundo. Isabel conoce que lo que ha sucedido en ella, solamente es obra de Dios; es mayor de edad y toda su vida ha sido estéril. María, sabiendo que nada es imposible para Dios, ha concebido un hijo, permaneciendo virgen, que será Grande, se la llamará Hijo del Altísimo, heredará el trono de David su padre y su reino no tendrá fin. El misterio que ha empezado a rodear la vida de ambas mujeres, a partir de la concepción de sus respectivos hijos, apunta al cumplimiento del tiempo para que llegue el Mesías. La primera que irrumpe es Isabel, después de que el niño que lleva en su seno, salta de gozo ante el saludo de María a su madre Isabel.

"¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor". Este saludo es para María una confirmación de lo que el Ángel le anunció respecto a su Hijo. Isabel lo llama “Bendito” y “mi Señor”. Además bendice a María por su fe, que la ha convertido en protagonista de la historia que se está configurando, para bien de su pueblo y de la humanidad entera.

La reacción de María está marcada por la misma alegría y la misma humildad de Isabel. Las dos conocen desde la fe de su pueblo, Israel, que Dios acoge a los humildes y rechaza a los soberbios. Ambas están dispuestas a cumplir el plan de Dios. Isabel sabe cuáles han sido las virtudes que tiene María, dispuesta a cumplir todo lo que Dios le ha pedido su pueblo por la ley y por los profetas a lo largo de su historia para disponerse a recibir al Mesías. Sin duda Zacarías le ha comunicado a Isabel que el hijo de ambos estaría lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, que convertiría al Señor su Dios a muchos de los hijos de Israel y que lo precedería el espíritu y el poder de Elías (Cf. Lc. 1,15b-17a). Por eso Isabel, llena del Espíritu Santo proclama a María bienaventurada, pues Dios cuenta con ella para que se cumplan las promesas mesiánicas.

Como bien sabemos, estas promesas no abarcan únicamente a Israel, se ensanchan al mundo entero. El Mesías, Jesús, mediante el misterio de la redención, viene a darle su derrotero verdadero a la humanidad entera. El hecho Guadalupano está cargado de este designio universal de la salvación. Jesús envía a su Madre a estas tierras en los albores de la evangelización del Continente, para cumplir con el deseo del Padre, que es también el deseo de Jesús, que todos los seres humanos entren por el sendero que lleva a la Vida (Cf. Mt. 7, 14).

Es impresionante la respuesta que en los sectores populares se da a las celebraciones en torno a la Virgencita de Guadalupe, como nuestro pueblo la llama con mucho cariño. Basta ver los ríos de personas que vienen en las peregrinaciones de todas partes del país a esta Basílica y acuden, por igual, a todas las capillas y templos dedicados a ella, a lo largo del territorio nacional. Las obreras y obreros, en cuyo trabajo se centra la construcción de nuestra patria; las empleadas y empleados, que sustentan los servicios públicos y privados; las amas de casa y los esposos, pilares fundamentales en el sustento y la guía de las familias. Las campesinas y campesinos; nuestros pueblos originarios, que pueblan los valles y las montañas, a lo largo de nuestra nación. ¿No son todas ellas y todos ellos representantes de la figura de Juan Diego el día de hoy? ¿No siguen siendo ellas y ellos el objeto de la mayor preocupación de María de Guadalupe? Las y los que más sufren en este momento en México, son las personas por quienes más prodiga ella su intercesión y cuidados.

El cántico de María, llamado el Magníficat (Cf. Lc. 1,46-55), que anuncia la exaltación de los humildes y la restauración de una historia que incluye a los despreciados de la tierra, sigue siendo nuclear en la comprensión de una justa dimensión de la plenitud de la fe cristiana. Esta fe no puede reducirse a un ámbito puramente privado, ni a acciones piadosas aisladas de todo el contexto en que se mueve la vida humana. Ni mucho menos a unas devociones encerradas en una comprensión de la fe, como si la Iglesia se limitara a una actividad litúrgica desencarnada, que no tiene nada que ver con la sociedad y su problemática; cerrada al drama que viven los seres humanos en la construcción de la historia, con sus logros y conflictos, con los desajustes que causan sufrimiento, opresión, dolor y pobreza a muchas personas en este momento de la vida de México y del mundo.

Encerrar a la fe en una espiritualidad individualista y enajenada de la vida del mundo, y vaciarla de su significado intrínseco. Creer que ella solamente nos sirve para mantener dentro de la Iglesia un ritmo de cumplimientos y requisitos, y para ajustarnos a ciertas normas morales, con el objeto de tranquilizar nuestra conciencia personal, es un intento estéril de vivir la vida cristiana, basada en una caricatura de la fe.

Sírvanos la siguiente reflexión del Papa Francisco, en donde él relaciona a la fe cristiana con la construcción del bien común, para entender la amplitud de aspectos de nuestra vida personal y social, que abarca nuestra vida de fe. Tomamos esta reflexión de su Carta Encíclica Lumen fidei:

“Al presentar la historia de los patriarcas y de los justos del Antiguo Testamento, la Carta a los Hebreos pone de relieve un aspecto esencial de su fe. La fe no sólo se presenta como un camino, sino también como una edificación, como la preparación de un lugar en el que el hombre pueda convivir con los demás. El primer constructor es Noé que, en el Arca, logra salvar a su familia (Cf. Hb. 11,7). Después Abrahán, del que se dice que, movido por la fe, habitaba en tiendas, mientras esperaba la ciudad de sólidos cimientos (Cf. Hb. 11,9-10). Nace así, en relación con la fe, una nueva fiabilidad, una nueva solidez, que sólo puede venir de Dios. Si el hombre de fe se apoya… en el Dios fiel (Cf. Is. 65,16), y así adquiere solidez, podemos añadir que la solidez de la fe se atribuye también a la ciudad que Dios está preparando para el hombre. La fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable.

Precisamente por su conexión con el amor (Cf. Ga. 5,6), la luz de la fe se pone al servicio concreto de la justicia, del derecho y de la paz. La fe nace del encuentro con el amor originario de Dios, en el que se manifiesta el sentido y la bondad de nuestra vida, que es iluminada en la medida en que entra en el dinamismo desplegado por este amor, en cuanto que se hace camino y ejercicio hacia la plenitud del amor. La luz de la fe permite valorar la riqueza de las relaciones humanas, su capacidad de mantenerse, de ser fiables, de enriquecer la vida común. La fe no aparta del mundo ni es ajena a los afanes concretos de los hombres de nuestro tiempo… La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común. Sí, la fe es un bien para todos, es un bien común; su luz no luce sólo dentro de la Iglesia ni sirve únicamente para construir una ciudad eterna en el más allá; nos ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza. La Carta a los Hebreos pone un ejemplo de esto cuando nombra, junto a otros hombres de fe, a Samuel y David, a los cuales su fe les permitió « administrar justicia » (Hb. 11,33). Esta expresión se refiere aquí a su justicia para gobernar, a esa sabiduría que lleva paz al pueblo (Cf. 1 S. 12,3-5; 2 S 8,15). Las manos de la fe se alzan al cielo, pero a la vez edifican, en la caridad, una ciudad construida sobre relaciones, que tienen como fundamento el amor de Dios. (Papa Francisco, Carta Encíclica Lumen fidei, nn. 50-51, 29 de junio de 2013).

El compromiso que nos queda de esta visita: madurar en la dimensión cristiana de la fe, para trabajar por un México y un mundo más justos.

En la presencia de María, la reflexión en torno a su palabra y los textos del Papa Francisco, han puesto ante nuestros ojos muchas cuestiones que debemos tomar en cuenta para no seguir viviendo una fe inconsistente. Considero que es tiempo de que asumamos nuestra responsabilidad como parte de una ciudadanía verdaderamente cristiana en la construcción de este país. Hemos encerrado nuestra vida cristiana prácticamente a los templos. No hemos sido valientes como María, para colaborar decididamente desde nuestra fe, con la gracia de Cristo, para corregir los abusos de poder y los desajustes en los niveles socio-políticos, socio-económicos y socio-culturales que están a la base de la violencia, las injusticias, la corrupción, y todo el resto de males que dañan gravemente a la sociedad mexicana.

Es tiempo que veamos también nuestros desajustes internos en la Iglesia que son causa de nuestra inmadurez en la fe. Tenemos que reconocer que entre los causantes de todos los desórdenes que están llevando a este país a la ruina, hay involucradas muchas personas cristianas bautizadas en la Iglesia Católica. Es hora de que revisemos con seriedad si hemos aplicado debidamente toda la reforma de la Iglesia que pidió el Concilio Ecuménico Vaticano II, pues da la impresión que no tenemos puesta la mirada de la fe en un mundo en el que los derechos humanos más fundamentales se violan sistemáticamente, en donde la falta de ética caracteriza a la función pública, a los partidos políticos y a las estructuras de procuración de justicia.

Otros males que deben impactar a la conciencia cristiana para movernos a ponerle fin, son la deshumanización que ha invadido a los centros financieros y a los Banqueros, junto con la corrupción. Los recursos monetarios no son puestos al servicio del progreso humano, sino de la ganancia voraz y despiadada, todo esto se permite pasando por encima de los principios éticos. Se permite el fraude, el lavado de dinero y otros negocios sucios. De este tipo de mentalidades se ha borrado el concepto de persona humana, como un ser digno de respeto. Las cúpulas empresariales buscan anular cualquier ley que proteja al trabajador, porque lo necesitan solamente como mano de obra explotada al máximo, pues el objeto de las leyes laborales para ellos, ya no es la persona humana y su dignidad, sino la ganancia y la acumulación del dinero.

De manera especial en Coahuila, desde nuestras instancias diocesanas que luchan por la defensa de los derechos humanos de los migrantes, de las víctimas de la desaparición forzada, y las y los privados de libertad en los CERESOS y el CEFERESO, contemplamos con tristeza la lentitud de las autoridades para detener el holocausto de la migración, las desapariciones forzadas y la búsqueda de las y los desparecidos. Las cosas positivas que se intentan hacer, con la participación de quienes trabajamos a favor de esas personas, avanzan llenas de dificultades y obstáculos. Tenemos una administración de justicia muy contaminada, por una parte por la desidia e irresponsabilidad de funcionarios públicos y, por otra, que es aún peor, la corrupción entre ellos.

Nuestros hermanos internados en los penales, padecen la enorme maraña tendida sobre los CERESOS y CEFERESOS que es también, por ineptitud, corrupción e impunidad; además de la carencia de peritos suficientes que detecten las anomalías en los procesos de los internos, que con mucha frecuencia son víctimas de la violación al derecho que ellos tienen al debido proceso. Un daño muy grande que parece que no se quiere enfrentar, es la contaminación del crimen organizado, desde dentro y desde fuera. Este problema va en aumento en vez de disminuir y controlarse.

Nuestros hermanos los ejidatarios del desierto siguen padeciendo las inclemencias de la sequía y la falta de medios de transporte y comunicación. Desde que les quitaron el ferrocarril, no cuentan con un medio de transporte alternativo. No es justo este descuido que ya clama al cielo por la falta de interés en los funcionarios. La única solución de la gente de nuestro campo, es la emigración a la ciudad, sin otro recurso que sus propias manos, para ocuparse en donde encuentren.

La reforma migratoria de los Estados Unidos, con el endurecimiento de la frontera con México, nos presagia que lo único que logrará será aumentar las muertes. Es una desgracia que regionalmente no se quiera enfrentar el problema, implementando una región de intercambio comercial y laboral, donde los trabajadores puedan acceder al mismo nivel de vida digna, y de la protección a sus derechos laborales, por igual, en cualquier país de esta región, formada por Canadá, Estados Unidos, México, Centro América y el Caribe. Es la única solución al fenómeno de la migración forzada. Desgraciadamente la búsqueda de un solución razonada, la impide la ambición de dinero de parte de las grandes Multinacionales, y el lujo desmedido del que gozan ciertos sectores de la población mundial, que son quienes disfrutan del salario no pagado a los trabajadores de los países expulsores de migrantes. La codicia deshumaniza y crea criminales en todos los niveles y sectores de la sociedad.

Quiera Dios ayudarnos por la intercesión de la Santísima Virgen María a superar esta situación tremenda que nos aqueja no solamente en Coahuila, sino más allá de nuestras fronteras estatales y nacionales. Pero lo primero por lo que hay que empezar, es en formar cristianos maduros en su fe, que trabajen por crear un México y un mundo más justo. Nos quedamos en las manos de nuestra Madre Santísima de Guadalupe, recibiendo su amor, y su luz, para que ella nos siga guiando y fortaleciendo en la fe, para que en común unión dentro de nuestra sociedad, alimentemos la paz y la justicia anhelada.


Mensaje de Pascua 2013

01.06.13 | 11:09. Archivado en Raúl Vera

Muy queridas hermanas, muy queridos hermanos, empezamos a prepararnos desde hace hoy más de cuarenta días, para conmemorar intensamente y con mucho fruto la Pascua de Jesús, Nuestro Señor, su paso de este mundo al Padre, que se realizó en Jerusalén a través de su muerte en la cruz y de su resurrección gloriosa al tercer día. Estos Misterios los hemos vivido en los pasados días a través de las liturgias del Jueves Santo, en que celebramos la institución de la Eucaristía, del Viernes Santo en el que vivimos nuevamente los misterios de la pasión y muerte de Jesús y, finalmente, de la Vigilia Pascual, donde conmemoramos la Gloriosa Resurrección del Señor.

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Un mundo en el que toda persona readquiera su dignidad

01.04.13 | 09:47. Archivado en Raúl Vera

Muy queridas hermanas, muy queridos hermanos, empezamos a prepararnos desde hace hoy más de cuarenta días, para conmemorar intensamente y con mucho fruto la Pascua de Jesús, Nuestro Señor, su paso de este mundo al Padre, que se realizó en Jerusalén a través de su muerte en la cruz y de su resurrección gloriosa al tercer día. Estos Misterios los hemos vivido en los pasados días a través de las liturgias del Jueves Santo, en que celebramos la institución de la Eucaristía, del Viernes Santo en el que vivimos nuevamente los misterios de la pasión y muerte de Jesús y, finalmente, de la Vigilia Pascual, donde conmemoramos la Gloriosa Resurrección del Señor.

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Oportunidad para renovar el compromiso

01.04.13 | 07:32. Archivado en Raúl Vera

La Pasión de Cristo en Isaías. Nos queda claro de la lectura del profeta Isaías (Cf. Is. 50,4-7) que Jesús fue ejecutado por lo que enseñaba con su vida y su comportamiento personal, por no haberse opuesto a lo que Dios pide a toda mujer y a todo hombre en esta tierra, que es el amor, la justicia y la misericordia. Esta voluntad de Dios hacia nosotros los seres humanos, Jesús la enseñó puntualmente con su palabra y ejemplo. Se mantuvo siempre con gran firmeza, por el bien nuestro, adherido a las enseñanzas de Dios para nosotras y nosotros, dejándonos un ejemplo a seguir, aún cuando esto le costó ser condenado a una muerte humillante en la cruz.

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La fe en el proyecto del Salvador del Mundo

25.12.12 | 18:49. Archivado en Raúl Vera

Queridas hermanas, queridos hermanos, hemos llegado al tiempo de la Navidad, después de habernos preparado a ello durante el Adviento; en este tiempo litúrgico, la Iglesia nos ha preparado para comprender mejor el significado del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra condición humana.Durante este tiempo, la Iglesia de modo especial, nos ha colocado en la perspectiva de la esperanza con la que el pueblo de Israel anhelaba la llegada del Salvador, y para ello, en las semanas que precedieron a estas fiestas navideñas, se nos presentaron los anuncios proféticos que desde antiguo, hablaron de la persona del Mesías que iba a venir al mundo.

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Por la iglesia del Evangelio

20.12.12 | 19:19. Archivado en Raúl Vera

EXPERIENCIAS DE MI VIDA CRISTIANA Y LOS EFECTOS QUE HAN DEJADO EN MI Agradezco la invitación que se me hizo a realizar esta reflexión en torno el tema del hombre planetario por el que siempre pugnó el Padre Ernesto Balducci. Es mi primera oportunidad para acercarme al Padre Balducci y me he sentido muy identificado con su pensamiento, en lo que pude conocer de él. Lo cual me ha dado una grande alegría, pues he descubierto que es posible que hayamos muchos locos dentro de la Iglesia, que no concordamos con algunos clichés en el que se nos quiere colocar con métodos de control hasta poco honestos muchas veces, desde dentro de la estructura eclesiástica.

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Campaña del Banco de Alimentos por un México sin Hambre

19.11.12 | 10:38. Archivado en Raúl Vera

“Yo vine para que tengan vida la tengan en abundancia, yo soy el Buen Pastor,
el Buen Pastor da su vida por las ovejas” (Jn. 10, 10.11) Antes de bendecir en Saltillo el inicio de esta Campaña Nacional del Banco de Alimentos: “Por un México sin Hambre”, quiero expresar mi más sincero agradecimiento a quienes trabajan para sostener los programas del Banco de Alimentos, tanto al Patronato que lo dirige, como al equipo operativo, las y los voluntarios, y las empresas que proveen el material, consistente en alimentos perecederos y no perecederos, que desde esta instancia que en Saltillo está bajo la responsabilidad de la Iglesia Católica, distribuye tanto a personas individuales como a instituciones.

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Sábado, 25 de marzo

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