Esta solemnidad de la ascensión del Señor nos invita a dirigir una vez más la mirada a Cristo y al acontecimiento pascual. En el testimonio del Nuevo Testamento, la ascensión del Señor Jesús tiene varios significados. Por una parte manifiesta, sin género de dudas, que la nueva vida de Jesús resucitado no es una vuelta a la existencia que él tenía antes de morir en la cruz, sino que gracias a su resurrección Jesús inauguró una nueva forma de vida para él y para los humanos. La resurrección de Jesús no es una vuelta a la vida aquí en la tierra con los discípulos, sino el avance hacia la vida plena con Dios. En su resurrección, Cristo comenzó una vida nueva en Dios y junto a Dios. Cuando Jesús se aparecía a los discípulos después de su pasión, él venía desde Dios. La resu-rrección de Jesús es su exaltación a la derecha del Padre, Jesús, en su condición humana participa de la gloria de Dios, se manifiesta como Señor.
Los medios de comunicación social tienen hoy tanta importancia que para muchos son el principal instrumento informativo y formativo, y también la orientación y la inspiración para los comportamientos individuales y sociales. Hoy no podemos concebir el mundo sin estos nuevos sistemas de comunicación. Estas nuevas tecnologías nos acercan a los acontecimientos de los cinco continentes, y al mismo tiempo nos hacen amar más nuestra pequeña realidad local.
"Fue elevado", dice el libro de los Hechos. En concreto señala, refiriéndose a la ascensión del Señor: "Fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos". El hecho sucedió en un monte donde Jesucristo se había citado con los once discípulos. ¡Tantas veces Jesús escoge un monte para ocasiones importantes! Y esta vez, como si fuera una metáfora, desde la cima del monte se eleva al cielo.
Cuando vamos a celebrar la fiesta de la Mare de Déu dels Desamparats, cuando estamos comenzando el mes de mayo en que toda la Iglesia se acerca de una manera especial a la Santísima Virgen María, debemos escuchar lo que Ella tan profundamente mostró: “Dios es amor”. Nuestra vida, nuestra morada debe de ser como la hizo María, por muy modesta y pobre que sea. Os invito a que en este mes de mayo, y ante la cercanía de la fiesta de Nuestra Señora de los Desamparados, la convirtamos en un lugar donde no hay más cabida que para contener el amor de Dios, que sea lugar de acogida, de comunicación con Dios y por Él con todos los hombres, de fe, amor y esperanza. Todos nosotros podemos comunicar el amor de Jesús a los demás y ser en medio del mundo fermento de reconciliación y de esperanza para toda la familia humana.
Queridos sacerdotes: Las lecturas que hemos escuchado (Ez 34,11-16; Jn 10,11-16), y que se refieren ambas al pastoreo de Dios en favor de su pueblo, no han sido elegidas al azar. Ambas están previstas entre las posibles que la liturgia nos permite seleccionar para la celebración de la Eucaristía en la fiesta del Doctor San Juan de Ávila; y en ambas, que se refieren al pastoreo amoroso de Dios, queremos renovar nuestra identificación con Jesucristo, el Buen Pastor.
SITUACIONES Hay personas que se alejan de Dios y de la Iglesia por la falta de atención y bondad de un sacerdote o de otro agente de pastoral, o porque no se les explicaron con paciencia los requisitos para los sacramentos, o porque no se les hizo la celebración como querían, o porque no se atendió pronto a un familiar enfermo, o por un mal testimonio en su vida, máxime cuando se conoce un abuso de menores. Pero la gente se aleja no sólo por fallas clericales, sino también porque muchos que se llaman católicos no viven con coherencia su fe.
El Seminario Palafoxiano de Puebla de los Ángeles, México, lleva el nombre de uno de los grandes obispos que rigieron aquella diócesis en el siglo XVII. Juan de Palafox y Mendoza (1600-1659) es uno de los personajes que encarna la complejidad y los vericuetos de la cultura hispana e hispanoamericana de su época. Hijo natural de padres de abolengo, prácticamente expósito pues fue abandonado por su madre pero rescatado por una familia humilde, vio la luz en Fitero (Navarra). A los pocos años su padre lo reconoció y le ofreció excelente formación humanística y religiosa. Se aficionó a los libros, las artes, los idiomas, estudió cánones y se doctoró en la Universidad de Sigüenza después de haber pasado por las Huesca, Alcalá y Salamanca.
El 20 de marzo pasado, sólo una semana después de su elección, el papa Francisco hizo una referencia a las relaciones de la Iglesia Católica con otras religiones. Fue al día siguiente del inicio oficial de su ministerio petrino cuando recibió en la sala Clementina del Vaticano a representantes de diversas religiones no católicas y a líderes musulmanes, judíos y de otros credos.
Siempre tienen una fuerza especial y llamativa, que nos impulsa al compromiso, esas palabras que Jesucristo nos entregaba en los últimos momentos de su estancia terrena. Allí en el Cenáculo, nos las regalaba como lo más original y grande que se haya podido decir en este mundo para que los hombres viviésemos con la originalidad que solamente Dios puede dar. Fue en este domingo pasado, quinto de Pascua, en el que la Iglesia nos las ponía en nuestro corazón para que las acogiésemos: “Os doy un mandamiento nuevo: Que os améis unos a otros como Yo os he amado” (cf. Jn 13, 31-35). ¿Dónde está la originalidad y la novedad de este mandato nuevo? Sabemos que el amor es esencia del ser humano, lo han vivido los hombres desde que el ser humano fue creado. Sí, creado por amor y que necesita amar y ser amado. Pero la originalidad del mandato de Jesucristo, lo auténticamente nuevo está en esta realidad: “amaos… como Yo os he amado”. Y es que se trata de amar con el mismo amor de Jesucristo. Él es la referencia para todo discípulo, de tal manera que la vida plena consiste en hacernos semejantes a Él.
Las lecturas que la Iglesia nos propone para la misa de los domingos de pascua nos dan pie para reflexionar sobre las consecuencias de la pascua de Jesús en nosotros, los creyentes en Cristo. En este tiempo pascual nuestra atención se dirige, no solo a considerar la acción salvadora de Dios en Cristo, sino también las consecuencias de la resurrección de Jesús a nuestro favor.
Iglesia, ¿qué dices de ti misma? Nos pregunta la gente hoy, frente a tantos hechos ingratos y cuestionadores, pecados (y hasta delitos). ¿Qué credibilidad y validez tienes, iglesia, en nuestra cultura y sociedad? La misma pregunta nos la hace Jesús. Desde cada iglesia local, pasando por cada país y continente, y hasta el Vaticano, deberíamos dar una respuesta. No será una respuesta única. Lo importante es que sea sincera, real, desde la fe y la humildad, desde la mirada de Jesús y su proyecto del Reino de Dios.
Estamos celebrando el Año de la Fe, que se inició con motivo de haberse cumplido, el año pasado, los 50 años del comienzo del Concilio Vaticano II. Son del beato Juan Pablo II estas palabras. “Siento más que nunca el deber de señalar el Concilio como la gran gracia de la cual la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX”. Y su sucesor, Benedicto XVI, escribió estas otras palabras: “Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, el Concilio puede convertirse cada vez más en una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia”.
Viernes, 24 de mayo
Juan Fernandez Krohn
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Guillermo Gazanini Espinoza
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Josep Maria Tarragona
Religión Digital
Adolfo Sillóniz
Francisco Margallo