Religión Digital

La fuerza de la palabra

23.01.19 | 10:23. Archivado en Mario Moronta

Uno de los efectos más positivos del Concilio Vaticano II ha sido el impulso a la lectura y estudio de la Palabra de Dios por parte de los creyentes. Esto se hace en las diversas vías: de investigación, de meditación, de conocimiento.

Últimamente se ha desarrollado una serie de ayudas de orden metodológico para apoyar la eficacia del encuentro con la Palabra de Dios. Así, se invita a la lectura de la Palabra de Dios en las comunidades eclesiales de base, la Lectio Divina y la animación bíblica de la pastoral. Incluso, en una inmensa mayoría de casos, la homilía, sobre todo en los días domingos, ha ganado por la seriedad con la cual se prepara y realiza.

Hay una mayor toma de conciencia por parte del pueblo de Dios de la centralidad de la Palabra de Dios. Eso nos ha permitido profundizar en la catequesis y en la espiritualidad del pueblo de Dios. Por lo que respecta al Catecismo, en la mayoría de las experiencias, se tiene la Palabra de Dios como texto fundamental. Así se va promoviendo el gusto por la Palabra de Dios.

Sin embargo, todavía falta mucho por hacer en el campo del estudio y promoción del conocimiento de la Palabra de Dios.

Existen varias tentaciones: una de ellas es la de creer que con lo ya estudiado, ya se tiene todo aprendido y resuelto. A esto se une que, guiados por una sana curiosidad para aprender lo que está en torno a la Biblia, no pocas veces se siguen programas o propuestas que lejos de profundizar en la Palabra de Dios crean distorsiones. Lo más grave de este asunto es que muchos consideran que todo lo que se dice en programas de divulgación aparentemente científica es total y absolutamente verdadero.

De allí la necesidad de que los exégetas, en especial quienes pueden estar más en contacto pastoral con los creyentes y comunidades, vayan dando verdadera iluminación a fin de evitar incongruencias, imprecisiones o tomas de posición que no dejan de abrirse a fundamentalismos en la interpretación de la Palabra.

Hay un hecho básico e irrenunciable. No se trata de unas meras teorías o de un conjunto de enseñanzas de tipo religioso. La Biblia encierra la Palabra de Dios que es revelada por Él mismo de diversos modos. Alcanza un momento de plenitud cuando el Hijo de Dios se hizo hombre. Éste es reconocido como “Palabra encarnada” (cf. Jn 1,14).

Es decir, la Verdad, la revelación de Dios y su designio de salvación se encarnó y se hizo hombre. Ya desde ese momento, la Palabra de Dios adquirió una fuerza muy peculiar. Ya no eran emisarios reconocidos y enviados por Dios quienes hablaban. La Persona de Jesús se hizo presente para hablar de la divinidad (pues es Dios) y con el lenguaje humano (pues se hizo hombre). Con Él se cumplen las promesas y profecías del Antiguo Testamento. Con Él se da a conocer el inmenso tesoro de la Nueva Alianza. En y con Él se hace realidad la Divinidad en medio de los hombres.

Hay dos elementos importantísimos, entre otros, que vienen a nuestro encuentro. Uno primero es el de la potencialidad de vida de esa Palabra de Dios. El mismo Jesús la presenta como “Palabra de vida eterna”. Sencillamente lo es porque transmite vitalmente su contenido: la salvación. Por eso, la lectura y escucha de la Palabra de Dios no debe reducirse sólo a una simple instrucción, a conocer muchos datos de ella, a aprenderse versículos de memoria…

Hay algo mejor que todo eso: es identificarse con la Palabra; por lo tanto, con su contenido y con su origen. Es decir, con el Revelador, por excelencia, Jesucristo. Es dejarse tocar por la Palabra para poder hacer que surja su efecto tanto en las vidas de los creyentes como de las comunidades.

El otro elemento está muy unido a ello y tiene que ver con su anuncio. La misión de la Iglesia es anunciar el Evangelio para hacer que surjan nuevos discípulos. Pero, esto conlleva que desde esa Palabra surge la Iglesia, su organización, su acción pastoral. Por eso, es necesario darle el puesto de centralidad en la acción y quehacer de la misma Iglesia. De la Palabra encarnada surgen los sacramentos, en especial la Eucaristía. De allí, como nos enseña el Concilio Vaticano que Palabra y Eucaristía constituyen los dos ejes focales donde giran la vida de la Iglesia. Es un elemento teológico que no se debe dejar a un lado.

Una de las mejores maneras de poder superar toda tendencia “sacramentalista” y pastoral de la “conservación” es reconociendo la fuerza de la Palabra. Ya en algunos documentos del magisterio pontificio, en especial de Benedicto XVI se menciona la sacramentalidad de la Palabra.

La Palabra produce efectos de gracia para el creyente. Pero, a la vez, para la comunidad, pues es la que convoca a todos para ser partícipes del pueblo de Dios. En la primera carta a los Tesalonicenses se ve un claro ejemplo de ello: cuando Pablo da gracias a Dios porque dado el esfuerzo de los de Tesalónica “la Palabra ha cundido” y se han podido fundar nuevas Iglesias. Así es como la Iglesia ha podido llegar a todas partes, pues se ha difundido la Palabra hasta los confines de la tierra.

Jesús en la Sinagoga de Nazaret lo ha señalado cuando afirma que ya la Palabra se ha hecho presente en el “hoy” de su encarnación. Cuando se predica no sólo se busca tener oyentes, sino discípulos para que crezca el pueblo de Dios.

Hoy, como siempre, quienes tienen la función magisterial y el carisma para ello saben muy bien que si no se predica a tiempo y a destiempo con la intencionalidad propia de la Palabra, no se podrán tener comunidades vivas.

La predicación católica no puede quedarse en meros moralismos. La Iglesia no es dueña de la Palabra, sino su servidora para que toda la humanidad pueda, de verdad, disfrutar de su riqueza. Por eso, “hoy” también se sigue cumpliendo y haciendo realidad la Palabra de Dios, como bien lo anunció Jesús en Nazaret.


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