Religión Digital

Santos en la vida cotidiana

05.06.18 | 16:08. Archivado en Jaume Pujol

Se ha escrito «los santos son incómodos». Quizá lo sean tanto como Jesús, para quienes hacen bandera del individualismo, del egocentrismo y de una vida materialista. Es posible que también sean incómodos por una idea errónea de lo que es la santidad, que se asocia a veces a personas hurañas, que se distancian de las otras o que las miran con desdén.

Una condición de santidad es la naturalidad, comportarse de forma natural en la vida de relación con los demás. Los Hechos de los Apóstoles cuentan que los primeros cristianos gozaban «de la simpatía de todo el pueblo.»
En su reciente exhortación apostólica Gaudete et Exultate, el Papa Francisco nos advierte del peligro de una religiosidad desencarnada: «No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio.»

Al mismo tiempo señala el peligro de «querer dar lecciones siempre» y el de la falta de humildad, sin la cual la santidad es imposible y un cristiano en vez de ser ejemplo para otros puede ser un escándalo.
En uno de los últimos puntos de su exhortación, el Papa recoge las palabras que figuran en el epitafio escrito en la tumba de San Ignacio de Loyola: «Es divino no asustarse por las cosas grandes y a la vez estar atento a lo más pequeño.»

Esta magnanimidad y a la vez cuidado de las cosas que parecen sin importancia, es una experiencia que tenemos cuando contemplamos la vida de personas santas. Estoy pensando en dos santos que he conocido: Juan Pablo II y Josemaría Escrivá, calificado este último por el Papa Wojtyla como «el santo de lo ordinario.»

Cuando Juan Pablo II me nombró Arzobispo de Tarragona, el Papa era ya una persona en los últimos meses de su vida. Llamaba la atención la sencillez de quien la historia considera ya un gran Papa que reformó la Iglesia y que tuvo influencia en el mundo. En cuanto a San Josemaría, fui testigo de cómo apreciaba los pequeños detalles de la vida corriente y de su mensaje sobre la santidad universal. Habiendo tenido la suerte de vivir con él en su misma casa de Roma, me parece que podría aplicarle, incluso materialmente, la calificación de «santo de la puerta de al lado» de que nos habla el Papa Francisco.

Que seamos conscientes de que se puede ser santo siendo ama de casa, taxista, abogado, albañil, enfermera, sacerdote, seglar, jubilado, sano o enfermo… no necesariamente haciéndose teólogo, sino viviendo con naturalidad y esfuerzo el doble mandamiento del amor.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado


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