Religión Digital

Tocados por la Palabra y misioneros como María

11.05.18 | 09:48. Archivado en Carlos Osoro

Acabamos de comenzar el mes de mayo, en el que toda la Iglesia mira con especial interés y atención a la Santísima Virgen María. Esta mujer que, al anunciarle el ángel lo que Dios quería y deseaba de Ella, acogió su Palabra con todas las consecuencias en su corazón y en su cuerpo; de tal modo que, en esa acogida de totalidad, vino la Vida al mundo: Jesucristo. Después de Él, la Virgen conserva el lugar más alto en la Iglesia y el más cercano a nosotros los hombres. Desde Ella y con Ella quiero hablaros de lo que ha de significar para nosotros vivir tocados por la Palabra de Dios y ver que ahí surge el impulso misionero para ser fieles a la misión de su Hijo. Que María interceda por los misioneros de nuestra archidiócesis de Madrid y por quienes enviamos a la misión en este próximo curso.

Muchas veces he dado vueltas en mi cabeza al texto del Magníficat, que es la poesía de nuestra Madre; es un tejido tan bello, tan bien construido con hilos diversos del Antiguo Testamento, que os invito a que os detengáis en él. Podemos contemplar la hondura que adquiere la vida de María cuando se deja tocar por la Palabra. Pensaba con Dios y quien realiza así su pensamiento piensa siempre bien. Hablaba con Dios y por eso sus palabras eran siempre de vida. Los criterios para mover su vida eran los que aprendía y le daba la Palabra y, por ello, eran buenos, decididos, valientes, nunca eran decisiones improvisadas. Y vivía desde una alegría que desbordaba toda su vida, porque era la alegría que tiene un manantial que es Dios mismo; es la alegría del amor que colma la vida y se desborda para darla a los demás.

Pero no solamente María está construida por la Palabra de Dios, sino que es hechura de esa Palabra y por eso puede convertirse en morada de la Palabra en este mundo. Cuando el ángel se presenta ante Ella en la Anunciación diciéndole: «Llena de gracia», responde con prontitud: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). No sé si habéis caído en la cuenta de algo muy bello: el saludo entre los judíos era siempre shalom (paz) y entre los griegos era kaire (alégrate, regocíjate); el ángel utiliza la palabra kaire, lo que, en el inicio de la evangelización, implica la apertura a la universalidad, a todos los pueblos, como en alguna ocasión recordó Benedicto XVI. María se convierte ya desde la Anunciación en misionera, su sí lo es para que la Buena Noticia llegue a todos los hombres. Abrazada a la voluntad salvadora de Dios con todo su ser, se entregó totalmente, no guardó nada para sí misma. Y así, con Él, se puso al servicio del misterio de la redención. En este sentido profundo, es la primera misionera. San Ireneo lo dice con una expresión muy acertada: «Por su obediencia fue causa de la salvación propia y de la de todo el género humano».

Por otra parte, a María le dice el ángel: «No temas, María». Porque, ¿cómo no temer llevando el peso de ser Madre del Hijo de Dios? Pero el ángel añade algo que Ella creía con todo su corazón: «Porque has hallado gracia delante de Dios», es decir, tú llevas a Dios, pero Dios te lleva a ti. Es la experiencia necesaria para ser misionero; ves el camino y puede asustar, pero por otra parte sabes que vas en nombre del Señor y, si es así, nunca sentirás el abandono, todo lo contrario, sentirás su cercanía y su amor, veras que es Él quien te lleva de la mano. El sí de María es reflejo total del sí de Cristo cuando entró en el mundo tal y como nos lo dice la carta a los Hebreos: «He aquí que vengo a hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 7).

Tres aspectos me agradaría entregaros hoy para vivir este mes de mayo junto a María:

1. Descubramos en María la fuerza de la misión y de la catolicidad: María centra su vida en el misterio de Cristo. Escucha a Dios en lo profundo de su corazón y ve cómo en la sencillez de una aldea de Galilea, encontró gracia a los ojos de Dios y comenzó a realizarse en su vida esa profecía que tantas veces hemos escuchado: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras tu acechas su calcañar» (Gn 3, 15). Cada día estoy más convencido de que el amor a la Virgen María es la gran fuerza de la Iglesia; a través de Ella conocemos la ternura de Dios, que vino a nosotros para compartir nuestra vida en sus alegrías, esperanzas, fatigas, ocupaciones, ideales, hacernos crecer más y más en la fraternidad de todos los hombres. Cultivad ese gozoso amor a la Virgen María, siempre nos enseña esa manera de estar totalmente disponibles para Dios y así hacerlo para todos los hombres sin excepción. Participar con Ella en ese sí sin reservas nos hace tener un corazón sin fronteras, universal, para todos. En María vemos cómo se supera todo en la absoluta disponibilidad a Dios para todos los hombres.

2. Descubramos el poder de la oración junto a María: cada vez que vuelvo a meditar cómo nos presenta el libro de los Hechos de los Apóstoles a María en oración en el Cenáculo junto a los apóstoles, veo la absoluta confianza que tiene en Dios y su gran misericordia que se desborda sobre nosotros. Descubro el poder de la oración en la que María cree con todas sus fuerzas. Ahí percibo que es esa confianza en el poder de la oración, y la misericordia que experimentamos en ella, la que Ella quiere comunicar a los discípulos que están también allí en oración. En el fondo lo que María nos dice es que nunca nos cansemos de llamar a la puerta de Dios. Quisiera deciros que esta fuerza la descubrimos en la Cruz en esas dos miradas: la de Jesús a su Madre y la de su Madre a Jesús. En una es Jesús quien mira a su Madre y le confía al apóstol: «este es tu hijo»; en Juan estábamos todos nosotros. En la otra, la de María a Jesús; seguro que Ella recordaría la mirada de amor que Dios tuvo sobre ella cuando miró su pequeñez y su humildad y le pidió ser Madre de Dios. Con esas dos miradas nos contempla hoy la Virgen María a todos nosotros.

3. Descubramos en María a la Madre de la Iglesia y de la humanidad: el 21 de noviembre de 1964, el beato Pablo VI la atribuyó el título de Madre de la Iglesia. ¡Qué fuerza envolvente tiene para nosotros saber que Ella, al estar totalmente unida a Cristo, nos pertenece totalmente también a nosotros! Está más cerca de nosotros que cualquier otro ser humano, porque Cristo es un hombre para los hombres y todo su ser «es un ser para nosotros». María nos acompaña en toda nuestra vida como acompañó a Jesús. ¿Os dais cuenta de la hondura que tiene el saber que Dios es recibido por María? ¿Caéis en la cuenta de que el seno de María se convierte en el santuario más hermoso y bello que existe, cubierto por el Espíritu Santo, por la sombra de Dios? Es ahí donde María comienza un camino de acompañamiento a la Vida, sí, a la Vida que es Jesucristo. Acompaña a Jesús que crece, lo acompaña en las dificultades que tiene, en las persecuciones, lo acompaña en la Cruz, lo acompaña en la soledad de esa noche en el que lo torturan, está al pie de la Cruz, acompaña su vida y acompaña su muerte y resurrección. Pero quisiera que os dieseis cuenta de que su trabajo no termina, porque Jesús le encomienda la Iglesia. La que cuidó la Vida desde el principio sigue cuidándonos a nosotros con su amor y con su coraje. Dejemos que nos acompañe.

Con gran afecto, os bendice,

+Carlos Card. Osoro, arzobispo de Madrid


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