Religión Digital

De la duda a la confianza

19.04.18 | 18:48. Archivado en Carlos Osoro

En la tarea educativa, siempre se han de dar dos actitudes, que como no puede ser menos, están orientadas a la vida: que haya vida y que la vida sea buena. Esto es lo que hace que el ser humano madure.

¿Por qué estas dos actitudes? Porque cuando alguien percibe que se hacen cargo de su vida, el otro descansa, confía, camina con más fuerza, madura. Cuando alguien experimenta que lo cuidan y que lo cuidan bien, que no lo asfixian al cuidarlo, se siente persona y crece en libertad. ¡Qué importancia tiene esto y qué bien nos lo explica la palabra de Dios! Los grandes educadores cristianos, que han tenido trascendencia y cuyas obras educativas están presentes en todas las culturas, vieron y nos dijeron que la educación es una obra de amor y que es muy importante que los educadores sean testigos de ese amor.

Todos vosotros sabéis que en la tarea educativa, tal y como nos lo revela el Maestro verdadero, Jesucristo, no basta una buena teoría o una doctrina y saber sin más qué comunicar. Es necesario algo mucho más grande y humano: la cercanía vivida día a día, que es propia del amor de Dios y que tiene su espacio más propicio en la comunidad familiar, pero también en esa institución educativa a la que los padres confían la educación de sus hijos. Sabéis muy bien que la educación es cosa del corazón y solo Dios es su dueño. De tal manea que ahora entenderéis por qué el Señor nos dice: «Allí donde está tu tesoro, está tu corazón». Si tu tesoro es Dios, tendrás en el corazón el amor mismo de Dios.

Este mundo necesita de esta revolución de la ternura que solo Dios puede entregar. Hagámosla. Pero sabéis también que en la educación es fundamental y necesaria la figura del testigo, que se transforma en punto de referencia siempre, pues sabe dar razón de la esperanza que sostiene su vida.

El testigo nunca remite a sí mismo, sino a algo o, como los cristianos decimos, a Alguien más grande que él, a quien ha encontrado. Os invito a todos, padres, educadores, jóvenes y niños, a tener ese modelo insuperable que es Jesucristo, el gran testigo del Padre, que hablaba como el Padre le había enseñado y de lo que le había enseñado y revelado.

En tres aspectos deseo detenerme para invitaros a hacer un itinerario educativo, válido para este momento histórico que vivimos:

1. Sed conscientes de la ignorancia en la que vive el ser humano mientras no llegue a su vida Jesucristo. Cómo no recordar esas palabras fuertes de Pedro: «El Dios de nuestros padres ha glorificado a Jesús al que vosotros entregasteis y rechazasteis ante Pilatos […] al santo, al justo […] matasteis al autor de la vida […] sé que lo hicisteis por ignorancia […] arrepentíos y convertíos» (Hch 3, 13-15; 17-19).

Por un lado, el apóstol nos dice la verdad de lo sucedido, pero con mirada misericordiosa: fue por ignorancia lo que hicisteis. Mirad, la relación educativa implica la libertad del otro, siempre se le impulsa a tomar decisiones, pero nadie puede sustituir la libertad del niño, del joven. Pero os digo a todos los que defendéis la libertad que la propuesta cristiana interpela a fondo la libertad, pues llama al arrepentimiento y a la conversión. Matar a quien es imagen de Dios, al hombre, no es lícito, nadie puede aceptarlo. Pero hemos de saber y decir con toda claridad que se mata y se quita la vida cuando, por intereses diferentes, se esconden o ignoran dimensiones esenciales de la existencia humana, entre las que se encuentra la dimensión trascendente. Hoy también necesitamos ese arrepentimiento y también la conversión por ignorar lo que es en verdad el hombre, tal y como nos lo revela Dios mismo en Jesucristo.

Seamos valientes para no esconder lo que está suponiendo para nuestra sociedad el ignorar la verdad del hombre. No envolvamos la existencia del ser humano de la atmósfera del relativismo que nos habla de no reconocer nada definitivo, dejando al propio yo a merced de nuestros caprichos, encerrándonos en nosotros mismos. Arrepintámonos y convirtámonos, la tarea educativa no es cuestión técnica o profesional solamente, ha de comprender todos los aspectos de la persona, de su faceta social y de su anhelo de trascendencia. No dejemos de defender en la tarea educativa la cuestión del amor, del amor a Dios y al prójimo, de ese amor que sale al encuentro de las necesidades reales de los hombres.

A todos invito a reflexionar sobre la escuela. El futuro y el presente de un pueblo se juega ahí. ¿Es lugar de acogida cordial? ¿Es casa y mano abierta para todos? ¿Es espacio de hospitalidad, ternura, afecto y profesionalidad? No matemos al autor de la Vida. Los sueños se están quemando en la hoguera de la violencia, la enemistad, el sálvese quien pueda; no hagamos solo una cultura de los negocios, propongamos ideales, proyectos, creamos en el futuro, demos certezas básicas, no entremos en la discontinuidad y en el desarraigo existencial (vivir sin proyectos) y espiritual (matar los símbolos de la trascendencia).

2. Escuchad y guardad como un tesoro la Palabra que viene de Dios y que hace el acto educativo nuevo. Me impresionan las palabras del apóstol san Juan, cuando nos dice que «sabemos que conocemos a Dios, cuando guardamos sus mandamientos […] quien guarda su palabra, ciertamente el amor de Dios ha llegado en él a su plenitud» (1 Jn 2, 1-5a). Es necesario y urge educar en el sentido de la vida. No basta con transmitir habilidades o capacidades, no bastan consumos o gratificaciones efímeras. Hemos de entregar valores que den fundamento a la vida. Hemos de ser valientes. «Quien dice: “Yo lo conozco”, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él». Mentimos cuando dejamos de lado la finalidad esencial de la educación, como es la formación de la persona, capacitándola para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad.

Seamos valientes para advertir que una educación verdadera ha de suscitar decisiones definitivas, esas a las que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, especialmente aquellas que ayudan a que madure el amor en toda su belleza, que es el que da consistencia y significado a la libertad. Los niños y los jóvenes son la primera riqueza de un pueblo y su educación integral es una necesidad primordial. Es necesario que tengan conocimientos científicos y técnicos, pero también y con urgencia aún mayor necesitamos hombres y mujeres responsables de su familia y de todos los sectores de la sociedad.

Jesucristo invita a luchar contra la desesperación que se alberga en el corazón de muchos jóvenes, que muchas veces se traduce en actos de violencia contra sí mismos y contra los demás. No tengamos miedo de ver a jóvenes que digan: «Yo me conozco, porque conozco a Jesucristo y amo a los demás con su amor», pues estos cambian el mundo y no les sobra ningún ser humano.

3. Dejad que el Señor nos pregunte y que nos dé sus respuestas: «¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? ¿Tenéis algo que comer?». Caed en la cuenta de la enorme multitud de personas en nuestros días que viven marcadas por dudas, inquietudes, inseguridades, oscuridades, desorientaciones y el sinsentido...

Hablemos con la gente, escuchemos a las personas, entremos en el corazón de nuestra gente no como el que lleva algo que repartir, sino como quien se acerca y escucha sin más. Acerquémonos a todos como los primeros discípulos de Jesús: con cercanía y en escucha. Ante la presencia del Resucitado surge un miedo, que manifiesta la falta de confianza en la que están viviendo. Y Jesús les dice: «Paz a vosotros». Os lo aseguro, ¡qué falta nos hace la paz! Vivimos en el miedo, la duda, agitados y nerviosos, condicionados por las inseguridades. ¿La gente hoy se fía? ¿Os dais cuenta de que hoy todo pasa por el cedazo de la sospecha? Urge pasar de la duda a la confianza.

¿Cómo pasar a la confianza? Jesús es Maestro de la confianza: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo en persona, palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos como veis que yo tengo». El miedo deforma la realidad, pero la confianza nos hace ver. Y la confianza vuelve cuando la persona entera de Jesús se hace presente en sus vidas; Jesús no es un fantasma, es dulce y misteriosa presencia entre nosotros. Las manos de Jesús son manos que curan, que liberan, que despiertan vida. Tocar sus manos da vida, da orientación, da dirección, da sentido. Sus manos acarician a niños, expulsan demonios, lavan los pies, vendan heridas, multiplican panes, bendicen, perdonan. Los pies de Jesús son pies que caminan y abren caminos, entran por todos los caminos donde están los hombres, son pacientes y ligeros, cansados y gastados de tanto caminar tras la oveja perdida, son pies entregados que buscan a todos sin excepción. Esas manos y esos pies hemos de ser todos los hombres. ¡Qué mundo más diferente! ¡Cuánta novedad daríamos!

Hagamos pasar a los hombres de la duda a la confianza. Dios no es un estorbo. Al contrario, viene a dar Luz, viene para que veamos con más claridad. Hagamos de este mundo, de todos los lugares donde se educa: familia, barrio, pueblo, ciudad, el aula, un lugar de acogida cordial, casa y mano abierta para todos los hombres, mujeres, jóvenes y niños. Necesitamos hospitalidad y ternura, así como profesionalidad. Nunca tengamos la tentación de oponer gratuidad y eficiencia, libertad y deber, corazón y razón; es verdad que pueden oponerse, pero no hay razón para hacerlo, ni es conveniente. Nuestro desafío es encontrar un camino en un plano superior para que la oposición nunca se dé en estos aspectos esenciales del quehacer educativo.

Dejemos que Jesús nos haga las mismas preguntas que a los apóstoles: «¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Soy yo». Y se nos abrirá el entendimiento cuando nos diga: «¿Tenéis algo de comer?». Les pide algo de comer para hacerles ver que no es un fantasma, los fantasmas no comen, quiere hacerles ver su humanidad y su amistad; es la referencia a la misma Eucaristía, Él se queda con nosotros y nos alimenta de Él. Ahí lo reconocemos, pues cambia nuestra vida: de lo que comemos tenemos que dar. Si nos alimentamos de Cristo, hemos de dar a Cristo con nuestras palabras y obras.

Con gran afecto os bendice,

+ Carlos Card. Osoro Sierra, arzobispo de Madrid


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