Religión Digital

Abraham

22.02.18 | 16:35. Archivado en Mario Moronta

El segundo domingo de Cuaresma en sus tres ciclos litúrgicos, hace referencia a la persona de Abraham: su vocación a ser padre de una nación numerosa y su peregrinación desde Ur hacia Caná (Ciclo “A”; la alianza que Dios hará con él y sus descendencia (Ciclo “C”) y la dramática entrega generosa de su hijo para un sacrificio (Ciclo “B”). La figura de Abraham marca gran parte de la historia de la salvación, ya que él es quien, por llamada de Dios, da inicio al nuevo pueblo cuya descendencia será más numerosa que las estrellas del universo. Siempre será recordado, junto con Isaac y Jacob, como los padres de ese pueblo y como quienes representan a un Dios vivo. Siglos después, Moisés aparecerá para consolidar a ese pueblo con una alianza en el Sinaí, posterior a la liberación de la esclavitud de Egipto, con lo que se denominó la Pascua.

La figura de Abraham nos brinda algunos elementos interesantes para nuestra vida de fe: su fe, de riesgo total: escucha la llamada de Dios y confía en el Dios de la vida que le pide salir de su tierra y su parentela para ir a una tierra desconocida pero donde comenzará a vivir el nuevo pueblo, convocado por Dios. Esa fe está signada por la esperanza, como nos lo enseña Pablo. Y es lógico, dentro de los parámetros bíblicos: Dios le da un único hijo quien será el padre de los descendientes de Abraham y le pide que lo sacrifique. Debió ser duro, pero no perdió la esperanza pues sabía en quién había puesto su confianza. Y, además, Abraham va a ser el hombre de la alianza, anuncio profético de la que vendrá y será sellada por Moisés y, siglos después por Cristo.

Estos tres elementos ayudan al creyente en este tiempo de cuaresma: en primer lugar a imitarlo en cuanto a la plena confianza de una fe que debe asumir todo riesgo. Es una fe irrestricta en Dios que le permitirá al creyente ir saliendo de sus “tierras cómodas” para ir donde Dios que conducirlo, que, en el fondo es la salvación. Por eso, inspirado en Abraham, el creyente tiene la oportunidad de hacer de la cuaresma un tiempo para reafirmar la fe.

Asimismo con la esperanza. A veces uno puede sentir que Dios nos pide cosas imposibles. No es tan cierto. Dos nos pide que tengamos una total disponibilidad y generosidad para entregarse y entregar todo lo que tiene. Pablo, en uno de sus escritos, hablará de cómo los creyentes son “ofrendas vivas”. Quizás no nos toca ofrecer al hijo, como lo hizo Abraham, pero sí ofrecernos nosotros para conseguir dar un auténtico culto a Dios en espíritu y verdad. Es un acto de esperanza, pues quien lo hace se pone en las manos de Dios para lograrlo. Y Cuaresma nos permite hacer esto como un ejercicio espiritual. A la vez, como Abraham, en este tiempo de cuaresma se nos invita a recordar y hacer realidad la nueva alianza en la que hemos sido introducidos por la acción pascual de Cristo el Señor.

Por lo que se refiere al sacrifico de Isaac, podemos encontrar otras ideas que nos permiten profundizar nuestra preparación cuaresmal: el “asombro” ante la petición de Dios, la “generosidad” manifestada en todo momento y el premio de Dios hacia la actitud de Abraham. El “asombro” es una puerta para la fe. Abraham, lejos de protestar, sin dejar de “asombrarse” por la solicitud de Dios, se arriesga y se va con su hijo al sitio del holocausto. Al llegar, luego de haber preparado lo necesario, en el momento de sacrificarlo, un Ángel lo detiene y le dice: “Ahora sé que tienes temor de Dios”, Es decir, ha demostrado tener una fe irrestricta. Por sentir temor de Dios y tener fe, supo ser “generoso” y capaz de desprenderse de lo más querido, en este caso, su hijo. Todo esto desemboca en un premio de parte de Dios y que tiene que ver con la promesa inicial que hiciera Dios a Abraham: “Por haber hecho esto, por no haberte reservado a tu hijo, tu hijo único, te bendeciré, multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo.

Para nosotros creyentes y discípulos de Jesús, este episodio nos permite aprovechar la cuaresma para fortalecer nuestra vida cristiana. Cada uno de nosotros debe, sin duda alguna, actuar con temor de Dios y manifestar el asombro de la fe: ese asombro nos lleva a reconocer las grandes maravillas que Dios mismo hace a través de nosotros. Y quien tiene fe, sencillamente puede ser radicalmente generoso. Es nuestra entrega y ofrenda la que nos permitirá demostrarle a Dios que tenemos plena disponibilidad. Y esto se premia con la gracia de Dios, la cual nos ayuda y permite seguir caminando hacia la plenitud. Por eso, la figura de Abraham, nos ayuda a entender lo que debemos hacer. Es un ejemplo, cuya expresión radicalísima la conseguimos en Jesús, quien es entregado por su Padre para la salvación de la humanidad, con lo cual se demuestra la generosidad del amor de Dios y la invitación a creer y temer a Dios.


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