Religión Digital

La lepra

09.02.18 | 17:58. Archivado en Mario Moronta

En la antigüedad, la lepra fue considerada prácticamente “incurable”. Se le llegó a considerar un “castigo de Dios”. Las diversas culturas llegaron a tener severas medidas ante los que sufrían dicha enfermedad. El Antiguo Testamento impuso normas muy fuertes ante este flagelo: los enfermos de lepra debían vivir aislados y quien tuviera contacto con ellos debía ser “purificado”. Cuando salían por las vías públicas, sobre todo a pedir ayudas y alimentos, debían hacer sonar una especie de campana o sonaja para permitir a los pasantes esconderse o retirarse.

El evangelio nos suele hablar de cómo Cristo curó a leprosos y les devolvió “la pureza” de su carne. En el Evangelio de Marcos se nos relata la curación de un leproso por parte de Jesús. Luego de hacerla, el Señor le ordena que vaya a cumplir con los ritos respectivos pero que “guarde silencio”, sobre todo referente a quien hizo el milagro. Imposible para quien había sentido la gracia sanadora del Señor, pues se dio a la tarea de difundir la magnanimidad de este prodigio, muestra de la misericordia de Dios.

Hoy, la enfermedad de la lepra está mejor controlada y atendida. Hay un trato digno para quienes la sufren y no se le desprecia como en los tiempos antiguos. La Iglesia atiende a muchos hermanos, creyentes o no, cristianos o de otras religiones, que acuden a sus centros en varias partes del mundo. Lo hace con cariño y dedicación, sin lástima ni temores, sino como expresión de la misericordia del Padre Dios.

El recuerdo del milagro de Jesús, por otra parte, nos permite reflexionar sobre otro tipo de lepra que se encuentra en el mundo de hoy. No es la enfermedad en el cuerpo sino en el espíritu. En este sentido nos encontramos con nuevas formas de “lepra”: son las que corroen el corazón y hacen que se caigan a pedazos, no trozos de carne, sino del espíritu. La causa de esa nueva lepra con sus tipificaciones es el egoísmo, el desamor y la idolatría hacia nuevos ídolos. Entre las multiformes expresiones quisiera mencionar tres a las que hay que enfrentar y tratar de curar: la lepra de la prepotencia, la lepra de la incomunicación, la lepra de la corrupción.

La de la prepotencia es la que ha corroído el corazón solidario y fraterno de quienes se creen más que los demás. Ellos piensan que los leprosos son los pobres, los minusválidos y los excluidos. Son los que menosprecian la dignidad de la persona humana y echan en el olvido a las inmensas mayorías que pueden hasta depender de sus aportes para una vida digna. Por eso, nos encontramos con grandes masas de refugiados y migrantes que son despreciados. Esa lepra tiene sus expresiones en la indiferencia, en el mal trato, en el menosprecio de la dignidad humana… y lo peor es que quienes la sufren piensan que son los demás los leprosos: los pobres, los enfermos, los atacados por la violencia institucional, etc.

La otra forma de lepra es la de la incomunicación. Está muy en conexión con la anterior y tiene también su causa en el egoísmo y la autosuficiencia. Quienes la sufren tienen dos características: le echan la culpa a los demás sobre la falta de comunicación; son los demás los que no quieren comunicarse. La segunda característica es la autosuficiencia: no creen comunicarse con los demás sino con quienes les conviene. Estos suelen ser llamados asesores o peritos, pero dicen sólo lo que los “incomunicados” quieren que sepan. No creen ni en diálogo ni en comunión. Muchas veces se esconden en falsos conceptos de autoridad, al pensar que son los únicos que tienen la razón. Esa lepra es la que profundiza la brecha existente en la sociedad entre quienes menos pueden o tienen y quienes aparentemente tienen poder y pueden ejercerlo en forma despótica. Es una lepra muy frecuente en quienes ocupan puestos dirigenciales a todo nivel. Es una lepra que corroe la comunión y la comunicación entre los seres humanos…

La tercera manifestación de lepra mencionada es la corrupción. Esta se ha esparcido en forma violenta. De la herida del pecado se pasa a la epidemia de la corrupción. Las consecuencias de este tipo de lepra son tremendas y terribles, ya que destruyen todo tipo de sensibilidad humana y espiritual. Es como una especie de “cepa” que resulta resistible a todo tipo de cura espiritual. Endurece la cerviz y el corazón de tal forma que nos conseguimos con personas que ven y hacen sentir la corrupción como algo normal en la sociedad y en la vida humana. Ya no se limita a los dirigentes políticos sino que abarca todos los sectores de la comunidad. El Papa Francisco ha llegado a sugerir que es más grave que el pecado, pues éste puede ser curado con una buena dosis de arrepentimiento. Pero la corrupción le complica la existencia a quien la sufre porque se hace un estilo de vida y se considera como algo normal. En ella se hallan los narcotraficantes, los dirigentes que sobornan o se dejan sobornar, los que trafican con armas y personas, los que chantajean y hacen negocios turbios con dineros de otros, etc…

Cuando Pablo nos invitaba a evangelizar, a todos los miembros de la Iglesia, ello implicaba una lucha para curar la lepra espiritual en medio de la sociedad donde se edifica el Reino. Junto al anuncio de la Palabra, la Iglesia cuenta con su ministerio sacramental que invita a la conversión. Para ello, el gran antídoto contra esa lepra es la gracia que viene de Dios, la cual es distribuida por el servicio de los diversos miembros de la Iglesia. Hoy, es importante tener en cuenta este tipo de lepra y actuar ante ella en el nombre del Señor. De lo contrario, cuando se quiera actuar va a ser sumamente cuesta arriba lo que haya que hacer. En todo tiempo y lugar, con la seguridad de la confianza en Dios, podemos y debemos hacer realidad la lucha contra la lepra que está carcomiendo el espíritu de tantos seres humanos. Es parte de nuestra tarea.


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