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02.02.18 | 22:50. Archivado en Juan José Omella

El próximo domingo, 11 de febrero, se celebra la jornada principal de la Campaña contra el Hambre en el Mundo, una iniciativa que promueve Manos Unidas, la ONG de la Iglesia católica en España para la ayuda, promoción y desarrollo del Tercer Mundo. Ese día se hará una colecta en todas las iglesias para financiar los proyectos de desarrollo que promueve esta entidad en los países más pobres del mundo. Todas las acciones de Manos Unidas tienen siempre en cuenta las posibilidades de las personas y de las culturas locales para asumir los proyectos.

Durante varios años he sido el obispo responsable de Manos Unidas en España y siempre he admirado su pedagogía del desarrollo, hecha con realismo y con respeto a cada situación local. Manos Unidas no sólo trabaja para resolver el problema del hambre allí donde puede llegar con sus proyectos, sino que también se ocupa de analizar las causas del problema y de crear unas condiciones sociales que con el tiempo puedan ayudar a superar este grave problema a millones de personas.

Con la campaña de este año se completa el trienio que esta institución de la Iglesia ha dedicado a la lucha contra el hambre, y lo hace con el lema “Compartir lo que importa”. Se trata de recuperar el impulso fundacional de esta institución: profundizar en la reflexión sobre el escándalo del hambre, sobre sus causas y sus posibles soluciones.

Fruto de esta reflexión se han identificado tres causas del problema de la falta de alimentos que vale la pena tener muy presentes: (i) la consideración de los alimentos como mercancía, que implica valorar meramente su función económica y su calidad para producir beneficios, dejando en un segundo plano su función principal de garantizar el derecho humano a la alimentación y a la vida de las personas; (ii) la extensión de un modelo productivo a gran escala que compromete la sostenibilidad social, económica y medioambiental; y (iii) el desperdicio de alimentos, resultado de este mismo sistema de producción y distribución, provocado por unos estilos de vida y unos hábitos de consumo insostenibles e individualistas.

Lamentablemente, este desperdicio de alimentos repercute en la seguridad alimentaria y nutricional de tres formas: (i) reduce la disponibilidad de alimentos; (ii) provoca una subida en los precios que disminuye la capacidad de los más pobres para adquirirlos; y (iii) afecta a la sostenibilidad económica, social y medioambiental. Como dijo el Papa Francisco en la sede del Programa Mundial de Alimentos, «el alimento que se deja perder es como si se robara de la mesa del pobre, del que tiene hambre».

Ruego a Dios para que nos llene a todos de su Espíritu Santo y aliente a todos los voluntarios, donantes y trabajadores de Manos Unidas a seguir trabajando sin descanso para sensibilizarnos sobre el problema de la pérdida y desperdicio de los alimentos, que tantos perjuicios provoca en los más necesitados y que afecta a la sostenibilidad de nuestro planeta.

† Cardenal Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona


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Domingo, 18 de febrero

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