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La Inmaculada Concepción de la Virgen María

01.12.17 | 20:56. Archivado en Juan José Omella

Hoy, primer domingo de Adviento, iniciamos un nuevo año litúrgico, un nuevo camino del Pueblo de Dios con Jesucristo y acompañados de María. Ella nos enseña a esperar la venida de su Hijo. Es el momento de dejarnos guiar por María.

La Virgen aparece en la penumbra del Adviento como la flor más luminosa que nos da esperanza. El Adviento es el tiempo mariano por excelencia. En este sentido, en el inicio de este tiempo litúrgico celebramos la solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la que el pueblo cristiano celebra que María fue preservada de cualquier mancha de pecado original y enriquecida con la plenitud de la gracia desde el primer momento de su concepción. El año 1854, el papa Pío IX proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción fundamentándose en la fe de la Iglesia sobre este misterio mariano.

María fue Inmaculada porque se convertiría en madre del Hijo de Dios. El Espíritu Santo fue enviado para santificar su seno, para disponerlo a acoger al Hijo. San Sofronio, obispo, decía a María en un sermón: «Realmente eres bendita entre todas las mujeres, ya que si por naturaleza fuiste mujer, en verdad te convertiste en madre de Dios.» Para ser la Madre del Salvador, María fue «dotada con unos dones a la medida de una misión tan importante” (cf. LG 56). María fue guiada en todo momento por la gracia de Dios.

La figura de María de Nazaret toma un relieve especial en el corazón del Adviento. Ella ha acogido la Palabra en su corazón de virgen y en su seno maternal, la Palabra que se ha hecho carne de salvación. Realmente, María es el arca de la nueva y eterna alianza. Desde entonces, Dios es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

En esta celebración y en este tiempo de Adviento todos somos invitados a fijar nuestra mirada sobre la humildad, sobre el espíritu generoso de servicio y sobre la exquisita caridad de santa María. Y somos espontáneamente inclinados a sumergirnos en la dulzura inefable de aquellos nueve meses en que María fue sagrario vivo de la esperanza, hecha ya presencia en ella.

El poeta Joan Maragall lo expresó bellamente en su poesía La nit de la Puríssima, en la que dice:

Aquesta nit és bé una nit divina.
La Puríssima, del cel
va baixant per aquest blau que ella il·lumina,
deixant més resplendors en cada estel.

Per la nit de desembre ella davalla,
i l’aire se tempera, i el món calla.
Davalla silenciosa…
Ai, quina nit més clara i més formosa!

En efecto, Dios quiso que la Inmaculada fuera bella ante sus ojos y perfecta ante los hombres. Pero quiso esto sin que dejara de ser una mujer, sin quitar nada a su feminidad; al contrario, sublimando su amor, su delicadeza, su sensibilidad y su entrega generosa a los demás. El papa Pablo VI decía al filósofo cristiano Jean Guitton: “En María se realiza la intención divina de hacer del ser humano el reflejo, la imagen, la fotografía, la semejanza de Dios”. Cuando las mujeres, las esposas y las madres se miran en María, realizan adecuadamente su gran vocación, como la realizó ella.

Que de la mano de María podamos aprovechar este tiempo de Adviento para disponernos interiormente a acoger a Dios que se hace presente en nuestras vidas.

† Cardenal Juan José Omella
Arzobispo de Barcelona


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