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In memoriam Padre José Goor Bayard

04.10.17 | 18:07. Archivado en Baltazar Porras

A consecuencia de un accidente en su viejo jeep al que se le partió la dirección, el Padre José sufrió múltiples heridas y trastornos que luego de varias semanas intentando su recuperación, encontró la muerte en la noche del domingo primero de octubre.

Contó con la asistencia cariñosa y profesional de médicos, enfermeras, sacerdotes y personas muy allegadas a él que lo cuidaron con primor. Con su sombrero de paja y su sencillo porte se parecía más a un boer explorador. Y ciertamente lo fue en los campos merideños aledaños a Tovar donde vivió durante los últimos cuarenta años.

Aunque lo conocíamos como el Padre José, su largo nombre de pila contrastaba con lo corto de su apellido: Joseph Jean Hubert Ghislain, le pusieron sus padres cuando lo llevaron a cristianar.

Había nacido en Limbourg, provincia de Lieja, en la región francesa de Bélgica, el 3 de febrero de 1937. Contaba con cinco hermanos más. Sus estudios de primaria y secundaria los realizó en Limbourg en el Institut Saint Joseph. Los estudios eclesiásticos los cursó en la universitaria ciudad de Lovaina, en el Colegio para América Latina de donde salieron numerosos misioneros belgas para servir en nuestros países. Sacó el título de licenciado en Catequesis, y años más tarde en Caracas, el de programador de computadoras en diversos lenguajes, lo que le facilitó su labor pedagógica y catequética en el ejercicio de su ministerio sacerdotal.

Fue ordenado sacerdote el 4 de junio de 1964 en Lovaina incardinándose en la diócesis de Lieja. Sus primeros cinco años de sacerdote los ejerció en su tierra natal. Coadjutor en Herstal (Lieja), desde julio del 64 hasta septiembre del 66. Coadjutor dominical en Limbourg desde octubre de 1966 hasta comienzos de 1969. Se unió al grupo de sacerdotes belgas que trabajaban en Lídice en Caracas desde julio de 1969 hasta febrero de 1970. Desde marzo de 1970 hasta enero de 1979 estuvo adscrito a la parroquia de La Vega de Petare.

Desde entonces se vino a Mérida, enamorándose de la tierra del Mocotíes. Adscrito a Nuestra Señora de Regla, años más tarde párroco de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro de Sabaneta, Tovar, pero su identificación con el campesinado de la zona lo llevó a atender dichas comunidades haciendo de la Aldea San Pedro el centro de sus correrías apostólicas. Tuvo siempre a su lado como inseparables colaboradoras a las Hermanas de La Playa de Bailadores en el trabajo catequético y promocional.

Su pasión por la catequesis, de la que tenía un gran dominio, lo hizo publicar en edición multigrafiada, numerosos catecismos, con imágenes y dibujos de su propia cosecha, y con una capacidad de adaptación al lenguaje y costumbres de sus habitantes. Serio y exigente, puntual y constante, se ganó el cariño de la gente andina que admiraba en él su entrega y desprendimiento de todo lo material. Daba gusto presidir las celebraciones sacramentales en las que sobresalían la capacidad de los jóvenes de explicar las parábolas o cualquier pasaje bíblico con referencias a la vida cotidiana.

El clero merideño lo tenía como uno de los suyos pues era asiduo a las reuniones de clero y a las de la zona pastoral del Mocotíes que comparten muchas iniciativas pastorales. En Radio Occidente no faltaba a su programa meridiano semanal. Tosudo pero con gran sentido del humor, compartía las bromas de sus hermanos sacerdotes, pues algunas tradiciones religiosas populares le costaba aceptar.

Sin embargo, doy fe de su amor a los pobres, de su cercanía eclesial con Monseñor Salas y con quien escribe estas líneas. En los últimos años, aquejado de algunas limitaciones de salud declinó estar al frente de su querido San Pedro, pero edificó casa en sus cercanías y continuó prestando su ayuda a quienes se lo solicitaban. Que el Señor bueno y misericordioso junto con María Santísima lo reciban en las moradas eternas. Descanse en paz.


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Lunes, 23 de octubre

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