Religión Digital

Piedras vivas

10.05.17 | 17:19. Archivado en Mario Moronta

Muchos de los símbolos e imágenes propuestos en la Palabra de Dios, sobre todo referentes a las consecuencias de la Pascua, podrían resultar contradictorios: desde el nuevo nacimiento hasta el concepto de vida nueva; desde el pastor presentado como puerta hasta la autoidentificación de Jesús como “camino, verdad y vida”.

Uno de esos símbolos, presentado por Pedro en su Carta a la Iglesia, tiene esa característica. El habla de Cristo como “la piedra viva” por excelencia. Y, a la vez, menciona a los bautizados o discípulos de Jesús como “piedras vivas” que van entrando en el templo espiritual. ¿Cómo puede una piedra, objeto inanimado, recibir la connotación de viva?

El autor sagrado se vale de esta imagen y símbolo para destacar la necesidad de reconocer a Cristo como el fundamento esencial de la Iglesia, del templo espiritual inaugurado con su Pascua.

Es la piedra angular sobre la cual se van cimentando las columnas y los ladrillos. Estos ladrillos son los creyentes, denominados también “piedras vivas”. Si bien es una imagen particular, lo que se nos quiere señalar es cómo cada uno de los discípulos de Jesús está unido a Él, piedra básica y también viva. No se trata del edificio de materiales de construcción. Es el nuevo edificio construido con la participación de todos los seguidores de Jesús y del cual Él mismo es su fundamento.

La mención “viva” aplicada a Cristo y discípulos como piedras nos está indicando que no se trata de una simple asociación. Es la comunión de creyentes con el Dios de la Pascua. Por tanto, aunque se simbolice con la imagen de piedras, éstas son vivas por representar precisamente a gente concreta, personas creyentes unidas a la Persona de Jesús. Pero, a la vez, el mismo autor sagrado nos presenta las consecuencias de esta “trabazón viva” de piedras con la base fundamental, Cristo: “para formar un sacerdocio santo, destinado a ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios, por medio de Jesucristo”.

El poder construir un “templo espiritual” supone un sacerdocio nuevo. Ese sacerdocio es único, pues lo ha ejercido Jesús con su Pascua redentora, al ofrecerse también como víctima al Padre por la salvación de la humanidad. Al asociarse a Jesús, por el bautismo, los cristianos participan del sacerdocio y se convierten en ofrendas espirituales.

Es cierto que algunos de entre los discípulos de Jesús se configuran a Él, luego de ser llamados y consagrados por el sacramento del Orden. Pero también es verdad que todo bautizado forma parte del sacerdocio común, desde el bautismo. Quienes construyen el templo espiritual, a la vez, son partícipes de la acción sacerdotal de Jesús: actúan en su nombre y cooperan con Él en la obra de la salvación. Esto es importante considerarlo, pues es una de las consecuencias de haber optado por la piedra angular, que otros desecharon.

La vocación de los creyentes, al colaborar con la obra redentora de Cristo, implica la evangelización: Proclamar “las obras maravillosas de aquel que les llamó de las tinieblas a su luz admirable”. Es decir de aquel que les invitó y convocó a caminar por las sendas de la salvación, de la luz, de la novedad de vida.

Para eso, sencillamente, se cumplió lo anunciado en el Antiguo Testamento: Entonces los creyentes llegan a ser “estirpe elegida, sacerdocio real, nación consagrada a Dios y pueblo de su propiedad”. Esto no es otra cosa sino los efectos de la nueva creación. Con esta nueva condición, quienes se han incorporado a Cristo se unen entre sí como piedras vivas por el amor para edificar el templo espiritual en el mundo donde se vive.

Los creyentes deben manifestarse en todo momento como ese pueblo sacerdotal. Por eso, en sus familias y comunidades, en sus trabajos y en su vida por el mundo, deben ser las ofrendas espirituales con sus acciones de caridad, fe, esperanza, fraternidad, a fin de ayudar a los que no creen o se han alejado a que conozcan el amor transformador de Jesús y opten por Él. Eso significa ser ofrenda espiritual. No es algo que se reduce a los templos de piedra o a los grupos donde compartimos el Evangelio. Se es testigo en todo tiempo y en todo lugar.

Fruto de ese testimonio será, ciertamente, mostrar que Cristo es Piedra angular siempre viva donde hay que cimentarse. Y también, sin lugar a duda, aparecer como piedras vivas para entusiasmar a muchos a que también lo sean. Esto conlleva una cosa irrenunciable: mostrar el rostro de Jesús, y así quienes lo puedan ver desde nuestro testimonio crean en Él y logren el encuentro también vivo con Dios Padre.


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