Religión Digital

Bicentenario de Cecilio Acosta

10.05.17 | 17:01. Archivado en Baltazar Porras

Desde hace unos años pareciera que se quiere borrar la memoria y el testimonio de hombres y mujeres nacidos en nuestra tierra que fueron y son luz en medio de la oscuridad cultural y del vacío de referencias que no tengan que ver con el militarismo golpista o con los héroes de la revolución. Sin embargo, es importante no dejarnos robar la memoria porque no somos un cuartel de guapetones ni hijos de quienes no tienen otra hoja de servicios sino las armas y la lucha de clases.

Es más fácil destruir y asolar que construir y generar superación de miras. Pareciera que el sembrar en las mentes juveniles una especie de vergüenza sobre nuestro pasado es una estrategia para convertir a los venezolanos del mañana en Atilas vengadores de todo lo que encuentren a su paso ofreciendo un paraíso que nunca llega porque no existe.

Sin embargo, son muchos en nuestro país los que a lo largo de los siglos han sido faro de luz, de virtud, de servicio y de desprendimiento. Nos acercamos al bicentenario del nacimiento de Don Cecilio Acosta, una de las lumbreras civiles en la Venezuela del siglo XIX, a quien la Academia de la Historia del Estado Miranda conjuntamente con otros entes culturales, -algunos que llevan su nombre-, quieren dar a conocer y proponer como testigos de ciudadanía, de inteligencia y de servicio desprendido a los demás.

El Dr. Horacio Biord así lo presenta: “En la turbulenta historia venezolana del siglo XIX, Cecilio Acosta brilla como un faro, como un símbolo indiscutible de los ideales civilistas que no solo cívicos, en ese período de consolidación del estado nacional… Según podemos aprehender de su actitud ante los vaivenes y desatinos de la política, Acosta entendió que, por encima de las circunstancias coyunturales que le servían de marco sociohistórico, había una dimensión ética y axiológica de mayor trascendencia. Ese espacio era el reservado para los espíritus superiores, como el suyo; pero también para los intelectuales”.

Don Cecilio nació en San Diego de los Altos el 1 de febrero de 1818 y murió en Caracas el 8 de julio de 1881. Su padre murió siendo él un adolescente y fue su madre Margarita la que levantó a los cinco hermanos con muchas estrecheces pero con ese temple que le permitió darle estudios superiores a varios de ellos.

Don Mariano Fernández Fortique, cura párroco de su pueblo, fue ángel custodio para él y lo encaminó por los senderos de la fe cristiana, de la honestidad ciudadana y en el cultivo de las letras. Estudió unos años en el Seminario de Caracas y luego en la Universidad Central donde obtuvo el título de abogado, ahondando en los campos de la economía política, el derecho internacional y penal, así como en el dominio de varias lenguas.

Católico a carta cabal, retraído de carácter, de salud endeble, liberal en política aunque crítico de quien fuera su amigo y compañero de estudios, el general Antonio Guzmán Blanco. Profesor universitario, como jurista ocupó varias responsabilidades en los gobiernos de entonces, mantuvo relaciones y recibió reconocimientos con varias academias del subcontinente y de España.

Como poeta descolló con “La casita blanca”, homenaje a su madre y evocación idílica de su entorno nativo. En mis tiempos de seminarista la teníamos que recitar de memoria antes de las clases de castellano y literatura con el consiguiente miedo de equivocarse u olvidar alguno de sus largos versos.

Su talento práctico lo llevó a concebir proyectos empresariales de interés social. No atesoró para sí riqueza material y su entierro fue costeado por sus amigos. “Pasó la vida ansiando avecindarse en la Tierra Prometida -que no era para él otra cosa que un país en paz-, en pleno ejercicio de la justicia social, con un progreso que se repartiese entre todos”.

Hombres como Cecilio Acosta son los que hacen falta en la Venezuela del siglo XXI. Aprovechemos su bicentenario para que alumbre el sendero a una juventud ávida de buenos maestros.


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