Religión Digital

La muerte ya no atrapa a nadie

17.04.17 | 18:39. Archivado en Cardenal Mario Aurelio Poli

Tú, Señor, me levantaste del abismo y me hiciste revivir,
Cuando estaba entre los que bajan a la fosa
Si por la noche se derraman lágrimas
Por la mañana renace la alegría.

¿De qué noche y de qué mañana nos habla el salmo 29? ¿Y por qué las lágrimas se convierten en alegría?

Ciertamente habla de los aciagos días en que se sucedieron la pasión y la muerte del Señor, y menciona aquella mañana en la que dos de sus discípulos fueron a visitar el sepulcro. No se imaginaban que fuese algo fácil lograr su propósito, cuánto más al ver a los guardias armados custodiando el sepulcro.

Tampoco previeron que iban a ser testigos de un acontecimiento conmovedor. Un temblor de tierra que todo lo conmovió; la presencia de un ser angélico, “su aspecto era como el de un relámpago”, que movió la enorme piedra de la entrada del sepulcro y la guardia pretoriana desvanecida, “quedaron como muertos”, dice el texto.

El ángel las pacifica, les recuerda que el Jesús que habían visto morir en la cruz, “el Crucificado”, no está ahí, y las invita a ver un sepulcro vacío y les encarga transmitir un mensaje a los discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos”.

Sin haberlo visto, movidas por la fe, corren alegremente a cumplir su misión y el mismo Jesús Resucitado les sale al paso para confirmarles el anuncio del ángel, y su primera palabra fue “Alégrense”.

Seguramente recordaron lo que él mismo les decía: “Les aseguro que ustedes van a llorar y se van a lamentar; el mundo, en cambio, se alegrará. Ustedes estarán tristes, pero esa tristeza se convertirá en gozo” (Jn 16,20). Y también; “ustedes ahora están tristes, pero yo los volveré a ver, y tendrán una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn 16,22). También les expresó el deseo de encontrarse con sus “hermanos” en Galilea.

En Galilea había comenzado su misión. La elección de los primeros apóstoles Pedro y Andrés y los hijos del Zebedeo, todos pescadores. Ahí comenzó a anunciar que el Reino de los cielos estaba cerca; lo anunció con palabras y gestos, parábolas sencillas y con milagros y signos admirables. Pero ahora, comenzará una misión por todas las naciones y el mensaje central será para siempre que Él vive, ha resucitado de entre los muertos como lo había prometido y nos ha abierto las puertas del cielo que el pecado había cerrado.

La certeza con que anunciaron las mujeres a los apóstoles desentona con la actitud temerosa de estos, porque dice el Evangelio que al verlo, “todavía algunos de ellos dudaron”.

Pascua significa que alguien, Jesús, llevando nuestra humanidad, ha pasado de la muerte a la vida y con él, todos los que creen en Él pasan de este mundo al Padre, aunque tengan que padecer los instantes de una muerte física, que ya no atrapa a nadie.

Es el centro de nuestra fe, fuente de todas las gracias que surgen de los sacramentos a los que llamamos pascuales; y hasta creó un día para pregustar el día sin ocaso que anuncia la eternidad: el domingo, el día del Señor. Si celebramos la Pascua nos confirmaremos en la fe en el Resucitado, el que vino a rescatar lo que había de divino en el hombre y para eso, con su resurrección abrió la historia cerrada por nuestras miserias y ahora está iluminada por sus misericordias hasta que venga.

Desde el bautismo hay un deseo profundo de un encuentro con el Resucitado. En nuestra condición de peregrinos nos encontramos con él de muchas maneras, como por ejemplo cuando hacemos una obra de misericordia con un desconocido, a Él se lo hacemos. Ahí hay un encuentro con el Resucitado.

Pero hay un anhelo profundo de encontrarnos con su rostro misericordioso del que habla la escritura: “Muéstrame tu rostro, déjame oír tu voz; porque tu voz es suave y es hermoso tu semblante” (Cnt 2,14); “Por tu justicia, contemplaré tu rostro, y al despertar, me saciaré de tu presencia, Señor” (Salmo 17, 15).

Que la Pascua nos confirme la Resurrección de Jesús, y la convicción de que todo se puede redimir, porque Él es el que dijo: “Yo hago nuevas todas las cosas” (Ap, 21,5.)

¡Muy Feliz Pascua para todos!

Monseñor Mario Aurelio Poli, arzobispo de Buenos Aires


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