Religión Digital

La gran fiesta cristiana

15.04.17 | 21:49. Archivado en Jaume Pujol

Hoy es la gran fiesta cristiana de la Pascua, en la que celebramos la Resurrección de Jesucristo por la cual Él, a los tres días de morir en la cruz, recobró una vida real, en cuerpo y alma. La vida aniquilada vuelve a latir, aunque, eso sí, en una condición totalmente nueva y transformada.

El gran pensador Romano Guardini advierte que en el siglo XX nuestros sentimientos se rebelan contra esta exigencia de fe. La reacción más espontánea es resistirse contra esta verdad y preguntarse si no será una leyenda. No es una cuestión menor: la resurrección es la base del Cristianismo. Como dirá San Pablo: «Si Cristo no ha resucitado nuestra fe sería vana».

¿En qué se apoya nuestra creencia? En las palabras del mismo Jesucristo, que anunció que padecería, sería condenado a muerte y resucitaría al tercer día. Luego está el testimonio de los evangelistas, que se refieren al sepulcro vacío, a la versión oficial de un rapto del cuerpo de Jesús, y a las apariciones del resucitado.
La primitiva Iglesia no tuvo dudas de que era la misma persona, Jesús de Nazaret, que había vuelto a la vida, como primicia de la vida eterna en la que creemos tras nuestra estancia temporal en este mundo.
La Carta a los Hebreos, nos presenta a Cristo, sumo y eterno sacerdote, exaltado a la gloria del Padre después de haberse ofrecido a sí mismo como único y perfecto sacrificio de la nueva alianza, con el que se llevó a cabo la obra de la redención. Y San Juan escribe: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado primero y ha enviado a su Hijo como víctima propiciatoria de nuestros pecados.»
Benedicto XVI, que tenía gran devoción a San Agustín, acudió a venerar los restos mortales del obispo de Hipona y en esta visita confesó que su encíclica Deus caritas est debía mucho al pensamiento agustiniano, que nos enseñó que Dios es amor. El Papa manifestó: «Hermanos y hermanas, vuestra pertenencia a la Iglesia y vuestro apostolado deben brillar siempre por la ausencia de cualquier interés individual y por la adhesión sin reservas al amor a Cristo.»
Este amor, que se concreta en pequeños gestos cotidianos, tiene su última dimensión en el sentido de nuestra vida, que no está llamada a desintegrase y desaparecer definitivamente, sino a transformarse en vida eterna. Este es el sentido de la Pascua y la razón de la alegría que nos ha traído Jesucristo.

† Jaume Pujol Balcells
Arzobispo metropolitano de Tarragona y primado


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