Religión Digital

Mil campos de desplazados

19.07.16 | 10:14. Archivado en Juan José Aguirre

Imaginemos una situación límite:

Margareth está en medio del caos. Después de unos momentos de silencio cargados de amenazas, su pueblito es tiroteado desde el cielo por helicópteros. Las chozas empiezan a arder. Ella está a unos pasos de la puerta de su cabaña y las detonaciones a su lado la paralizan. Es como una descarga de rayos, ruido y humo. A sus tres añitos, ¿como se entiende una guerra? ¿Cómo se da forma a una violencia ensordecedora que está destruyendo su poblado?

Margareth mira a todos lados perdida, buscando alguien conocido. Echando la vista atrás, de refilón, ve que parte de su cabaña ha desaparecido y con ella los que estaban dentro. Las balas siguen pasando a su lado y el pánico se adueña de ella. De puro terror patalea con sus pies desnudos y con los puños cerrados cimbrea los brazos gritando y llorando a todo pulmón. Su rostro es un grito hasta que, sin darse cuenta, unas manos la recogen al vuelo por la cintura y se la llevan a los campos que bordean su casa. Minutos después mucha gente corre, o salta con las muletas, o se arrastra en estado de shock, mientras algunos ven su poblado arder y el ruido infernal se va alejando.

No les estoy contando una película. Es una escena biográfica. Margareth y su hermana mayor han llegado al campo de desplazados de Bambuti en el mes de enero huyendo de un país en guerra inmensamente rico en petróleo, y por eso, diana de los depredadores de este mundo que quieren poseerlo sin importarles ni Margareth, ni sus padres muertos, ni la población civil indefensa, ni la violación de muchos derechos humanos en un país con sólo 5 años de independencia. Su hermana se la llevó lejos, desde un poblado cercano a Tombura, en la frontera este del Sur Sudán hasta Centroáfrica.

Más allá de la frontera, la guerra no entiende de niños ni de ancianos. Todos están dentro de la misma cacerola bélica y alguien está pegando zambombazos con todos ellos dentro. Dos días después llegaron a la frontera centroáfricana. Allí todavía es tierra quemada. Pasaron la frontera sin papeles y recorriendo los dos kilómetros de tierra de nadie que sirve para dividir los dos países. No hay vallas ni policías. El cuerpo policial de Centroáfrica se derrumbó hace tres años con la llegada de los Seleka y "la policía" aquí, literalmente no existe.

Solo llegan a un inmenso campo de desplazados en donde 8.000 personas han huido de la quema desde diversos puntos de la geografía del Sur Sudán, con las manos vacías y vestidos con lo que tienen. Bambuti es ya la diócesis de Bangassou. Un campo de desplazados más. Un montón de gente inocente que huye a un país amigo, aunque también éste tenga enormes dolores de cabeza de los que no sabe curarse.

Margareth es una de las ocupantes de los miles de campos de desplazados que hay por toda África. En Europa pensamos que los desplazados provienen de Siria, el Magreb o el África del Sahel y son los que arriesgan la vida por llegar a Europa porque pueden pagarse el arriesgado y caótico viaje. Pero esa es la punta del iceberg. El grueso de los desplazados del mundo, muchísimos africanos, están pasando de un país a otro para huir de una muerte segura, de la inseguridad o de la violencia, en sus países de origen.

No lejos de allí, a 200 kilómetros hay otro campo, siempre en la diócesis de Bangassou con 3.000 desplazados que huyen de su país por la violencia de la LRA, el grupo de criminales fundado por el ugandés Joseph Kony. Los desplazados del Congo se instalan en el campo de Zemio y los del Sur Sudan se quedan cerca de la frontera, en Bambouti.

Los de Zemio llevan una decena de años. La paciencia es un don que el africano medio suele tener innato. Han huido del Congo y se han venido a la diócesis de Bangassou sin pasaporte, papeles, visados, ni mordidas de carroñeros. Si un día pasa lo contrario, los centroafricanos tendrán las mismas facilidades. No se sienten extraños en tierra ajena, porque la tierra es de todos, medien fronteras o no. Entre los desplazados de Zemio hay 1.800 católicos censados a los que el sacerdote de Bangassou Vermond Hetman sigue con atención.

En Bambouti hay aún más, pero no están todavía censados. Allí, cuando no hay sacerdote, los catequistas, también desplazados, organizan la reunión dominical, los funerales, los nacimientos y demás actividades. Si no hubiera catequista, van a los cultos evangélicos, o al contrario, que también en esto no hacen ascos. Lo importante es hacer un hueco a la oración.

En Zemio, todos los años hay bautismos y confirmaciones, todas las semanas hay encuentros y el padre Hetman celebra la misa en lengua zande, la lengua materna de todos. Desde hace años el HCR (Alto comisariado para los refugiados) ha instalado tiendas, subvencionado campos y trabajos (porque todos dan por hecho que el desplazamiento será para rato), un centro de salud, una escuela en donde estudian 2.000 alumnos. Sus propios campos en el Congo quedan muy lejos, al igual que sus casas, las tumbas de sus difuntos y sus propios poblados. La violencia de la LRA lo ha saqueado todo y sus esperanzas de volver están todavía muy lejanas. La solidaridad y el cuidado de los más frágiles está a la orden del día.

La vida del campo es muy dinámica. Los desplazados, a pesar de sus muchas desgracias, no dejan sus vidas aparcadas en vía muerta ni se contentan con vivir a trozos hasta la vuelta a sus hogares. Arreglan todo, arrancan hiervas, ayudan a preparar las zonas de los baños y duchas, unen sus manos y sus fuerzas para volver a vivir después de haber rozado la muerte. No se hunden en la miseria aunque lo hayan perdido todo.

El PAM (Plan Alimentario Mundial) trae alimentos y ellos adoptan un gesto vital que a mí me parece estupendo: desdramatizar su situación, su nueva realidad, quitar leña al fuego para que este no se convierta en una hoguera que lo queme todo y la seguridad del campo les ayude a volver a empezar. Niños que dejaron el Congo con 8 años volverán ya hombres, incluso casados y con hijos. Entre los pobres de nuestro planeta, el concepto de una casa/hogar para siempre es muy difícil de sostener.

En la prensa de Europa se habla este verano del derecho de las niñas a la educación en todo el mundo. A Margareth no sólo le robaron su derecho a la educación. Le robaron años de su vida, su familia, sus amigas, la tranquilidad de su poblado, su derecho a ir a la escuela y de ayudar a sus padres en la siembra de los cacahuetes. Le cambiaron inocencia por violencia y la obligaron a cargar pesos inhumanos.

¡Centroáfrica es país de acogida! Dos campos de desplazados en la diócesis de Bangassou y otros en varias fronteras del país. ¡Parece mentira! Una periodista de El País visitó en el mes de mayo una decena de campos de desplazados en Bangui y describió los sitios con todo lujo de detalles. Casi todos están en una parroquia, en una casa de religiosos, en una comunidad católica. Es curioso que la periodista calló ese detalle aunque esto no quita a la Iglesia católica el privilegio de ser una gran casa de acogida.

Centroáfrica, un país con mil problemas, aún tiene ternura y solidaridad suficiente para acoger a desvalidos como Margareth o Jazmín y a miles de otros con los que charlo tranquilamente cada vez que me encuentro con ellos o que celebramos una fiesta religiosa. Como dice el refrán africano: "Al animal que no tiene cola, Dios le espanta las moscas".

Mons Juan José Aguirre, 18 julio 2016


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