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La Navidad llega con clamores y desafíos

14.01.15 | 18:32. Archivado en Raúl Vera

Los pastores se decían unos a otros:

«Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido

y que el Señor nos ha anunciado».

Fueron rápidamente y encontraron a María, a José,

y al recién nacido acostado en el pesebre.

(Lc.2,15-16)

El Hijo de Dios, nace humildemente en medio de los más pequeños

Esta Navidad festejamos un año más del nacimiento del Hijo de Dios en nuestra carne humana; un nacimiento que estuvo rodeado de signos llenos de amor y ternura de parte de Dios, especialmente hacia los más pequeñitos y despreciados de la tierra, empezando por los padres que él mismo escogió, María y José, quienes no encontraron para recostar y proteger del frío al recién nacido, más que una gruta con un pobre pesebre (Cf.Lc.2,7). Los primeros destinatarios de esa espléndida noticia de que Dios se hacía hombre y que, nacido de la Virgen María, venía a habitar en medio de nosotras y nosotros, fue un grupo de pastorcillos que en aquella comarca velaban esa noche, cuidando sus rebaños (Cf.Lc.2,8).

En efecto, Dios envió esa noche a su ángel como mensajero, que envolvió en la luz de la gloria de Dios a esos pequeñitos, para darles una noticia que llenaría de alegría al pueblo entero: Que en la ciudad del rey David, Belén, les había nacido un Salvador, que era el Mesías y Señor. La señal que les dio para reconocerlo fue que encontrarían a un recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre (Cf.Lc.2,9-12). El texto evangélico dice además, que a ese ángel se le unió una multitud de ángeles, que regresaron al cielo cantando un himno que decía: “¡Gloria a Dios en las alturas y, en la tierra, paz a los hombres amados por él!” (Lc.2,14).

El Evangelio de Lucas continúa narrando: Después que los ángeles volvieron al cielo, los pastores se decían unos a otros: ‘Vayamos a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha anunciado’. Fueron rápidamente y encontraron a María, a José, y al recién nacido acostado en el pesebre. Al verlo, contaron lo que habían oído decir sobre este niño, y todos los que los escuchaban quedaron admirados de lo que decían los pastores. María por su parte, conservaba estas cosas y las meditaba en su corazón (Lc.2,15-19). La que se consideraba a sí misma la más pequeña servidora del Señor (Cf.Lc.1,38.48) recibía de Dios la confirmación de que era la madre del Mesías, el Señor, por boca de otras personas que eran tan pequeñas como ella.

Cuando apenas María acababa de aceptar ser la madre del que sería llamado Hijo del Altísimo, que reinaría por los siglos en el trono de David, del Santo que sería llamado Hijo de Dios, quien empezaba a gestarse en su seno (Cf.Lc.2,26-38), fue a ver a su parienta Isabel, quien la recibió saludándola: “la madre de mi Señor”; la declaró bendita entre las mujeres y llamó también bendito al fruto de su vientre. Inclusive la consideró bienaventurada por haber creído que se cumplirían todas las cosas que se le anunciaron de parte de Dios (Cf.Lc.2,41-45). María recibió el testimonio de las cosas grandes que el Señor edificaba por su medio, con la participación generosa de ella misma, y la parte de una mujer ya avanzada en años, que se encontraba esperando a un hijo -quien sería Juan el Bautista-, mujer que había sido considerada estéril toda su vida, y que en ese momento tenía ya seis meses de embarazo (Cf. Lc. 1,36).

En este cuadro que nos presenta el Evangelio, en torno al nacimiento de Jesús, volvemos a encontrar a dos personas que pertenecen al grupo de los postergados del mundo: María e Isabel. En ambas grandes y sabias mujeres, se manifiesta la grandeza y el poder de Dios, que se despliega en favor de los que no cuentan a los ojos del mundo. Así lo expresa María en el canto a la misericordia divina que pronunció a Isabel: Engrandece a Dios, por haberse fijado en la pequeñez de su sierva, y por las grandes cosas que ha hecho en ella, porque manifiesta su poder para rescatar de su postración a los pobres, derriba de sus tronos a los poderosos y exalta a los humildes, a los hambrientos colma de bienes, y a los ricos despide vacíos (Cf. Lc 1,46-55). María habla del cambio estructural –diríamos hoy- de la organización del mundo, para que mujeres y hombres sencillos, tengan el lugar que Dios ha determinado que tenga toda persona en el mundo.

Otros pequeños a quienes Dios privilegia con el conocimiento de la noticia que llenó de alegría a los pobres, son las dos personas ancianas, Ana y Simeón, quienes reconocieron al niño Jesús cuando fue llevado al Templo de Jerusalén para presentarlo ante el Señor, y rescatarlo con la ofrenda de dos tórtolas o dos pichones, como ordenaba la Ley de Moisés cuando el recién nacido era el varón primogénito.

El Evangelio presenta así a Simeón: Era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor (Lc.2,25-26). Movido por el Espíritu Santo, vino al Templo cuando sus padres entraban con él. Tomó al niño en sus brazos y así oró al Señor: «Ahora Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: Luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel» (Lc.2,29-32).

María y José estaban admirados por estas palabras. Simeón, después de bendecirlos, le dijo a María que ese niño estaba puesto para caída y elevación de muchos, que sería un signo de contradicción, y que a ella misma una espada de dolor atravesaría su corazón, para que se manifestaran las intenciones de los corazones de los hombres (Cf.Lc.2,33-35).

De Ana, mujer entrada en años, el Evangelio nos dice que era una profetisa, casada desde su juventud, había vivido siete años con su marido, y a partir de entonces permaneció viuda, tenía ochenta y cuatro años de edad (Cf.Lc.2,36-37a). “No se apartaba del templo sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones” (Lc.2,37b). En el momento que estaban los padres de Jesús con el niño en el Templo de Jerusalén, se presentó Ana y se puso a dar gracias a Dios y hablaba de él a todos los que esperaban la redención de Israel. Ella, como los demás pequeñitos enviados de Dios, anuncian –y no sólo a María y a José- la obra que viene a realizar su Hijo en el mundo.

Jesús realizó toda su obra poniéndose del lado de los desprotegidos

El Evangelio de San Lucas también nos narra que Jesús en Nazaret anunció el programa de su obra de salvación aquí en la tierra, con un texto del profeta Isaías cuando, en los primeros momentos de su vida pública, regresó a Nazaret, el pueblo donde se había criado, y como era su costumbre, entró un día sábado en la Sinagoga (Cf.Lc.4,16-30). Estando ahí, el jefe de la Sinagoga le entregó el rollo del profeta Isaías, y él encontró el siguiente texto, que leyó ante quienes estaban ahí reunidos: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. (Lc.4,18-19). Terminada la lectura, devolvió el rollo al jefe de la Sinagoga y dijo: “Esta escritura que acaban de escuchar, se ha cumplido hoy” (Lc.4,21). Es decir, él vino a dar cumplimiento a lo que el profeta dijo: Que se anunciaría una buena noticia a los pobres, los cautivos quedarían liberados de su esclavitud, los ciegos recuperarían la vista, los oprimidos alcanzarían su libertad y se iniciaría un tiempo de gracia, es decir de beneficios y libertad, para todos los pueblos de la tierra.

El evangelio de San Mateo nos narra que Jesús empezó su predicación del Evangelio con el anuncio de las Bienaventuranzas. En ellas él se declara a favor de los orillados de la sociedad (Cf.Mt.5,3-6; Lc.6,20-21), anima a quienes trabajan para que toda injusticia, discriminación, estigmatización y exclusión, desaparezcan; y también a quienes asumen las causas del Señor Jesús, que son la vida digna para toda persona con tierra, techo y trabajo, y el cuidado de este planeta que sustenta la vida de todos (Cf. Mt 5,7-11). Se declara por los excluidos cuando llama dichosos a quienes hoy lloran, a quienes hoy padecen todas las limitaciones de la pobreza, a quienes resisten con paciencia a los abusivos que se apropian de la tierra, del agua, del bosque, del maíz y de todos los alimentos, es decir, Él llama dichosas y dichosos a quienes no se manchan las manos con la sangre de las víctimas del hambre, de la guerra, del modelo económico actual que saquea a los pueblos de la tierra, que crean la esclavitud moderna, que genera la migración forzada y la trata de personas, y que multiplica a los políticos corruptos que les abren el camino a los ambiciosos y egoístas, para que se apropien del mundo, mediante las reformas estructurales de las leyes.

Jesús expresa la quinta esencia del Reino de Dios que él vino a instaurar en el mundo, en la respuesta que envía a Juan el Bautista –quien ya estaba en la cárcel- por medio de los discípulos de éste, quienes a su vez le habían traído el cuestionamiento a Jesús de parte de Juan, acerca de si Él, Jesús, era el que había de venir, o deberían esperar a otra persona (Cf.Mt.11,2-3). La respuesta de Jesús fue la siguiente: "Vayan y cuenten a Juan lo que ustedes oyen y ven: Los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres el Evangelio. Y ¡dichoso aquel que halle escándalo en mí!

Ellas y ellos, las y los abandonados del mundo, quienes son las y los nadies, a quienes ninguno atiende, son la prioridad de Jesús.

Jesús nos convoca esta Navidad a que nos decidamos a construir otro mundo, otro México y otro Coahuila

Esta Navidad, de manera especial, hasta nuestros oídos y muy adentro de nuestros corazones debemos escuchar el clamor de los pobres que están sufriendo en Coahuila, en México y en el mundo. Que este clamor nos haga reaccionar para no seguir multiplicando el número de pobres que están sin trabajo, sin techo, sin alimento, sin justicia. Escuchemos la invitación de Jesús a abandonar las prácticas políticas y económicas que generan pobreza, que generan violencia y desprecio contra las personas.

Jesús con su nacimiento en medio de los más insignificantes y con su vida llena de solidaridad con los últimos de la tierra, nos dejó una tarea formidable para incluir a los pobres plenamente a la sociedad, como protagonistas de su construcción. Estamos cometiendo un gravísimo error al expulsar a las personas con humildad y pequeñez, de los espacios que tienen derecho a ocupar en los lugares donde se toman las decisiones que afectan a las personas más vulnerables, porque sencillamente son insignificantes para quienes están construyendo los modelos sociopolíticos y socioeconómicos, con los que se conduce nuestro país y nuestro estado.

Es una delicadísima equivocación porque a estas personas más pobres, el Señor Jesús y el Padre Celestial, las ha elegido para que posean la sabiduría del Reino de Dios (Cf.Mt.11,25), que contiene en sí todos los principios en donde se funda una sociedad justa, que establezca una convivencia armoniosa entre las y los ciudadanos, que garantice a todas y cada una de las personas que la compone, el disfrute de todos los derechos que permite el progreso de todas y todos, porque existe la debida justicia y distribución del ingreso.

Esta sociedad que expulsa y elimina a las y los hijos predilectos de Jesús, que cierra sus oídos a la voz de tantas víctimas, y que desecha a millones de pobres, está extraviando su rumbo, y hundiéndose en la propia corrupción y violencia, que ella misma ha generado. La impunidad y el cinismo han sustituido a la justicia y al derecho, y la deshonestidad ha expulsado a la ética de las instituciones en las que se sustenta el entramado social.

Porque la voz de los pobres no está presente en las decisiones, la economía ha perdido el rumbo, y en lugar de ponerse al servicio de la equidad y la igualdad con oportunidades para todo ser humano, ha generado injusticias y desigualdades que cada día y a cada hora, crecen de manera escandalosa.

Porque la vida y el destino de las mujeres y los hombres pobres –adultos, jóvenes o niños- no cuentan, esta sociedad ha entrado en un proceso vertiginoso de deshumanización, que en lugar de producir vida para todos, crea estructuras de muerte, donde no se defiende la vida, sino que se le ataca, mediante procesos de militarización y paramilitarización. Los grupos del así llamado crimen organizado, son vistos por no pocos funcionarios de México y Coahuila, como organismos simbióticos con las estructuras de los tres niveles de gobierno, municipal, estatal y federal. En el mundo empresarial y financiero que les lava el dinero, son vistos como colegas y compañeros de negocios.

Jesús nos invita esta Navidad a reaccionar ante la barbarie de seguir construyendo un mundo solamente para unas pocas personas. Nos pide que empecemos a trabajar en la construcción de una sociedad en el que todas y todos sean incluidos, sin excepción alguna. De modo especial nos invita a que pongamos nuestra mirada en las personas más vulnerables, en esos rostros del Cristo de carne que hoy recorre caminos de muerte en los proceso de migración; en las mujeres y los niños víctimas de la trata y de la esclavitud moderna; en los jóvenes que no tienen el derecho a vivir las ilusiones del futuro que todo joven debería tener, mismos que son expuestos a una existencia cruel, donde su destino final es la muerte o la cárcel. En las personas que padecen hambre y en quienes mueren por esa causa; y en quienes no gozan de un ingreso, producto de un trabajo estable, quienes tienen un trabajo con salarios miserables y deben deambular por las calles en el comercio informal, o alquilarse limpiando cristales, lavando coches, o sirviendo como halcones.

Cristo espera esta Navidad que posemos nuestra mirada en quienes son su preocupación más grande al venir a este mundo a quedarse entre nosotras y nosotros. Él nos está esperando en cada una de esas personas y quiere que vivamos el Evangelio construyendo un mundo diferente, que retiremos del rostro de tantas miles de personas, el velo de la hipocresía y el desdén, y el velo del egoísmo con el que cubrimos sus rostros ante nuestra mirada.

Con estos sentimientos de búsqueda de un mundo, un México y un Coahuila más justos, deseo de todo corazón que todas y todos ustedes reciban mi caluroso abrazo, con el que a cada una y a cada uno les deseo fraternalmente UNA FELIZ NAVIDAD. Deseo que en su corazón pose el Recién Nacido su humilde pesebre, para que ahí estén los pequeñitos José y María, y para que los pobres, los más pequeños de esta tierra, entren a nuestros corazones a llenarlos de amor y regocijo por la llegada del Salvador al mundo.

Saltillo, Coah., Navidad de 2014

+ Fray Raúl Vera López, O. P.
Obispo de Saltillo


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