Religión Digital

¿En qué Dios creemos?

14.03.14 | 18:45. Archivado en Luis Infanti

Nuestra fe es un proceso de crecimiento hacia una progresiva madurez. Es alimentada por la gracia Dios y esencialmente por la vivencia práctica de nuestra familia y de la comunidad cristiana. Si bien la fe la podemos definir doctrinalmente con cierta precisión, seremos juzgados permanentemente más que por nuestra doctrina, por nuestro testimonio.

Hoy nuestros semejantes creen más a los testigos que a los maestros de la fe. Y si creen en los maestros de la fe porque son testigos (Papa Paulo VI).

Hay quienes limitan su fe a las devociones religiosas (necesarias e indispensables), o a las definiciones del Magisterio de la Iglesia (necesarias e indispensables), pero las definiciones y las devociones se encarnan y proyectan en nuestras relaciones con el Dios de Jesucristo, con los hermanos y hermanas y con la creación.

Cabe siempre preguntarse entonces «¿En qué Dios creemos?» y los agentes pastorales y las comunidades de fe podríamos preguntarnos «¿Qué Dios proclamamos, celebramos, vivenciamos?».

Son preguntas indispensables en al año de la Fe, para ser respondidas en discernimiento personal y comunitario, con sinceridad y honestidad, en vistas a una «conversión personal y pastoral» a que nos llaman los obispos de América Latina y el Caribe en el Documento de Aparecida (2007), para crecer como Iglesia de discípulos –misioneros en estos desafiantes tiempos de la nueva época de la humanidad que estamos construyendo.

Qué mejor respuesta vivencial que la de la Virgen María, hija predilecta de Dios Padre, discípula de Jesús, servidora del espíritu Santo, misionera de la Iglesia en el mundo, que dese la autoridad de su fe, gozosamente proclama:

«Mi alma glorifica al señor, y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí cosas grandes el Poderoso. Su nombre es santo y su misericordia es eterna con aquellos que le honran. Actuó con la fuerza de su brazo y dispersó a los de corazón soberbio. Derribó de sus tronos a los poderosos y engrandeció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos despidió sin nada…» (Lucas 1, 46-55).

+ Obispo Luis Infanti de la Mora, OSM


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