Religión Digital

La misión de una Universidad Católica en el Año de la Fe

24.11.12 | 17:30. Archivado en Cardenal Amigo Vallejo

ALOCUCIÓN DEL CARDENAL CARLOS AMIGO VALLEJO, ARZOBISPO EMÉRITO DE SEVILLA, ENVIADO ESPECIAL DEL SANTO PADRE BENEDCITO XVI PARA LA CELEBRACIÓN DEL QUINTO CENTENARIO DE LA LLEGADA DEL OBISPO ALONSO MANSO A PUERTO RICO

Esta es nuestra misión: una educación completa de las personas según los valores evangélicos. En estos valores se asientan, por una parte, la dignidad y la vida de la persona; por otra, la preparación adecuada para poder servir a la sociedad, tanto desde el punto de vista profesional como ético. Sobre la base de este ideario estuvo fundada y así lo quiere mantener esta Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Pero si una Universidad no tiene la mejor altura científica, pedagógica y académica, nunca podrá ser una verdadera Universidad Católica, pues la titularidad de Pontificia y Católica tiene que ser una garantía de excelencia en todos los aspectos universitarios
Identidad universitaria.

Como un inmenso atrio lleno de gentes de diversas razas y culturas, mentes y comportamientos, ha sido considerada esta "aldea global" que es el mundo. Hombres y mujeres, a la vez tan distintos y tan cercanos, conviven, pero frecuentemente se desconocen. Este atrio, tan variopinto y repleto, no ha llegado a alcanzar esa categoría de "foro", porque falta la comunicación, el intercambio personal, la aceptación de lo distinto, la corresponsabilidad. Sin embargo, no se puede prescindir de esos atrios y areópagos, escenarios y foros, pero hay que hacer de ellos auténticos laboratorios de investigación de la verdad, de intercambio y comunicación de ideas y opiniones. Necesitamos de aulas donde se aprendan lecciones éticas imprescindibles.

La Universidad es uno de estos atrios en los que la pluralidad, en ideas y en individualidades, representa una de las grandes ayudas para la formación de las personas, la investigación y, en definitiva, el bien social de la comunidad. La Universidad, no es sólo el patio de concurrencia de saberes, sino de personas diferentes por su origen geográfico, cultura y religión. En principio, a la Universidad se ha de llegar en busca del saber, y hacerlo en la apertura que ofrece la libertad para el encuentro con la verdad, con la sabiduría, con el conocimiento de la ciencia. El pragmatismo, reduce esta admirable finalidad y hace que la Universidad se convierta en una especie de taller de capacitación para alcanzar el mejor nivel económico y social posible.

La Universidad ha de ser escuela para el conocimiento del saber científico, pero también ejemplo de convivencia y de trabajo conjunto por buscar la verdad, la ciencia y su aplicación en favor de la madurez y el progreso del hombre y del bienestar social. La razón y la inteligencia se esfuerzan en llegar al grado más grande del conocimiento. Pero la persona tiene también unos recursos y unas dimensiones de las que no se puede prescindir si se quiere tener una formación completa. El horizonte religioso, no solamente no dificulta la libertad de la investigación, de la cátedra y de la escuela, sino que libera al universitario de esas "paredes invisibles" que le impiden descubrir la realidad en toda su profundidad y extensión.

Si de esta manera queremos pensar, ha de admitirse también que la Universidad no puede ser únicamente atrio abierto al que todos puedan llegar, más allá de diferencias étnicas, religiosas, culturales, económicas, etc., sino foro donde se intercambien libremente opiniones y conocimientos, creencias y motivaciones éticas para la conducta.

Ser universitario no es simplemente el estar matriculado en unas de las facultades de la Universidad. El carácter de universitario lo definen una serie de actitudes, de disposiciones, de maneras de pensar y de vivir.
En el momento actual le llegan a la Universidad una serie de desafíos, que pueden ser estímulos y motivaciones para defender su propia identidad académica, pero también una especie de virus que puede dañar los mismos cimientos universitarios.

Como si de una maligna y destructiva termita se tratará, el relativismo maquina y se mete entre todos los recovecos de la existencia y va minando las estructuras más firmes hasta el derrumbe completo. Bajo el disfraz camuflado de apertura y tolerancia, el relativismo es engañoso seductor que va robando cimientos y secando las fuentes del conocimiento y de la verdad y de la valoración ética de la conducta. Nada vale nada. Todo es igual, efímero y subjetivo. Con ese encadenamiento, tan esclavizante como cargado de petulancia, se camina por la vida dando tumbos y revueltas, propios de gentes desajustadas.
Si el relativismo es la anarquía del pensamiento, la unidad de Dios garantiza y recompone la relación entre el objeto y el conocimiento, entre la razón y la inteligencia, entre la fe y Dios. Lo relativo queda en su límite y proporción. La omnipotencia de Dios abre espacios inmensos donde encuentra su esencialidad cuanto ha sido creado, llamado a la existencia.

Universidad Católica
El pasado día 11 de octubre, Benedicto XVI abría solemnemente las puertas del Año de la fe. “En estos decenios ha aumentado la «desertificación» espiritual. Si ya en tiempos del Concilio se podía saber, por algunas trágicas páginas de la historia, lo que podía significar una vida, un mundo sin Dios, ahora lamentablemente lo vemos cada día a nuestro alrededor. Se ha difundido el vacío. Pero precisamente a partir de la experiencia de este desierto, de este vacío, es como podemos descubrir nuevamente la alegría de creer, su importancia vital para nosotros, hombres y mujeres. En el desierto se vuelve a descubrir el valor de lo que es esencial para vivir; así, en el mundo contemporáneo, son muchos los signos de la sed de Dios, del sentido último de la vida, a menudo manifestados de forma implícita o negativa. Y en el desierto se necesitan sobre todo personas de fe que, con su propia vida, indiquen el camino hacia la Tierra prometida y de esta forma mantengan viva la esperanza. La fe vivida abre el corazón a la Gracia de Dios que libera del pesimismo. Hoy más que nunca evangelizar quiere decir dar testimonio de una vida nueva, trasformada por Dios, y así indicar el camino” (Homilía en la celebración de apertura, 11-10-12).

En este gran espacio para el conocimiento y la formación, que es la Universidad, tienen que existir atrios abiertos para aquellos hombres y mujeres que tienen preocupaciones comunes y que desean comunicarse entre sí e intercambiar sus convencimientos y creencias. Otros son indiferentes o ateos, pero todo lo humano les interesa. Podemos, pues, hablar del atrio y foro de los gentiles y de los creyentes, de los humanistas y de los indiferentes.

Muchos reconocen que no pertenecen a religión alguna -dice Benedicto XVI -pero desean un mundo más libre, más justo y más solidario, más pacífico y, en definitiva, más feliz. Los ateos interpelan a los creyentes y les exigen coherencia entre la fe que profesan y el testimonio de su propia vida. Los creyentes insisten en que Dios no puede estar ausente de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Será, pues, necesario construir nuevos puentes para un diálogo en el que hay que afrontar con sinceridad los grandes retos y problemas que presenta a la fe y la razón el mundo contemporáneo (Videomensaje a la velada conclusiva del “Atrio de los gentiles”. París, 25-3-11).

En este foro de los creyentes, y referido a los católicos, es importante subrayar la necesaria unidad entre aquello que en lo que se cree y la coherencia en el comportamiento. Para los católicos son inseparables el conocimiento y aceptación de la palabra de Dios, la vida sacramental, la práctica de la caridad, la participación y el testimonio. Una fe sin caridad es impensable. Si falta la vida sacramental se carece de vida y de motivación. El culto sin el testimonio es ritualismo.

El católico es muy consciente de que su fe no sólo no le aparta de los problemas y realidades de este mundo, sino que ha de ofrecerse para ser instrumento de apoyo y ayuda a las grandes causas del hombre, como son la paz, la justicia, la defensa de los derechos humanos, el trabajo, la libertad religiosa, la familia…

Benedicto XVI ha invitado a abrir un nuevo “patio de los gentiles” que sea espacio de diálogo y de escucha para aquellos que tienen preguntas que hacer y están en búsqueda y espera de una respuesta convincente. La imagen recuerda la explanada del templo de Jerusalén para que todos pudieran acudir y hablar de las cosas de Dios.

En este atrio de los gentiles no habrá cátedra, ni tendrá carácter académico, ni una finalidad estrictamente pastoral. Se trata de un encuentro con amplios horizontes, atento a lo que cada uno puede ofrecer a su interlocutor. En este atrio de los gentiles cabe también un espacio para la indiferencia y el humanismo.

Quizás este espacio universitario sea uno de los más concurridos por aquellos hombres y mujeres a los que lo subjetivo y la relativización han secuestrado el deseo de encontrar la verdad, y en consecuencia, una ideología secularista y unos comportamientos sin un sólido fundamento ético.

En el atrio donde los humanistas pueden encontrarse todas aquellas personas con intención recta de búsqueda de la verdad y del entendimiento entre las gentes, pero ajenas a cualquier tipo de creencia religiosa. La reflexión conjunta acerca de la fe y de la razón, del sentido de la vida y de los derechos de los hombres y de las mujeres, abre a la escucha de unos y de otros tratando de encontrar respuesta a los grandes interrogantes existenciales.

Hay una tentación particular para el hombre contemporáneo: la tentación de rechazar a Dios en nombre de la propia dignidad del hombre. Como si Dios fuera un obstáculo para que el hombre pudiera alcanzar su propia y más auténtica realización humana. Esta es la gran tentación y la más absurda coartada: pensar que olvidando a Dios se pueden resolver los problemas de la humanidad. Es en este contexto que quiero felicitarles por su compromiso en promover la doctrina social de la Iglesia, y de manera especial, por la contribución del Instituto de la Doctrina Social de la Iglesia)

Universidad puertorriqueña
La presencia de estudiantes y profesores provenientes de distintas culturas y tradiciones religiosas es algo asumido en la comunidad universitaria. Otra cuestión distinta es si esa interculturalidad es un valor añadido o puede acarrear una especie de relativismo que aboca a la demolición de la propia identidad cultural. Una cosa es que convivan culturas distintas y otra que se pierda la propia.

Junto al relativismo, el pragmatismo a toda costa, puede ser la carcoma del pensamiento. El peligro de un desmoronamiento cultural es más que evidente. Se va perdiendo la identidad, que es lo más propio de un pueblo, son las señales de identificación y reconocimiento. Es sentido de la propia historia y conciencia, al mismo tiempo, de individualidad, de pueblo, de nación, y fraternidad universal. No es exclusión, sino ofrecimiento en el diálogo e la propia identidad.

La cultura hay que leerla desde la fe, pero no pretender cambiar la fe para que se adapte a la historia de los hombres. No a la pseudocultura del poder, del consumismo, de la seguridad meramente económica, de la satisfacción personal, del éxito como meta, de la desestima pretenciosa de otros valores superiores, del bienestar como idolatría y casi como religión sustitutoria.

La sociedad puertorriqueña necesita de la Universidad, pues sin investigación, sin un estudio profundo y continuado en busca de la verdad, resulta ilusorio querer adentrarse con cierta seriedad en un trabajo con futuro. La investigación y el estudio son tareas inaplazables. En no pocas ocasiones, parece como si se hubieran unido la ambigüedad y la superficialidad. Afirmaciones rotundas sin la garantía del dato contrastado, sin la profundidad de una seria reflexión. A la falta de conocimiento objetivo se une el prejuicio, que soslaya la verdad comprobada. Si no se sigue ese camino con fidelidad, veremos el triunfo de lo superficial, lo aproximativo, el interés partidista, un academicismo de salón que da un valor que no le corresponde a una teoría sin documentar y, como resultado, un conocimiento dañado y una verdad prostituida.

Hay necesidad de la reflexión y del pensamiento. Habrá que suscitar un amplio debate cultural sobre los valores fundamentales en los que se apoya la dignidad de los hombres. Necesitamos de la teoría y del concepto, del diálogo permanente, del trabajo del pensamiento. Tan lejos, desde luego, de una ilustración decadente y sectaria como de un pragmatismo efímero de resultados inmediatos.

Actualidad en continuidad
Si la erosión y la decadencia de los valores morales y religiosos ha sido grande, no cabe duda que mucho ha de ser el esfuerzo a realizar para conseguir una verdadera renovación moral y religiosa. Tanto la capacidad del hombre como la indudable asistencia de Dios hacen siempre posible la esperanza.

Las dificultades no pueden ser una excusa para abandonar el seguir trabajando con empeño en el reconocimiento de lo que es justo y bueno. Porque la enseñanza y la educación son siempre un espacio privilegiado para la defensa del más incuestionable de los derechos: el reconocimiento de la persona como un valor inapreciable.

Mas, para ello habrá que unir ciencia y sabiduría. Calidad de enseñanza en su sentido más amplio y completo. La ciencia es conocimiento. Y la sabiduría, amor. Y solamente conjuntando y uniendo, se puede llegar a lo que el hombre merece en justicia: el derecho a ser y a vivir con la dignidad que como a persona le corresponde.

“La Universidad encarna, pues, un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor” (Benedicto XVI. A los profesores universitarios…).

La presencia de lo católico en la Universidad ni es un ilegítimo desembarco, ni un aterrizaje forzoso. Tampoco una intromisión. Es ejercicio de libertad y de responsabilidad. Aunque no pocas sean las dificultades que encuentra el católico para estar presente y activo en la vida universitaria.

Esta Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico no sólo quiere responder leal y coherentemente a sus ideales fundacionales, sino que desea hacerlo siendo una ejemplar Universidad con alta calidad académica; una Universidad incuestionablemente fiel a los principios católicos; y una Universidad puertorriqueña, en la historia, en la cultura y en la sociedad de Puerto Rico.

+ Cardenal Carlos Amigo Vallejo


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