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Donde no existe el derecho

17.02.12 | 18:36. Archivado en Cardenal Rodríguez Maradiaga
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¡Donde reina la muerte no existe el derecho…! Y es que la historia de la humanidad nos enseña que desde su amanecer se estableció la antinomia de la vida y de la muerte. Abel simbolizaba el vivir abierto a las posibilidades de encontrar los caminos del retorno al Paraíso perdido.

Caín, al contrario, le abría caminos a la muerte y, luego de darle realidad en el acto de matar a su hermano, puso de manifiesto la innegable verdad de que todo homicida, todo asesino encuentra siempre una razón para matar.

«¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?», contestó al Señor, inmortalizando así ese concepto del «cainismo social » de aquellos que, como él, dicen aún hoy día: «¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?».

Esa frase de Caín ya no necesita comillas, porque sus autores siguen repitiéndola una y otra vez con inusitada originalidad argumentativa frente a los deudos de aquellos que por pobreza, por falta de comida, de atención sanitaria, de violencia selectiva y muchas otras circunstancias, han muerto sin que nadie dé cuenta de ellos ni asuma responsabilidades.

Me impresiona cómo, desde el amanecer de la Biblia, surge este leitmotiv de la vida y de la muerte…! Vino para que «tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia». El gran aporte de la Escritura es éste, ratificado por Moisés cuando en las Tablas de la Ley trajo consigo los diez
mandamientos. En los cuales, luego de los cuatro enunciados positivos vinculados a la vida, abre taxativamente en el quinto con la prohibición de MATAR sin establecer ningún
tipo de excepción. Repito, sin ningún tipo de excepción
.

Nacía allí la carta de los derechos humanos en su enunciado más esencial: propiciar la vida y combatir la muerte. Y si uno revisa los grandes pensamientos de los grandes en todas las religiones que creen en un solo Dios, encontrará la misma claridad. La humanidad es devoción por la vida. La humanización es enriquecer la vida.

Permítanme desde aquí, desde este estrado que debe ser un homenaje a la vida, recordar igualmente el mensaje del Señor Jesucristo, que vino para que «tuviéramos vida y la tuviéramos en abundancia». Él mismo fue quien dijo que era «el Camino, la Verdad y la Vida» y quien expresó igualmente que nadie «tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos».

Alguno pensará –erróneamente pensará– que esto es tan sólo un mensaje religioso. Y es posible que en parte tengan razón. Pero cuando la vida y la religión se encuentran, nace lo verdaderamente humano, porque es allí donde el ser humano descubre que está convocado a ser
mucho más que un simio satisfecho.

Yo quiero decirles a quienes aquí son partidarios de la defensa de la vida, que «son buenos amigos de ella» cuando legislan con convicción y actúan en su favor.

Y no son solamente amigos de la vida, sino de una humanidad que camina hacia el objetivo de lograr crear una civilización que finalmente margine a Caín y recupere para los «Abeles» del mundo el derecho a vivir.

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Viernes, 1 de junio

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