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Violencia infantil

03.02.12 | 07:48. Archivado en Baltazar Porras
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El motor que genera mayor energía positiva en el ser humano es la ternura y debilidad de un niño. Nacimos para cuidar y desarrollar la vida, de manera armónica, con la esperanza de que esa vida fructifique en ejecutorias de bien. Asistimos, sin embargo, a la destrucción de lo más noble, inculcando y promoviendo la agresividad, el instinto de lucha y supervivencia, a través de la fuerza y del abuso de poder, haciendo que los niños y adolescentes sean los protagonistas de aquello que debiéramos erradicar.

Se multiplican las aberraciones de padres que torturan, violan y matan a sus propios hijos. Se exalta en el imaginario popular la idea de niños con armas, con charreteras, con uniformes y paradas como si fueran para la guerra, patria o muerte, como si así estamos sembrando futuro de paz, convivencia y progreso.

Es un cáncer social que lleva a la destrucción del tejido social que debe ser el aire que respiramos de tranquilidad y sosiego, de armonía y fraternidad, que promueva el deseo de vivir para ser útil, para producir, para multiplicar los talentos recibidos, a través de una educación que estimule habilidades y destrezas para construir la patria grande, a través del trabajo, del tesón compartido, del sudor que abona y estimula el crecimiento de una personalidad serena, libre, abierta al bien común.

No basta con rasgarnos las vestiduras y denunciar que toda propaganda bélica, máxime si tiene a la juventud como paradigma, es una contradicción. Mirémonos en el espejo de nuestra propia historia. Mientras vivimos bajo la exaltación de la guerra, de las montoneras, de la solución de los problemas a través de las armas, el país estuvo sumido en el retraso. Los tiempos de paz, a pesar de las deficiencias, fueron tiempos de cosecha abundante. Hemos vuelto a la parálisis de actividades productivas, a la escalada de las muertes violentas, a la disolución de la convivencia familiar y comunitaria. Retomar el camino correcto es obra de la constancia y fortaleza de espíritu, unido a los valores espirituales que elevan las potencialidades del ser racional.

Desde la Conferencia Episcopal hemos programado este año bajo el lema de la paz. Cada campaña social, juvenil, familiar, vocacional, misionera, está dirigida a promover programas sencillos pero formativos para hacer del entorno un ambiente de paz. Es la manera de dar gloria a Dios en el cielo, sembrando paz en el corazón de los hombres de buena voluntad.

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

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