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Seguir a Jesucristo y sólo a Jesucristo

03.02.12 | 13:02. Archivado en Carlos Osoro
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El día 2 de febrero celebramos en la Iglesia la fiesta de la Presentación del Señor en el templo. Desde el año 1997, por deseo del Beato Juan Pablo II, ese día celebra toda la Iglesia la Jornada Mundial de la Vida Consagrada. Con gran alegría lo celebramos en nuestra Archidiócesis de Valencia y oramos por todos los religiosos, religiosas, sociedades de vida apostólica, institutos seculares y vírgenes consagradas. El lema que la Iglesia ha elegido para este año es: “Ven y sígueme” (Mc 10, 21). Vida Consagrada y Nueva Evangelización. Es un lema lleno de sugerencias. Llama a seguir a Jesucristo y sólo a Jesucristo. Y es que la vida consagrada lo que se propone es seguir muy de cerca y sin condiciones a Jesucristo en la consagración, comunión y misión. ¡Qué bien viene recordar aquí unas palabras de San Juan de la Cruz, que son un aviso lleno de profundidad para hacer la vida de seguimiento!: “Nunca tomes por ejemplo al hombre en lo que hubieres de hacer, por santo que sea, porque te pondrá el demonio delante sus imperfecciones; sino imita a Cristo, que es sumamente perfecto y sumamente santo, y nunca errarás” (San Juan de la Cruz, Dichos de luz y amor, n. 156, en Obras Completas, BAC, Madrid 1982, pág. 54).

“Ven y sígueme” es la llamada que hace Jesucristo a todos los hombres. Pero ese “ven y sígueme” tiene una resonancia en toda su radicalidad para todos a los que el Señor, fijando su mirada en ellos, les invita a dejarlo todo. Es verdad que es una llamada especial y singular, pero llena de dicha y de alegría para quienes la escuchan y, con todas las consecuencias, van tras del Señor, siguiendo sus pasos y sus huellas. No se puede seguir en toda la radicalidad al Señor contando solamente con nuestras fuerzas. Pero resulta muy fácil el seguimiento contando con la fuerza y la gracia que da el Señor. Hoy damos gracias a Dios por todas las personas que nos encontramos en la vida y que han dado la suya para seguir a Jesucristo llenando de belleza esta tierra, porque siguen a Cristo por Cristo sin más. Y de ello se dan cuenta los hombres y las mujeres de este mundo. Los consagrados que viven con radicalidad el seguimiento tienen un atractivo especial para todos los tiempos, ya que en ellos se revela de forma singular el rostro de Jesucristo, pues es Él quien envuelve sus vidas.

Seguir a Jesucristo en radicalidad supone seguirlo por razón de Él mismo. Parece que esto siempre ha tenido alguna dificultad, ya que requiere ponerse en manos del Señor con todas las consecuencias. Quizá por ello, San Agustín se lamentaba cuando veía que algunos de los que seguían a Jesucristo, lo hacían no por razón de Él, sino por alguna otra razón y por eso decía así: “Casi nadie sigue a Cristo por Cristo”. Pero, realmente, ésta no es la historia de tantos y tantos consagrados a quienes conocemos y con quienes tenemos contacto, pues viven con ilusión, alegría, pasión y entrega su seguimiento de Cristo. Damos gracias a Dios por su testimonio y por todo lo que a través de sus vidas nos hacen llegar de cercanía de Jesucristo. Ellos saben que Jesucristo nunca defrauda, sino todo lo contrario: cuanto más se le conoce y cuanto más dejamos que entre en nuestra vida y se haga realidad aquello de San Pablo, “no soy yo, es Cristo quien vive en mí”, más entusiasmo produce nuestra entrega.

Yo os invito en este día a todos los consagrados a volver a Jesucristo con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra decisión, pues la llamada de Cristo sigue siendo apremiante, “ven y sígueme”. Os digo con palabras de San Agustín que repitáis siempre en vuestra vida y con vuestra vida esto: “Mi origen es Cristo. Mi raíz es Cristo” (San Agustín, Contra literas Peliani Donatistae, lib. 1, cap. 7, 8: ML 43, 249). ¡Qué fuerza adquieren en este momento de la historia aquellas palabras de Jesús en el monte de la Transfiguración!: “Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: levantaos, no tengáis miedo” (Mt 17, 7). Porque es verdad que en muchos momentos de nuestra vida quisiéramos vivir un fervor sensible que nos lleva a decir lo mismo que los apóstoles: “bueno es estarnos aquí” (Mt 17, 4), pero no es de estos fervores desde los que tenemos que vivir, aunque en algún momento de la vida nos sean necesarios y el Señor nos los haga vivir para ayudarnos en nuestra debilidad; se trata de vivir desde una confianza siempre renovada en Jesucristo que nos dice “no tengáis miedo”, “ven y sígueme”, que nos hace vivir de su amor y de su gracia. La vida consagrada, vivida así en la confianza absoluta en Jesucristo, es camino de luz para todos los hombres y se convierte en una luz que ilumina también toda nuestra vida en todas las situaciones.

El Concilio Vaticano II presentó la vida consagrada como seguimiento evangélico y como imitación de Cristo en su género de vida. Para el consagrado, el seguimiento evangélico de Jesucristo es literalmente todo, porque es el principio y el fin, la esencia y la consistencia de este modo de vida cristiana. De tal manera que el seguimiento se convierte en proyecto de existencia y en verdadera profesión, no solamente en el sentido jurídico y teológico de esta palabra, sino también en el sentido social. Ninguna otra profesión o competencia puede suplantar ni suplir en el consagrado su profesión primera y total, que consiste en seguir radicalmente a Jesucristo. Todo lo demás, las otras competencias, han de ser integradas en esta gran y única profesión y, por supuesto, subordinarse todas a ella. Seguir a Jesucristo es creer en Él con fe viva e imitarle en sus actitudes vitales, reviviendo las dimensiones más esenciales de su proyecto humano de existencia. ¡Qué belleza tiene la vida consagrada cuando se sigue a Cristo y se le sigue por Cristo! Es fin Jesucristo y no un medio para otra cosa, es valor sustantivo y absoluto. Todo lo que hagamos, lo hacemos porque deseamos seguir a Jesucristo.

¿Cuál ha de ser la aportación específica de la vida consagrada a la nueva evangelización? Ante todo debe de ser el testimonio de una vida totalmente entregada a Jesucristo y a los hermanos. Con ello, se imita y se sigue al Señor que, por amor a los hombres, se hizo siervo. Los consagrados hacen visible la presencia amorosa y salvadora de Jesucristo, el consagrado del Padre y enviado a la misión. ¡Qué fuerza tiene la vida consagrada cuando se vive como un haberse dejado conquistar por Jesucristo! De esta manera el consagrado, de algún modo, se convierte en una prolongación de su humanidad. Los consagrados hacen presente en esta historia y para todos los hombres, cristianos y no cristianos, a Cristo casto, pobre, obediente, orante y misionero. Yo os invito en esta fiesta de la vida consagrada a decir con el apóstol: “el amor de Cristo nos apremia” (2 Cor 5, 14); es decir, trabajemos en todos los lugares donde estamos para consolidar y difundir el Reino de Cristo, pero hagamos todo esto desde nuestra identidad más profunda, pues de lo que se trata es de anunciar el Evangelio de Cristo con nuestra existencia, con un renovado entusiasmo, con nuevas motivaciones, con nuevos estímulos de fidelidad. Hay que mantener la fuerza profética de la vida consagrada, pues es así como se convierte también en entramado de una cultura, en fermento evangélico que purifica esa cultura y la hace evolucionar.

¡Ánimo, queridos consagrados y consagradas! No estáis solos. Estamos a vuestro lado todos los cristianos. Rezamos por vosotros para que mantengáis vivo el frescor del Evangelio que vuestros fundadores le dieron.

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos, Arzobispo de Valencia

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