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Hacia un Bicentenario en justicia y solidaridad

18.10.10 | 10:21. Archivado en Cardenal Jorge Mario Bergoglio
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1. INTRODUCCION.
1.1. Bicentenarios: herencia e inventario
Este segundo centenario de la Patria, este tiempo de aniversario y de celebración, es una ocasión inmejorable para reflexionar acerca de nosotros mismos, como ciudadanos y como pueblo y comprometernos en la acción. Aquellos hombres de hace doscientos años deseaban construir una Nación independiente y soberana. Ese fue su legado para la historia.

Doscientos años han pasado durante los cuales los hombres y mujeres que nos precedieron construyeron, con aciertos y errores, una herencia que nos pertenece y de la cual nos debemos hacer cargo con todos sus logros y todas sus imperfecciones, porque ese es precisamente el punto de partida desde el que nosotros debemos hacer nuestro aporte para el futuro.

La historia la construyen las generaciones que se suceden en el marco de pueblos que marchan. Por eso, cada esfuerzo individual, -por mas valioso que sea-, cada etapa de gobierno que se sucede, -por más significativa que haya sido- y los acontecimientos y procesos históricos que va forjando un pueblo con historia, -portador de vida y cultura-, no son más que partes de un todo complejo y diverso interactuando en el tiempo: un pueblo que lucha por una significación, que lucha por un destino, que lucha por vivir con dignidad.

La Argentina de este segundo centenario se encuentra en condiciones diferentes a la del primero: tenemos democracia, libertades, derechos sociales, se han desarrollado intensos procesos de inclusión política y social a lo largo del siglo XX, en los últimos años se han ido profundizando procesos de integración en nuestra región geocultural y geoestratégica que es América Latina.

Tenemos también heridas, cuestiones irresueltas y deudas que saldar. La historia nos marca y, muchas veces, nos deja sin aliento. Hemos pasado momentos duros y difíciles. Inestabilidad crónica y enfrentamientos, dictaduras militares, guerra perdida, hiperinflaciones y ajustes, etc. La crisis y la depresión del 2001/2002 no son datos que podamos obviar en el momento de tomar conciencia de la realidad que nos toca vivir.

Tenemos que partir del inventario, de lo que tenemos, de lo que logramos, de la plataforma que construimos para dar unos pasos más y llevar adelante un proyecto de país que nos permita a todos vivir con dignidad.

“En nuestra cultura prevalecen valores fundamentales como la fe, la amistad, el amor por la vida, la búsqueda del respeto a la dignidad del varón y la mujer, el espíritu de libertad, la solidaridad, el interés por los pertinentes reclamos ante la justicia, la educación de los hijos, el aprecio por la familia, el amor a la tierra, la sensibilidad hacia el medio ambiente, y ese ingenio popular que no baja los brazos para resolver solidariamente las situaciones duras de la vida cotidiana. Esos valores tienen su origen en Dios y son fundamentos sólidos y verdaderos sobre los cuales podemos avanzar hacia un nuevo proyecto de Nación, que haga posible un justo y solidario desarrollo de la Argentina” [2].

En ese inventario no pueden imponerse visiones decadentistas, que perciben la realidad como una continúa degradación partiendo de un paraíso perdido, ni visiones triunfalistas acríticas, que no perciben las problemáticas que tenemos aún por resolver.

Necesitamos un análisis sereno, reflexivo, profundo, de dónde estamos y hacia dónde nos proponemos ir.

1.2. Reconciliación y proyecto

La Argentina de este segundo centenario se encuentra frente a grandes desafíos y también frente a una extraordinaria oportunidad. Ello aumenta la responsabilidad de los dirigentes y de la ciudadanía frente a la ocasión y al reto. No podemos segmentarnos en espacios. Más bien tenemos que privilegiar el tiempo al espacio; la unidad al conflicto; el todo a la parte y la realidad a la idea.

El sistema democrático es el marco y estilo de vida que hemos elegido tener y en él tenemos que dirimir nuestras diferencias y encontrar nuestros consensos.

Con la recuperación de la democracia tuvimos la ilusión y pensamos que nuestra Patria podría, finalmente, lograr una convivencia y un proyecto común. Creíamos que podíamos resolver nuestras diferencias y las tensiones internas a través de las herramientas que nos brinda la política, que es el “espacio del compromiso y la misión para superar las confrontaciones que impiden el bien común”. [3] Sin embargo, todavía nos cuesta encontrar y aceptar los puntos de unión y los lugares que nos permitan una convivencia fraterna.

Hay un párrafo en el Documento “Iglesia y Comunidad Nacional”, de los obispos argentinos de mayo de 1981, que nos caracteriza hasta hoy: “… cada sector ha exaltado los valores que representa y los intereses que defiende, excluyendo a los otros grupos. Así, en nuestra historia se vuelve difícil el diálogo político. Esta división, este desencuentro de los argentinos, ese no querer perdonarse mutuamente, hace difícil el reconocimiento de los errores propios y, por lo tanto, la reconciliación. No podemos dividir el país, de una manera simplista, buenos y malos, justos y corruptos, patriotas y apátridas” [4].

Tenemos entonces un déficit de política, entendida en un sentido amplio como “la forma específica que tenemos para relacionarnos en sociedad. Lo político nos comprende a todos y es responsabilidad de todos, aunque no estemos directamente involucrados en actividades políticas” [5].

Esta situación interpela de modo vivo a quienes están directamente involucrados en la actividad política, a quienes tienen la responsabilidad de dirigir, de conducir los diferentes ámbitos que tienen mayor incidencia en la realidad.

Es hora de hacernos cargo y aceptar con valentía que como dirigentes no hemos estado muchas veces la altura de los desafíos que nos ha tocado enfrentar.

El diagnóstico de divorcio entre dirigencia-pueblo, elite-pueblo ha figurado en la mayoría de los trabajos de análisis sobre nuestra evolución histórica y por tan repetido nos lo olvidamos. La dirigencia, muchas veces, suele formarse en ambientes y perspectivas ajenas al sentir popular y a esta diferenciación “cultural” se le ha sumado el factor económico que ha cooptado el poder dirigente.

Nuestra política no ha estado, muchas veces, decididamente al servicio del bien común, se ha convertido en una herramienta de lucha por el poder que sirve a intereses individuales y sectoriales; de posicionamientos y ocupación de espacios, más que de conducción de procesos y no ha sabido, no ha querido o no ha podido poner límites, contrapesos, equilibrios al capital y de ese modo erradicar la desigualdad y la pobreza que son los flagelos más graves del tiempo presente.

En este punto no hay oficialismos ni oposiciones, hay un fracaso colectivo. Este es un sayo que nos cabe a todos.

Muchos podrán explicar lo difícil que es dirigir un país en un tiempo de grandes mutaciones y en un contexto global en el cual muchas de las decisiones quedan fuera del alcance de nuestras dirigencias. Pero en lo que nos toca a nosotros fronteras adentro, corresponde dejar de señalar al de al lado, o al de atrás, porque lo que hemos terminado dejando al lado y atrás, y finalmente afuera de todo, es a una importante porción de nuestros hermanos.

No podemos reconciliarnos con la idea de una democracia de baja intensidad, de niveles de pobreza como los que aún tenemos, de la falta de definición de un proyecto estratégico de desarrollo y de inserción internacional, de un rasgo de nuestra cultura política que juega al “todo o nada” en cada tema, que coloca cuestiones que son del orden de lo opinable, discutible, negociable, modificable en el límite, como si en ellas se jugara la existencia misma de la Nación, y así se coloca en grave riesgo la convivencia, la estabilidad, la gobernabilidad, la necesaria tranquilidad de la vida en democracia y lo que es más grave aún, poniendo en riesgo lo que nos costó tanto conseguir: el crecimiento económico, el incremento del empleo registrado, el alivio relativo de la pobreza, una serie de medidas positivas como la asignación “universal” y la integración en la región, por dar sólo algunos ejemplos.

Es en ese marco que la dirigencia tiene un papel fundamental para jugar, para favorecer escenarios que contribuyan al desenvolvimiento de una democracia participativa y cada vez más social.

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