Religión Digital

La sequía

08.03.10 | 10:29. Archivado en Baltazar Porras
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Como estamos en tiempos de bicentenarios, tengo en mis manos un breve documento de hace dos siglos en el que Santiago Hernández Milanés, obispo de Mérida, dispone una rogativa para pedir lluvias. “Convirtiendo en verano el tiempo de las lluvias, el tiempo de las sementeras, Dios en esta suspensión de aguas para nuestros campos aún ampara nuestra salud tan necesaria; nos intima penas mayores que ha de pagar nuestra indolencia y flojedad en los caminos de la verdad, padeciendo hambres, pestes, muertes y tal vez una entera desolación de estas provincias”. Concluye el Prelado invitando a una solemne pero humilde procesión, regando las calles con nuestras lágrimas para impetrar lluvia.

Interesante constatar que este recurrente fenómeno natural no es producto del capitalismo salvaje, ni del despilfarro de los ricos. Es un fenómeno natural que es agravado hoy por la acción del hombre, en lo que eufemísticamente llamamos cambio climático.

Lo que queda claro es que los seres humanos para ser “reyes” de la creación, debemos poner en acción, la inteligencia para mejorar la condición de la gente, para que no vivamos al vaivén de los fenómenos naturales.

Ante las pestes, cataclismos, sequías o hambrunas, los pueblos desarrollados han implementado programas previos y posteriores a los eventos que minimizan sus efectos y garantizan una vida digna en el corto plazo. Los países pobres, ante el impacto de estos fenómenos se vuelven más pobres y padecen males peores.

Que nuestra “indolencia y flojedad” no aumenten los padecimientos de la vida cotidiana. Tomemos conciencia personal y colectiva para que se construya una vida mejor y nos ocupemos sin indolencia y flojedad del bien común.

Mons. Baltazar Enrique Porras Cardozo

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