Engordan el orgullo y anulan la compasión. Las hay filosóficas y políticas; y las hay, peligrosísimas, también religiosas, las de quienes confunden la ley del Señor, que alegra el corazón y da luz a los ojos, con los propios pensamientos, convicciones o intereses, que entristecen el alma y ciegan el entendimiento.
Las ideologías son enemigas de la comprensión, de la concordia, de la libertad, de la solidaridad y de la vida. Son una desfiguración monstruosa del amor a la verdad y de la fidelidad a la conciencia.
Las ideologías llevan dentro la semilla del fratricidio.
En torno a la cruz de Cristo, junto a una madre virgen, hay un centurión que ha dirigido la crucifixión, un ladrón que acaba de entregar su vida de criminal a la memoria compasiva de un justo ajusticiado, unas mujeres de las que conocemos tristezas y no doctrinas. En esa comunidad de crucificados y dolorosas nada importan las ideologías: importa el sufrimiento en el que todos están unidos, e importa aquel crucificado que, muriendo, se les ha entrado a unos y otros por las celosías del alma.
La Iglesia no es una comunidad de entendidos en estrategias y modelos, sino una comunidad de habitantes de la noche, huéspedes de la oscuridad, hombres y mujeres confortados y unidos por los brazos de una cruz, en la que, con Jesús, también ellos están crucificados.
A la Iglesia viva la reconocerás allí donde haya un hombre o una mujer en comunión con Cristo y con los pobres, un creyente experimentado como Cristo en la confianza y la compasión.
+ Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger
Sábado, 18 de febrero
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