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Predicación y política… Evangelio y vida

26.12.09 | 12:22. Archivado en Santiago Agrelo
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Durante muchos años así lo enseñé a mis alumnos de teología: cuando prediquéis, vuestra homilía ha de ser necesariamente política. Tiene razón quien pide a su Arzobispo que en la homilía “se dedique a predicar el Evangelio”. Aunque haya de suponer que el interpelado eso lo habrá hecho desde siempre, no está de más que alguien nos lo recuerde a todos de cuando en cuando. En efecto, puede que, al predicar, algunos de nosotros nos olvidemos de Jesucristo el Señor; puede que hablemos de nuestras cosas en vez de hablar de él, y digamos palabras nuestras en vez de acoger la suya, y carguemos fardos pesados sobre las espaldas de los demás sin que movamos un dedo para ayudarles a llevarlos. Todo ello es muy posible, y sería muy lamentable. Gracias a quienquiera que nos recuerde nuestro deber de “predicar el Evangelio”.

Si lo hacemos, si anunciamos a Cristo, si nos ocupamos de aquellos por quienes el Hijo de Dios se hizo hombre, entonces, sin remedio, nuestra predicación deviene subversiva, el anuncio se hace revolucionario, nuestra suerte queda ligada a la suerte de los pobres, y la homilía resultará escandalosamente política: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres. Me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos”.

El Evangelio, hoy como ayer, es una propuesta de Dios para cojos, ciegos, mudos, leprosos, viudas, ladrones, prostitutas, hombres y mujeres de la tierra, humanidad cautiva y oprimida, herida y maltrecha, humanidad innumerable que en todo tiempo los salteadores van dejando tirada al borde de los caminos.

Tiene razón quien nos pide que en la predicación nos mantengamos fieles al Evangelio, pero no debería olvidar que necesitamos ser igualmente fieles al excluido, al marginado, al pequeño, al débil, al que no cuenta, al desecho de la sociedad, al que no tiene voz. Predicación y vida, por fidelidad al Evangelio, han de ser fieles al bebé que, deshidratado y en coma, hubo de ser ingresado esta noche en un hospital. Predicación y vida, por fidelidad al Evangelio, han de ser fieles a la madre de ese bebé, clandestina, entiéndase mujer sin papeles y sin derechos, sin recursos y sin trabajo, sin protección social y sin entorno familiar. Predicación y vida, por fidelidad al Evangelio, han de ser fieles al cuerpo sufriente de Cristo, al cuerpo profanado de Cristo, al cuerpo silente de Cristo, también a esa humanidad cínicamente negada, devaluada a la categoría de materia prescindible, a la que pertenecen los concebidos no nacidos.

El cristiano es un hombre, una mujer, que se compromete responsablemente en la lucha por el bien de la sociedad. Y la predicación, ajena a bisbiseos de quejumbres y jaculatorias, se propone iluminar actitudes y comportamientos del creyente.

Predicación y política son inseparables, como lo son el Evangelio y la vida.

+ Fr. Santiago Agrelo Martínez
Arzobispo de Tánger

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