Aunque sean una minoría de cuarto y mitad, como escribí hace tiempo, hay señores empeñados en poner arena en los engranajes para que las cosas chirríen. Su razón está en lo último que han oído, en el que más gritó, en lo más novedoso, en la publicación más extravagante de última edición. Están al día, es decir, casi a la intemperie de una reflexión seria. Para ellos no cuenta ni el buen entenderse, ni siquiera quedar en evidencia y hacer el ridículo en aras de una libertad que niegan a los demás.
En una alocada y absurda carrera de competitividad, parece como si nos hubiéramos empeñado en ser lo más de lo más. Es decir, los primeros, los únicos, los irrepetibles. Que hay que pasar por encima de los derechos a vivir y a terminar la existencia con verdadera dignidad, pues adelante con unas normas sin consistencia ni jurídica ni ética. Que hay que poner a los padres en cuarentena y restringir su libertad de elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos, pues más imposiciones ideológicas y partidistas. Que hay que corregir y reprobar al Papa porque ejerce su derecho de expresión y magisterio, pues a llevarlo al Parlamento.
Esta nueva inquisición es fundamentalmente laica, agnóstica y malhumorada. No son, los nuevos inquisidores, señores que persiguen a las brujas y a los herejes para ponerlos sambenitos y llevarlos a la hoguera. La nueva inquisición está formada por todos los fundamentalistas empeñados en buscar, con razón o sin ella, el punto flaco y el lado débil de Iglesia y acusar, denunciar, torturar psicológicamente y, si se tercia, reducir a quien interese a las cenizas de la infamia. De cuando en cuando, se abre el desván y aparecen los fantasmas del más rancio anticlericalismo para celebrar su particular y fundamentalista auto de fe.
Ahora le ha tocado al Papa. Quieren hacerle comparecer y tirarle de las orejas por lo que ha dicho, y de lo cual parece que mucho no se han enterado. Nada menos que una reprobación pública sobre sus declaraciones. Tan alta y digna cámara está a punto de convertirse en una especie de "ejército de salvación" y de gendarmería que controla y llama la atención a los díscolos.
El Papa ha desenmascarado los verdaderos motivos del mal, ofreciendo los mejores caminos de solución. Ha sido la voz de una conciencia crítica y justa. Sirviendo en la caridad pastoral, el Papa, con su vida y magisterio, ejerce el oficio ministerial del amor fraterno, cuidando especialmente de los más olvidados y pobres. También, y de modo firme y admirable, cumple su deber de defensa de la verdad, orientando permanentemente con su magisterio. El Papa trata de confirmar la fe de los creyentes. Es decir, el de hacer que nos sintamos tranquilos y seguros de estar en el buen camino. Asume el ministerio de ser pastor universal de la Iglesia.
Carlos Amigo Vallejo
Cardenal Arzobispo de Sevilla
Viernes, 1 de junio
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