La resurrección del Señor ilumina la historia humana y vence las tinieblas del temor, de la desconfianza, de la indiferencia, de la incredulidad. El amor de Dios reconocido el jueves santo y significado el viernes mediante la cruz de Cristo, llega a plenitud en la Pascua.
Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe. Con esta sincera y honda expresión del apóstol Pablo se incide en lo esencial que distingue el cristianismo de todo movimiento social, político, o ideología que por nobles ideales que presente no puede ofrecer el testimonio salvador y redentor de quien sí ha resucitado y por sus obras puede ser reconocido como verdadero Hijo de Dios.
Atrás quedó para siempre el poder de la muerte. La resurrección de Cristo ilumina todo el Evangelio y la historia de salvación de cada hombre y mujer. La cruz no es el fin del cristiano, sino la llave maestra del amor entregado que abre la puerta de la vida eterna.
El anhelo de la vida eterna, la nostalgia de Dios, la necesidad de trascendencia es algo más que un simple deseo o una ilusión instalada en lo más hondo de cada ser humano. Con el testimonio de Cristo, recogido y repetido de generación en generación por la Iglesia que custodia sus enseñanzas de amor, dicha aspiración se convierte en esperanza verdadera asentada en la fe, en el conocimiento salvador de Cristo. La misión del cristiano es sembrar la semilla maravillosa del amor en el corazón de todos los hombres y mujeres. Cristo es el camino, la luz y la vida y tan sólo nos pide amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.
En esta mi última carta dominical como pastor de la Iglesia en Valencia, quiero recordar el mensaje de salvación que sin miedo ni temor hemos de proclamar en todo tiempo y lugar: Cristo ha resucitado.
He buscado con vosotros el bien común. Con unos he coincidido más veces, con otros menos. Una sociedad libre y abierta se enriquece cuando todos podemos ejercer sin coacciones la fe, la inteligencia, la libertad, la responsabilidad y la capacidad de amar para construir el bien común. He procurado que la voz de la Iglesia esté presente con libertad, respeto y sin complejos para iluminar cuantos asuntos atañen al bien de las personas y a la convivencia. Os he escuchado con atención, y en multitud de ocasiones he aprendido de vosotros aspectos muy importantes de la participación ciudadana. Gracias de corazón.
"En tu nombre echaré las redes": ese es mi lema episcopal. Y hoy quiero daros las gracias, una vez más, a todos aquellos que me habéis ayudado a lanzar las redes del amor de Dios en Valencia: a los obispos auxiliares, sacerdotes, religiosas y religiosos, catequistas, integrantes de los múltiples movimientos cristianos, laicos, y a todos aquellos valencianos que habéis respondido y respetado la llamada de la Iglesia en Valencia.
Gracias a Dios nuestro Señor, cuya bondad y misericordia ha sido extraordinariamente generosa conmigo durante estos años. Gracias porque sus gestos de amor se han hecho para mí especialmente elocuentes adorando su presencia eucarística, singularmente venerada en la reliquia del santo Cáliz, contando con la intercesión de la Mare de Déu dels Desamparats, de san José su fiel esposo, de nuestros patronos, San Vicente Mártir y san Vicente Ferrer, de los santos arzobispos Tomás de Villanueva y Juan de Ribera, de los beatos mártires valencianos, así como de tantos otros miembros de nuestra Iglesia triunfante, cuyos procesos de beatificación están ya iniciados.
Las palabras de agradecimiento me llevan a deciros también: ¡adelante! Recibid al Arzobispo Carlos con total confianza y afecto. Él es ya Cristo con vosotros y para vosotros. La vida de la Iglesia es la vida del Señor con su pueblo, y esta vida está llamada a extenderse por todos los tiempos y lugares creando lazos indestructibles entre los que compartimos una misma tarea y un mismo amor. La presencia, los gestos y las palabras del Arzobispo Carlos nos seguirán animando a todos a confiar en el Señor y en su Madre, y a seguir trabajando incansablemente para hacer nuestra sociedad más humana y más de Dios.
Si para cualquier parroquia es importante y un día festivo la llegada del nuevo párroco, con mayor motivo debe serlo la llegada del nuevo arzobispo, don Carlos Osoro, que Su Santidad Benedicto XVI ha designado para la gran Archidiócesis de Valencia. Gracias Santo Padre.
Por todo ello, os repito: "Gracias y adelante". Gracias por la colaboración que me habéis dispensado, y adelante en la siembra de amor en las generosas tierras valencianas que tantos testimonios de martirio y santidad ha sabido ofrecer a la Iglesia universal.
Pido al Señor que os sostenga a todos, para que, apoyados en el patrimonio y en la larga tradición espiritual de nuestro pueblo valenciano, edifiquéis una sociedad en justicia y paz; y contribuyáis a una solidaridad cada vez mayor entre todos.
Con mi bendición y afecto,
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Estos prebostes, tan amantes de la Iglesia, al irse (se irá, de verdad?), piden perdones generales y disculpas a troche y moche, pero se reafirman en que hicieron lo que deberían de hacer. Es decir, no piden perdón a nadie, porque no corrigen nada. ¿Callará ahora y dejará hacer al episcopal desastre siguiente en la silla levantina? Lo veremos.
Sábado, 18 de febrero
Juan Fernandez Krohn
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Salvador García Bardón
Alejandro Córdoba
Movimiento Rural Cristiano
Vicente Haya
Josemari Lorenzo Amelibia
Francisco Margallo
Jose Gallardo Alberni