Ya lo dijo Nietzsche hace muchos años: "Dios no existe". Pero al contrario de Alfonso Guerra y su "Montesquieu ha muerto", no parece tan fácil acabar con la presencia viva de Dios en el corazón y en el cerebro del hombre del siglo XXI. Hombres y mujeres de los países ricos, marcados por el hedonismo imperante y hasta por un cierto subdesarrollo moral, como indica Braulio Rodríguez, obispo de Valladolid, quien llama a dotar de una dimensión moral y espiritual a la globalización si queremos de verdad acabar con la pobreza de los países pobres, aún más amenazados por la crisis que cualquier país de Occidente.
La palabra del momento es «crisis». Y dicen que también será la palabra del futuro. Todos hablan del próximo 2009 como «annus horribilis». El panorama es casi apocalíptico: aumento del paro, amenazas de desestabilización política, horizontes de guerra. ¿Y no habrá alguna lección que aprender? La expresó muy bien Santa Teresa: «Sólo Dios basta». Esta crisis espantosa debe ayudarnos a extraer una enseñanza. El mundo ha vivido adorando al becerro de oro, poniendo en el consumismo su esperanza; ese mundo está cayendo a pedazos, lo mismo que cayó como un decorado de cine la utopía marxista a partir de 1989.
Como cualquier padre, también Dios vive, desde toda la eternidad, un sueño con la humanidad. Es un sueño de felicidad, de relación filial, de amistad gozosa. Un sueño que no es pura fantasía, sino realidad concreta. Así salió de sus manos el hombre, dotado de unas cualidades muy superiores al resto de la creación. Pensó Dios dotar al hombre de una chispa de su inteligencia infinita, de un corazón con capacidad de amar al modo divino, de una maravillosa facultad para actuar con libertad como expresión de su dignidad personal y llamado a una felicidad eterna. Es lo que podríamos llamar un capricho de Dios.
Mientras disfrutábamos hace unos días del magnífico paisaje de la Sierra del Guadarrama vista desde Cercedilla, la conversación con un grupo de amigos derivó hacia el tema de la predestinación. Mi amiga Elena, de profundas convicciones católicas, sostenía que ella tenía el sentimiento de que Dios había intervenido de forma decisiva en su vida.
«En vez de defenderse del sufrimiento, uno puede aceptarlo, como una fuente de aprendizaje y conocimiento de la vida. Aún así, ¿qué difícil es recibirlo serenamente!» Como suele suceder, cuando se produce una catástrofe de las magnitudes de la que acaba de acontecer en el aeropuerto de Barajas, se despiertan las preguntas. La gente quiere saber el porqué. ¿Ojalá lo supiera yo!, para consolarme a mí mismo y para darles respuestas a ellos. Y resulta muy difícil en estos casos escaparse de las frases hechas y los lugares comunes. Porque el sufrimiento es una de las realidades más complicadas y llenas de misterio de la experiencia humana, ya que desafía nuestro sentido de búsqueda de paz y felicidad. Su impacto es tan grande que sólo cobra significado en lo más profundo del ser humano, tal vez en el espíritu, el cual queda al descubierto, como desnudo, al encontrarse la persona en situación límite.
Estos días, de tradicional recuerdo de los difuntos, el teólogo jesuita Juan Masiá publicaba un artículo en el que decía que orar recordando a los seres queridos (más que para su sufragio, en su compañía y bajo su amparo) es tradición antigua en la Iglesia y sólo desde el siglo cuarto se menciona un «purgatorio».
A veces se dan milagros inversos dignos de espanto, como el de esas personas que murieron bajo los escombros de un templo de la localidad peruana de Pisco, cuando se vino abajo sobre las cabezas de los fieles que celebraban una misa funeral (siniestra coincidencia).
Lunes, 23 de noviembre
Rodrigo del Pozo Fernández
Pedro Tarquis
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos
Josemari Lorenzo Amelibia
Antonio Aradillas
Francisco Margallo
Manuel Mandianes
Escuelas Católicas
Jaime Vázquez Allegue