Cachorro de la sangre y del gemido,
barbacana del hombre hacia la muerte,
vengo a cortar tu lirio del inerte
madero, en donde arde tu latido.
Así, Señor, por el dolor tallado,
tundido por la vida y por la muerte,
hoy me subo al Calvario para verte,
y aprender a quedar crucificado.
Si miramos a nuestro alrededor constatamos que la muerte es la gran señora de todo lo creado e histórico, pues todo está sometido a la segunda ley de la termodinámica, la entropía. La vida va gastando su capital energético hasta morir. La vida misma es un gran misterio, aunque se la entienda como la autoorganización de la materia lejos de su equilibrio, es decir, en situación de caos. De dentro del caos irrumpe un orden superior que se autorregula y se reproduce: es la vida. Pero esto no explica la vida, solamente describe el proceso de su aparición. La vida sigue siendo misteriosa, como los mismos biólogos y cosmólogos afirman continuamente.
Vosotros lo matasteis, pero Dios lo resucitó». Esto es lo que predican con fe los discípulos de Jesús por las calles de Jerusalén a los pocos días de su ejecución. Para ellos, la resurrección es la respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de quienes han querido callar para siempre su voz y anular de raíz su proyecto de un mundo más justo.
Escucho una referencia del Arzobispo Emérito, D. Fernando Sebastián, en su Sermón de las Siete Palabras, (Valladolid-2008), a los “cuidados paliativos” y medito una experiencia personal que por pudor me he callado siempre, pero que me duele sobremanera. Decía D. Fernando, "Jesús no tuvo cuidados paliativos pero su muerte fue absolutamente digna, porque la miró cara a cara, con confianza, porque la aceptó con amor, porque la vivió descansando en los brazos del Padre Celestial".
EN la liturgia del Viernes Santo anterior al Vaticano II se hablaba del pérfido pueblo judío, al que se culpabilizaba de la muerte de Jesús, y se pedía por su conversión. Hoy, con más perspectiva histórica y teológica, no sólo cuestionamos la identificación del pueblo judío con las personas concretas que condenaron a Jesús, sino que hay conciencia del papel que jugaron las autoridades romanas en su muerte. Culpar a las generaciones presentes de las atrocidades del pasado es injusto y también ineficaz, en cuanto que lo que ya ha ocurrido no se puede cambiar.
Siento escalofríos cuando algún treintañero me confiesa con una cierta tristeza: Padre, he perdido la fe. Otros no dicen nada pero su presencia hierática en la iglesia –exigencia del guión- habla volúmenes. Unos pocos, tan alérgicos ellos, no la pisan ni en el funeral de su madre.
Jesús de Nazaret está a la cabeza, entre los grandes de la Humanidad. Pero en los caminos del amor y la paz, como los orientales; no como César ni Alejandro ni Napoleón. El nunca aspiró a fundar una religión sino a reformar -o a introducir- una manera de agrandar la vida.
Muchas tradiciones hunden sus raíces en la noche de los tiempos. La Semana Santa es una de ellas, pues tiene antecedentes en ritos orientales y en dioses que padecían, morían y resucitaban por tierras próximas al Mediterráneo siglos antes de la era cristina. Deidades como Adonis, Osiris, Dionisos, Attis, Baco o Tammuz contaban ya entonces con fieles que, durante ocho días, organizaban procesiones, pasaban por ayunos y abstinencias, sufrían duelos y, para exaltar el triunfo divino sobre la muerte, terminaban entregándose a mil jolgorios.
Hay un Dios que viene a golpe de tambor y que ocupa el lateral de una avenida con gran modestia, un Cristo que es divino que va portado por hombres que le prestan sus pies, y un redoble de tambor y un monaguillo que suelta incienso por debajo del vestido. A toque de campana un paso con un Cristo hace estación de penitencia no sin dificultad, (como si la penitencia fuera ser un nazareno en la capital).
La literatura de ocasión, que busca el éxito fácil, cree ver un filón en los orígenes del cristianismo. Los evangelios apócrifos están de moda, con el estrellato de las relaciones de Jesús y la Magdalena, revestidas de mucho morbo que nada tiene que ver con los textos originales ni con la tradición cristiana. No digamos nada de los seudo descubrimientos acerca de la tumba de Jesús. La mayoría de estos libros, películas y documentales no busca otra cosa que el negocio y si, de camino, se desprestigian las creencias de los católicos, mucho mejor porque es lo que viste y da un aura de modernidad.
El diario adicto decreta todos los años, inasequible al desaliento, la paganización de la Semana Santa y el laicismo total de la sociedad española. Ciertamente la crecida del nivel de vida permite que una parte considerable de ciudadanos aproveche las vacaciones para desplazarse a sus segundas residencias o a otros lugares gratos. Pero desde la capital de la nación hasta el último pueblecito, España entera hierve de procesiones y oficios religiosos. Negar eso es negar la evidencia misma, es un ejercicio de voluntarismo sectario.
Martes, 24 de noviembre
Jaime Vázquez Allegue
Carlos Corral
Editorial San Pablo
Francisco Baena Calvo
Sor Lucía Caram O.P
Josemari Lorenzo Amelibia
Juan Fernandez Krohn
Guillermo Gazanini Espinoza
Francisco Margallo
Rodrigo del Pozo Fernández