Rumores de Ángeles

El Papa samaritano ante el Cristo mutilado de Boyacá

08.09.17 | 21:03. Archivado en Francisco

“Siempre con las víctimas”. Es la consigna del Papa Francisco, para él y para su Iglesia, en cualquier situación o lugar. Siempre con todas las víctimas, ya sean las de la lacra de la pederastia clerical, las de las guerras, las del hambre, las del maltrato de género, las de cualquier tipo de violencia o las de la exclusión, la marginación, la pobreza y la inequidad.

La bella Colombia está sembrada de victimas de todos esos tipos de escarnios y violencias personales o sistémicas. Azotada por una guerra de más de 50 años, sus 300.000 muertos y sus seis millones de desplazados claman al cielo, a la conciencia de la Humanidad y a la del Papa samaritano.

La bella Colombia, con las heridas todavía sangrantes del conflicto, busca, apoyándose en el bastón del Papa, dar el “primer paso” de un proceso de cauterización, que la conduzca al mar en calma de la paz y la justicia. Porque, como dice el himno de la visita, Francisco “nos trae luz, nos trae paz, nos trae palabras de verdad”.

En Villavicencio, capital de una de las zonas más azotadas por la violencia fratricida, el Papa-profeta, aprovecha para clamar a los cielos y a las conciencias de todos los colombianos que el sueño de la paz es posible, pero que sólo lo conseguirá, si disipan “las tinieblas” de la “sed de venganza” y salen “del pantano de la violencia y del rencor”. Si van dando pasos, lentos pero seguros, en ese proceso recién iniciado (y por ende, todavía tambaleante) de tejer la reconciliación, único camino para alcanzar la meta soñada de la paz.

Francisco escenifica su pasión por las victimas y su esperanza en la reconciliación ante un Cristo mutilado. Un Cristo al que la metralla de la guerra le segó brazos y piernas. Caído, sin miembros y ensangrentado. Como tantos otros 'cristos humanos'.

La figura religiosa quedó desmembrada por un artefacto explosivo lanzado por guerrilleros de las FARC contra una iglesia donde se refugiaba una comunidad negra en medio de un combate con los paramilitares en 2002: 79 personas murieron.

A los pies del Cristo mutilado, el Papa de la misericordia abre su corazón y escucha los llantos y los gritos de dolor de negros, indígenas, campesinos, ex guerrilleros y agentes estatales. Caín contra Abel a lo bestia y durante décadas. Porque, como dijo Francisco, citando a Juanes: “Los árboles están llorando / son testigos de tantos/ años de violencia./ El mar está marrón / mezcla de sangre con la tierra”.

En tres actos, como el misterio de amor de la Trinidad, el Papa clamó por la reconciliación. En el primero, en el parque Catama, Francisco beatificó y, por lo tanto, puso como ejemplo de víctimas, al obispo Jesús Emilio Jaramillo y al sacerdote Pedro María Ramírez. Al cura lo mataron los liberales en 1948 y al obispo, los guerrilleros del frente Domingo Laín (uno de los curas de los 'elenos') del ELN en Arauca, en 1989.

Un crimen que le duele especialmente al Papa. Porque la víctima fue un obispo, pero también, y quizás sobre todo, porque el frente victimario llevaba el nombre de Domingo Laín, un sacerdote español que estuvo en las filas del ELN hasta que murió en combate en 1974.

Domingo Laín y, sobre todo, Camilo Torres, que murió en su primer combate tras empuñar el fusil también con el ELN, o Manuel Pérez, otro cura zaragozano, que fue el máximo dirigente de esta guerrilla durante años, representan la paradójica relación que ha tenido la Iglesia con la violencia armada.

Francisco no quiere ni curas trabucaires ni teólogos de la liberación con el fusil en bandolera. Por eso, el Papa de la no-violencia, quiso mostrar otro camino y aterrizar la palabra reconciliación, para proclamar que tiene que ser concreta, justa y completa. Concreta, porque “basta una persona buena para que haya esperanza y cada uno de nosotros puede ser esa persona”.

Reconciliación justa, porque hay que “combinar justicia con bondad”. Y completa, porque tiene que incluir la naturaleza, la casa común. Sólo esta reconciliación “permite construir el futuro y hacer crecer la esperanza”

En el segundo acto de reparación y reconciliación, en el parque Las Malocas, el Papa contempló esa especie de gesto heroico, en el que unas 2.000 víctimas se reconciliaron físicamente con sus victimarios. Ante las palabras proféticas de Francisco: “No tengan miedo de arriesgar juntos”.

El tercer acto, una acción de gracias ante la Cruz de la Reconciliación del Parque de los Fundadores. Allí, como símbolo de esperanza, Francisco plantó un árbol. El árbol de la paz de Colombia, que promete cobijar bajo sus ramas a un país que huye de más de cien años de violencia y soledad.

José Manuel Vidal


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