Con los brazos en cruz se plantó ante la "lechera" de las Fuerzas especiales de Pinochet, que querían arrasar el barrio obrero y 'rojo' de La Victoria. La foto del cura Pierre Dubois dio la vuelta al mundo y se convirtió en el icono de la lucha de la Iglesia católica contra la dictadura militar chilena. En su barrio, con su gente, murió en la madrugada del viernes, a los 80 años, víctima de un avanzado Parkinson que padecía. Pero su imagen, su obra y su memoria permanecen en el recuerdo de todo Chile, especialmente de los más pobres, a los que entregó su vida entera. Y no retóricamente, sino de forma física y real.
Estamos en Salamanca. Hemos venido, Jesús Bastante y yo, a pasar unos días, aprovechando la inauguración de curso de la Pontificia. Y la vieja Universidad sigue conservando todo su encanto acumulado a lo largo de los siglos, pero ha sabido, como nadie, ponerse al día y convertirse en un centro moderno, abierto al mundo globalizado y bien gestionado. Una Ponti con un extraordinario pasado, un presente consolidado y un futuro prometedor.
El cardenal de Barcelona se afianza en su recta final al frente de la sede de la Ciudad Condal. O, mejor dicho, Martínez Sistach se ve afianzado por Roma. Con dos decisiones vaticanas que se interpretan como un doble espaldarazo. Primero, el Papa le eligió entre el selecto número de los prelados que Su Santidad en persona quiere que participen en el próximo Sínodo. Y segundo, el próximo martes el número dos de la Santa Sede, Tarcisio Bertone, viaja a Barcelona a recoger un premio que, en parte, también le correspponde al propio Sistach.
"En aquel tiempo, Jesús propuso esta otra parábola a la gente: El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo; siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece sale por encima de las hortalizas y se hace un árbol, hasta el punto que vienen los pájaros a anidar en sus ramas"
Las parábolas se cumplen. Os lo puedo garantizar. La de la mostaza la he experimentado en carne propia.
No es fácil ejercer la crítica constructiva en la Iglesia. No es fácil ser un hombre libre y, al mismo tiempo, pertenecer a una de las órdenes religiosas más potentes de la Iglesia. No es fácil ser experto en Bioética y permanecer en silencio ante los errores, las imprecisiones y las inexactitudes de algunos jerarcas en este ámbito. No es nada fácil, pero Juan Masiá lo consigue.
El jesuita español, destinado en Japón, lleva años ejerciendo este santo ministerio eclesial. Y por hacerlo, le llueven los palos y las descalificaciones. Sobre todo, desde el sector ultraconservador católico, que le ha convertido en uno de sus blancos preferidos. Mientras en otros sectores es un pensador de referencia. Y asesor de los obispos de Japón, donde vive y enseña.
Extraordinario, un milagro, un sueño cumplido. La visita del Papa a Líbano, tal y como preveíamos antes de su comienzo, fue todo un éxito. Se metió en la boca del lobo y salió indemne y con fama de taumaturgo. Se fue cerca del infierno y ni se chamuscó. La sotana blanca imprime carácter y hace milagros. El Papa frágil pero valiente, sabio, dulce, tímido y sincero cosecha un nuevo triunfo pastoral, mediático, espiritual y hasta político.
El Papa valiente deja plantado un cedro en el Líbano. Un símbolo elocuente de su viaje. El árbol de la vida, el árbol de la paz, el árbol de la esperanza en un futuro mejor. Benedicto XVI ha unido en su arriesgada visita a la otrora Suiza del Oriente Medio, la claridad sabia de sus palabras a la plasticidad de sus gestos. Con su humildad y su dulzura acostumbradas.
Parece frágil, pero tiene temple de alemán y decisión de sabio. Benedicto XVI le echa agallas y una buena dosis de valentía, para mantener su viaje al Líbano. Un viaje muy arriesgado. Un viaje al lado del infierno sirio. Una visita en la que el Papa se la juega, sobre todo tras loa acontecimientos de Libia y de Egipto, sumados al polvorín sirio. Un Papa valiente, que merece nuestro apoyo y nuestra oración.
Llevábamos meses pidiéndoselo. Meses diciéndole al cardenal Rouco Varela que el pueblo español que sufre y llora estaba esperando su palabra. Una palabra de denuncia y, especialmente, de esperanza sobre la crisis (y sobre Eurovegas) del "jefe" de la Iglesia española. Tardó en reaccionar. Una de las cosas que mas le molesta es que alguien le aconseje y, mucho menos, que le marque la agenda. Pero, al final, la realidad se impone y nos hizo caso, pero a medias. Se pronuncio sobre Eurovegas forzado por una pregunta de Jesús bastante en rueda de prensa y contestó de aquella manera.
Era previsible. Lo anunciábamos en el momento de su nombramiento. Y el pronóstico no tardó en cumplirse. Tanto y tan de prisa que a monseñor Rafael Zornoza, el nuevo obispo de Cádiz, ya le llaman el "Munilla" del Sur. Estos nnuevos obispos conservadores llegan a las diócesis como los cruzados: dispuestos a arrasar y a cambiarlo todo a su imagen y semejanza. Y, por supuesto, a matar al "padre", es decir a su antecesor. Llámese Uriarte en Guipuzkoa o Ceballos en Cádiz.
Hace honor a su apellido. Rouco está "afónico", rouco en gallego. No dice ni mú, sobre todo cuando no le interesa por alguna razón (normalmente de tipo político-eclesiástico). Lleva meses guardando el silencio más absoluto sobre la crisis y los recortes. Lleva meses impidiendo que la Conferencia episcopal, máximo órgano colegiado de los obispos, se pronuncie al respecto y lance a la calle un documento de denuncia y de anuncio a un pueblo sumido en la noche oscura. Dicen que por no criticar a la derecha. Y, ahora, por la misma razón, calla como un muerto ante el Eurovegas de su amiga Esperanza Aguirre.
Comienza un nuevo curso. Triste y negro para todos, pero especialmente para los desheredados y los inmigrantes que hasta se quedan sin atención sanitaria. Proliferan los recortes de los derechos sociales y el país se sume en el desencanto, en el desaliento y en la desesperanza rayana en al desesperación. Y así llevamos ya 5 años. Y la Conferencia episcopal sigue muda. Como si no le doliese el llanto del pueblo. Como si no lo escuchase. Como si no fuese con ella.
Si la Iglesia católica fuese una democracia, él sería sin duda el presidente. Si en la Iglesia hubiese elecciones, Carlo María Martini ganaría de calle. Si en la Iglesia votasen los católicos, el purpurado jesuita hubiese sido Papa. Demasiado profético para ser elegido por los mayoritariamente conservadores príncipes de la Iglesia, Carlo Maria Martini nunca llegó al solio pontificio. Pero fue un Papa en la sombra. Con tanta autoridad moral (o más) que Juan Pablo II y Benedicto XVI. No fue Pedro, pero fue Pablo y Juan a la vez. Hasta su muerte, ayer, a los 85 años, tras lidiar durante los últimos 16 con el Parkinson. Con la dignidad de un auténtico enamorado del Cristo samaritano.
Domingo, 26 de mayo
José Manuel Vidal
Josemari Lorenzo Amelibia
Pedro Tarquis
Manuel Mandianes
Asoc. Humanismo sin Credos
Francisco Baena Calvo
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
JC Rodríguez, A Eisman
Virtudes Parra
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